Sobreviviendo en las alcantarillas

La semana pasada el noticiero de CityTv presentó un escalofriante informe sobre los indigentes que viven en alcantarillas en Bogotá. En diversos lugares de la capital se han encontrado personas que viven dentro de tubos, huecos de las estructuras que sostienen los puentes, grietas de los ductos y alcantarillas, compartiendo esos estrechos espacios con basura y ratas. Es muy lamentable que seres humanos vivan en condiciones tan miserables. Y es una vergüenza que la sociedad reste indiferente ante el drama de estas personas totalmente abandonadas.

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agosto 18 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-18

Los pocos ciudadanos preocupados por el asunto están interesados es en su seguridad personal -evitar que estos habitantes de las calles los atraquen, y no en mejorar la penosa situación de esos indigentes. El resto de la ciudadanía permanece impasible, como si esos seres fuesen invisibles, inexistentes. Y las autoridades hacen esfuerzos por ayudar, pero afirman con resignación que “es un fenómeno que ocurre también en otras ciudades del mundo”. Cosa que es cierta, pero que para nada justifica la incapacidad de los funcionarios -de acá y de otras latitudes- para resolver tan terrible drama. En lo que sí tienen la razón los responsables públicos es en sostener que “este problema no es responsabilidad exclusiva de la Administración, también toda la sociedad debe ayudar ”. Este año, el Departamento Administrativo de Bienestar Social de Bogotá invertirá casi 18 mil millones de pesos para atender las necesidades de los habitantes de la calle, que según un censo del 2004 serían 13 mil personas. A pesar de que lo ideal sería disponer de mayores recursos, este presupuesto no es despreciable -en teoría implica un fondo mensual de 115 mil pesos per cápita. No es mucho, pero sí sería más que suficiente para evitar que sucedan los casos extremos de quienes se ven obligados a convivir con roedores por falta de solidaridad fructífera. Sin embargo, lo que sucede en la práctica es que buena parte de esos recursos se malgastan en burocracia o en programas poco o nada efectivos. No se puede hablar de un progreso real en una comunidad que tolera la existencia de modus vivendi tan inhumanos. Alguien afirmó que el grado de civilización de una sociedad se mide por el trato que le da a sus niños y a sus ancianos. Yendo un paso más allá, diríamos que la verdadera prueba ácida del nivel de desarrollo social y moral de una comunidad es su voluntad y su capacidad para evitar que sus miembros más débiles vivan en condiciones infrahumanas.

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