Una sugerencia para frenar la crisis: crear bancos nuevos

Suena descabellado, pero un nuevo banco conservador y bien capitalizado ayudaría a restaurar la confi anza

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noviembre 27 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-11-27

En vista de que el sistema financiero está por los suelos, muchos se han preguntado si será el momento de empezar desde cero.

Una opción provocativa, y tal vez inevitable, es que el gobierno estadounidense financie directamente la formación de bancos nuevos. O podría incentivar a inversionistas privados para que funden bancos libres de la contaminación del antiguo orden económico.

En circunstancias normales, una medida semejante sería inconcebible. Enviaría el mensaje de que el gobierno ha perdido la fe en las actuales instituciones bancarias.

Además, constituye una amenaza competitiva a los bancos en momentos en que necesitan rehabilitarse. No obstante, los inversionistas en acciones, especialmente en el caso de Citigroup, ya han tirado la toalla. La confianza se ha evaporado a tal magnitud en la mayor economía del mundo que ya hay poco que perder.  Los beneficios de formar bancos nuevos son inmediatos.

Podrían empezar a otorgar préstamos, sin ninguna preocupación de verse paralizados por posibles rebajas contables o alguna artimaña con activos complejos.  También representarían un vuelco psicológico, separando el futuro del actual período de pánico. Esta es la clase de medida que parece hecha justo para el presidente electo Barack Obama.

De hecho, el gobierno del presidente Bush ya se ha inclinado en esta dirección, tras haber acordado asumir la mayoría de las pérdidas potenciales sobre un conjunto de activos tóxicos de Citigroup.

¿Acaso la medida hace que lo que queda en los libros de Citi sea un "banco bueno"?  Esperemos que Citi, que está en medio de un recorte de 50.000 empleos, la reducción de US$2 billones (millones de millones) de deuda y la reconstrucción de su reputación, lo logre. "Lo que necesitamos son nuevos banqueros, no nuevos bancos", dice el historiador económico Richard Sylla, de la Universidad de Nueva York.

Estados Unidos tiene una historia repleta de instituciones respaldadas por el gobierno.  Bajo la dirección de Alexander Hamilton, el primer secretario del Tesoro, se formó el primer banco para ayudar a unir a las colonias mediante el uso de una moneda común. En 1816 se fundó un segundo banco para enfrentar una crisis cambiaria.

Claro, sería imposible replicar inmediatamente la base de depósitos y la infraestructura de gigantes como Citi o Bank of America. Un banco nuevo demoraría hasta un año en despegar, dicen varios expertos.

Tal vez el mejor camino sea empezar con dos o tres inyecciones del gobierno de US$10.000 millones, con la esperanza de que los inversionistas privados eleven la base de capital a US$50.000 millones en cada institución. Los bancos podrían tener una deuda conservadora de seis o siete veces su capital, lo que formaría un grupo de bancos sólidos de tamaño mediano para atraer depósitos.

El paso siguiente sería ofrecer incentivos a inversionistas privados con, por ejemplo, la promesa de poner un dólar por cada dólar invertido en la nueva institución o con alivios tributarios para los que creen nuevas instituciones.

Ciertos plazos serían necesarios para que los bancos empiecen a funcionar rápidamente.  Y en una estrategia muy similar a sus recientes inversiones en acciones preferentes, el gobierno vendería sus participaciones en los bancos, devolviendo finalmente las instituciones al sector privado.

Existen muchos inconvenientes para llevar a cabo un plan de este tipo, empezando por la intervención inevitable del Congreso.  A ello habría que sumar las consecuencias involuntarias de un nuevo competidor. Pero desde hace rato pasamos el umbral de la pureza ideológica. La historia ha demostrado que un país no puede tener competencia sin confianza.

Tal vez es por eso que es mejor extraer las lecciones para el futuro de Alexander Hamilton, y no de Vikram Pandit, el actual presidente ejecutivo de Citigroup. 

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