Sentido común en economía y banca

Sentido común en economía y banca

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septiembre 22 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-09-22

Hace cincuenta años Hernán Echavarría Olózaga, q.e.p.d. colombiano ilustre, economista y empresario, escribió la primera versión de su libro El sentido común en la economía, obra plenamente vigente por su claridad conceptual.

Escribía Don Hernán que cualquier persona inteligente intuía por experiencia personal muchos conceptos económicos, tal como la ley de oferta y demanda aplicada al ámbito económico empresarial y de personas. En forma similar, parecería lógico pensar que cualquier persona intuiría el papel básico de la banca.

Bajo tales premisas resulta paradójico que el mundo esté presenciando el descuadernamiento del poderoso sistema financiero americano -forzosamente salvado por intervención gubernamental- por haberse apartado de principios fundamentales de su actividad y del sentido común que debería regirla.

Los orígenes de una actividad bancaria primitiva se remontan 4.000 años, cuando en los templos de Mesopotamia, por la confianza que inspiraban, se custodiaban mercancías, granos y bienes preciosos, y se emitían recibos de aceptación del depósito. Esa misma confianza, depositada colectivamente en la banca moderna, sigue siendo el verdadero bastión para su misión fundamental; proteger los dineros del público. Dejarla poner en duda, como está sucediendo en algunos casos, es tomar el camino de la desaparición y perderla equivale a firmar su acta de defunción.

El nombre banca propiamente dicho, proviene de quienes apelados cambistas en la edad media, ejercían en las ferias y con apoyo de la autoridad, las labores de contar, recibir o pagar dinero, sentados detrás de una banca localizada en sitios protegidos. La deshonestidad descubierta en ejercicio de su profesión, el abuso y el incumplimiento de las reglas acordadas, para ganar dinero fácil, se castigaban públicamente con la ruptura de su banca a golpes, lo que finalmente dio origen al vocablo banca-rota, hoy lamentablemente en boga.

De su parte la palabra crédito viene de creer y otorgarlo es también un acto de confianza pero además de riesgo. Prestar dinero de alto riesgo en el negocio bancario, vale decir con recursos del público, sin las medidas adecuadas, es forzar la credibilidad y exponerse a perder la confianza de la colectividad. Para abordar sensatamente tales riesgos, el sentido común exige calificarlos y asociarlos tanto con la probabilidad de no pago como con las pérdidas esperadas que se derivarían de este último evento, para estimar anticipadamente y con base en el anterior resultado, la constitución de las correspondientes provisiones contables. Subestimar esta práctica, como estamos viendo en algunos casos, es hoy inadmisible.

Como se desprende de tan sencillos conceptos, no hay nada en banca que sustituya la confianza, ni decreto o disposición que la restablezca, aunque hay decisiones en momentos de verdad que atenúan los devastadores efectos de la pérdida de la misma. El debate sobre si correspondía o no al gobierno rescatar a la afligida banca americana, por su controversia en torno a la socialización de pérdidas, ha cedido transitoriamente su espacio al terreno de las grandes y difíciles decisiones en un entorno global convulsionado, en el que ante todo era preciso actuar con rapidez para evitar un desajuste sistémico de proporciones incalculables.

Conjurado en principio el mal mayor mediante un multimillonario programa, los costos, sacrificios y retos para los estadounidenses se insinúan significativos y de todo orden. Si el sentido común retoma su papel en ésta crisis, es de esperar que además de las medidas paliativas de choque, se adopten con la máxima celeridad normas alineadas con los fundamentos básicos de la banca, para que su aplicación y debida supervisión, orienten y garanticen un renovado actuar bancario que conduzca a reestablecer rápida y auténticamente el rol y la confianza que su naturaleza exige.

eduardo.angel@earasociados.com

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