Sesgos mentales

Lamentablemente, es mucho lo que falta para adecuarnos del todo a las necesidades de la era industrial que comenzó hace tres siglos, y más aún, para esta etapa informática.

Finanzas
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marzo 17 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-17

"¿Por qué fueron tan pocos los economistas que anticiparon la crisis reciente?", "¿por qué tanta ceguera ante fallas catastróficas inminentes en una economía de mercado?". Son preguntas que se hacía Paul Krugman en nota publicada por el New York Times el año pasado.

Su respuesta: "porque voltearon sus ojos ante las limitaciones de la racionalidad humana. Se enamoraron de una visión idealizada de un mundo, donde individuos racionales interactúan a través de mercados perfectos". Confundieron la realidad con la belleza de sus modelos matemáticos, explica. Esa visión romántica los llevó a ignorar todo aquello susceptible de terminar mal.

James Montier, experto en finanzas, especializado en el área del comportamiento -y practicante incondicional de las enseñanzas de Benjamin Graham y de su pupilo predilecto, Warren Buffett- aclara en sus libros el fenómeno.

Nuestra mente, aclara, se ha venido refinando de acuerdo con el proceso evolutivo. Pero como éste transcurre al ritmo glacial, resulta que ahora estamos perfectamente adaptados para el medio que enfrentamos 150.000 años antes, cuando habitábamos las planicies africanas. Lamentablemente, es mucho lo que falta para adecuarnos del todo a las necesidades de la era industrial que comenzó hace tres siglos, y más aún, para esta etapa informática. Cita Montier a Douglas Adams: "Muchos piensan que cometimos un gran error bajándonos de los árboles. Peor aún, a lo mejor nunca debimos haber salido del océano. Quizás fueron nuestros primeros errores, pero seguro que no serán los últimos".

Por favor no detenga su lectura después de leer estos planteamientos. Tenga en cuenta que ya merecieron un Premio Nobel de Economía (habrá que consultar con los especialistas si en realidad son dos, al incluir el de Herbert Simon en 1978 con su teoría de la 'racionalidad limitada'). Además, no me cabe la menor duda de que Krugman se identifica plenamente con ellos.

En efecto, Daniel Kahneman, el santo patrono de los seguidores de esta escuela, es un sicólogo israelí, que recibió el Premio en el 2002 por sus trabajos relacionados con los procesos mentales en la toma de decisiones que involucran probabilidad y riesgo; ahora es profesor emérito en la Universidad de Princeton. (De no haber fallecido, su colega y amigo del alma, Amos Tversky, seguramente habría compartido los honores).

Sus practicantes se tomaron hace ya mucho tiempo el control del mundo académico en las facultades de economía y finanzas en varias universidades de países avanzados. Richard Thaler, su más ilustre exponente y un indiscutible liderazgo durante cerca de treinta años, hace ya un buen rato desplazó a Eugene Fama (el de los 'mercados eficientes') a una oficina de mucha menor relevancia en la Universidad de Chicago. Cientos de profesionales del ramo están desparramados por todo el mundo.

Fue a ellos a quien acudió el Gobierno norteamericano en la época de Bush para su reforma al sistema de seguridad social y pensiones, en la búsqueda de soluciones ante la apatía de un buen número de sus compatriotas. Han demostrado que en decisiones que involucran probabilidad y riesgo somos perfectamente irracionales.

Pero al encontrar que somos 'predeciblemente irracionales', han desarrollado, a través de empresas de inversión, algoritmos que se lucran al identificar sesgos mentales, sistemáticos y predecibles, de los cuales hacemos gala a toda hora la gran mayoría de los mortales -Thaler, entre ellos-.

Ese tipo de comportamiento se origina en épocas cuando teníamos que tomar decisiones rápidas de vida, subsistencia y muerte, como por ejemplo evitar ser comidos por un tigre o cazar un antílope. Trasladado al mundo financiero moderno, nos hace susceptibles de cometer todo tipo de errores, como perseguir rentabilidades, salir corriendo a vender ante el menor contratiempo, saltar como loco de un lado a otro bajo la ilusión de poder superar al mercado.

hadler@stanfordalumni.org