El talento: la clave del éxito... (y del fracaso)

¿Usted es de los que están preocupados por las importaciones de China? Pues más vale que se vaya acostumbrando, porque si hay algo seguro es que el gigante asiático será cada vez más importante en el mundo. Según cálculos de Robert Fogel, Premio Nobel de economía, en el año 2040 China abarcará 40 por ciento de la economía mundial: más del triple de lo que ella representa en la actualidad.

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mayo 30 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-05-30

Esa es una de las muchas cosas a las que debemos acostumbrarnos los colombianos en esta transición entre el siglo XX, dominado por Estados Unidos, y el siglo XXI, dominado por Asia. Además de fenómenos como la escasez de alimentos y los altos precios del petróleo, debemos hacernos a la idea de que estamos en un nuevo entorno competitivo que exige una revolución de nuestra productividad. Y la forma de lograrlo es a través de la transformación de nuestro talento humano. Como en el chiste, en esta historia hay una noticia buena y otra mala. La buena es que mientras más avanza el proceso de internacionalización de la economía, más claro está que nuestro talento humano es uno de los más valorados de América Latina. Uno de los rasgos menos documentados del auge reciente de la inversión extranjera en el país ha sido la feroz competencia de las firmas foráneas para contratar los mejores ejecutivos nacionales, ya sea para trabajar aquí o en el exterior. De hecho, muchos estudios sobre inversión extranjera identifican la calidad del capital humano como una de las ventajas de Colombia para atraer capital foráneo. Esta no es una consideración menor. El contar con buenos recursos humanos es una gran ventaja para las empresas colombianas en el entorno regional. Mientras la tecnología se puede adquirir mediante inversiones o joint-ventures, el talento humano es un recurso tan importante y escaso que no es exagerado señalar, como lo ha hecho la revista The Economist, que es la fuente esencial de la ventaja competitiva de las empresas en estos tiempos de globalización. La noticia mala es que mientras nuestro capital humano sobresale en el entorno regional, no sucede lo mismo cuando nos comparamos con otros países del mundo. Según datos del Consejo Privado de Competitividad, la productividad promedio de un trabajador colombiano en el año 2006 fue apenas la quinta parte de la de un irlandés, la tercera parte de la de un español y la mitad de la de un coreano. Las cosas se complican más cuando tenemos en cuenta los embates de los nuevos capos de Asia. La inserción de China e India a la economía global ha dejado a países como Colombia en un sándwich fatal: tenemos costos demasiado altos para competir con precios frente a los países asiáticos, y al mismo tenemos una productividad muy baja para competir con calidad frente a las economías desarrolladas. Y es que es muy difícil lidiar con un competidor chino que puede pagar a 50 centavos de dólar la hora de trabajo. Alguno dirá que las últimas cifras que vio para la China en el canal ManagemenTV eran más altas, y eso es verdad para ciertas zonas y ciertos sectores. Hoy, un director de recursos humanos de una empresa en Shanghai puede ganar alrededor de 250.000 dólares al año. Pero todos sabemos que la China es un poco más grande que Shanghai. Para refrescar la memoria vale la pena leer la crónica de Jonathan Franzen (autor de la estupenda novela Las Correcciones), publicada hace unas semanas en The New Yorker, sobre su visita a una fábrica en la ciudad de Ningbo: a solo 150 kilómetros de la pujante Shanghai, se encuentran las legendarias fábricas-dormitorio que pagan salarios irrisorios. Esa situación no cambiará mientras en la China rural haya 200 millones de desempleados. Y el día que esa situación cambie, quedará la mano de obra barata de Filipinas, que hoy puede ser 25 por ciento más barata que la de las ciudades costeras de China, y después quedará la mano de obra de Tailandia (50 por ciento más barata), y después la de Indonesia (75 por ciento más barata), y después... Basta mirar el mapa para confirmar que el siglo de Asia trajo un entorno competitivo caracterizado por una peligrosa trampa de costos bajos, de la que es difícil escapar. Difícil, pero no imposible. No hay que ir a una conferencia de W. Chan Kim y Renée Mauborgne, autores de La estrategia del océano azul, o de Jack Trout, el gurú del mercadeo y el posicionamiento empresarial, para saber que existen estrategias para escapar de la trampa de los precios bajos. Más allá de las diferencias de matiz, todas esas estrategias tienen algo en común: la necesidad de diferenciar los productos y avanzar en las cadenas de valor. Una empresa que no alcance esos dos objetivos está condenada a sufrir los rigores de los bajos costos asiáticos. Para diferenciar sus productos y avanzar en la cadena de valor, una empresa debe tener una gran capacidad innovadora. Es entonces cuando el talento humano entra a jugar un papel central: ni los equipos más costosos ni la tecnología más sofisticada sustituyen algo que sólo la mente humana puede lograr: la innovación. Por eso el talento humano es el recurso clave con que las empresas colombianas pueden hacer frente a la creciente competencia de Asia, un fenómeno cuyos rigores apenas estamos empezando a sentir. COLOMBIA EN PAÑALES Desafortunadamente, ahí patinamos. La inventiva de nuestro recurso humano tiene cierto reconocimiento regional, pero en el escenario internacional estamos en pañales. Colombia ocupa el lugar 73 en el escalafón global de innovación, y está debajo del promedio latinoamericano en variables clave en este campo como la cantidad de investigadores en ciencia y tecnología, el número de patentes otorgadas en Estados Unidos, y el volumen de artículos en publicaciones científicas y técnicas. Por eso, no es raro que ocupemos el lugar 77 en el escalafón de la Economía del Conocimiento, que mide la capacidad de un país para generar conocimientos que promuevan el desarrollo económico. Con el proyecto de ley que cursa en el Congreso para aumentar los recursos para la ciencia, Colombia está dando tímidos pasos en la dirección correcta. Pero el problema de la poca inventiva de nuestro recurso humano va mucho más allá y está en las fibras de nuestra cultura. Para que una economía tenga capacidad innovadora se requieren personas que se atrevan a pensar de manera creativa, que no tengan temor a equivocarse, que cultiven por igual los dos hemisferios del cerebro, que sepan que analizar no es lo mismo que memorizar y que estén acostumbrados a expandir los límites de su conocimiento. En pocas palabras, para que un país tenga capacidad innovadora se requieren personas muy distintas a las que están formando la mayoría de nuestros colegios, universidades y empresas. WILABR

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