Tarjeta azul, tarjeta roja

Tarjeta azul, tarjeta roja

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mayo 21 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-05-21

Los países desarrollados hablan mucho del movimiento libre de bienes y servicios, pero se aterran ante una eventual inundación de trabajadores del tercer mundo. La inmigración ilegal ha suministrado a las economías avanzadas mano de obra para trabajos mal pagados y poco atractivos. Ciertos países permiten una migración legal flexible, pero solo para trabajadores más calificados. Australia, Nueva Zelanda y Canadá estimulan la llegada de profesionales, y hoy casi el 10 por ciento de la fuerza de trabajo calificada de esos países está formada por extranjeros. En Estados Unidos, la green card, válida hasta por 10 años, permite a los profesionales con contrato de trabajo conseguir la residencia y eventualmente la ciudadanía.

Europa tiene normas más rígidas, lo que explica que menos de 2 por ciento de sus profesionales sean de fuera. Y esto en una sociedad que enfrentará una gran escasez en los próximos años.
Ahora la Comisión Europea ha propuesto una tarjeta azul, válida por dos años renovables, para inmigrantes profesionales contratados con al menos tres salarios mínimos (o dos si son menores de 30 años).

La propuesta es tímida si se la compara con lo que ofrecen Canadá o E.U. Y si se aprueba, no es probable que abra la puerta a centenares de miles de profesionales. El permiso es breve, con exigencias de salarios altos, y no facilita, como la green card, la nacionalización. Estimula, sobre todo, la rotación, con el posible retorno de muchos a su país natal. Y su efecto, para la mayoría de los países del tercer mundo, podría ser benéfico. La presencia de inmigrantes en cargos profesionales ayudará a diluir la imagen del inmigrante como trabajador sin calificación, rebuscador y peligroso, y facilitará un movimiento más libre de toda clase de trabajadores. Los profesionales que vuelvan a sus países (y la proporción será alta) traerán experiencias y conocimientos. Así ha ocurrido con la medicina, desarrollada en el tercer mundo con ciencia y tecnología de los países avanzados.

Los ingresos relativamente altos aumentarán las remesas, lo que compensará el costo del entrenamiento. Países como Filipinas o la India (en especial el estado de Kerala) han ampliado sus universidades para atender la demanda externa de profesionales de salud, buscando fortalecer sus instituciones educativas y aumentar la entrada de remesas. La salida de parte de esos profesionales reduciría el desempleo profesional y mejoraría la situación de los que se queden.

Sin embargo, la tarjeta azul puede agudizar un problema serio, sobre todo de África, donde las precarias condiciones de trabajo y el alto desempleo en el área de la salud llevarían a que pierda una proporción muy grande de sus graduados. Las enfermeras de África buscan afuera unos ingresos y una independencia que su sociedad no les da, y aunque muchas regresan, los hospitales y la atención de salud en la región están en crisis. Hoy, el 12 por ciento de los médicos graduados en África trabaja en E.U., Canadá e Inglaterra, y la proporción puede subir.

En estos casos, en los que la migración brusca tendrá impacto negativo, los países atrasados, con apoyo internacional, deben hacer más atractivo el trabajo de médicos y enfermeros. Y la Unión Europea, además de ampliar su ayuda a la educación y la salud en el tercer mundo con becas y apoyo a laboratorios y universidades, debe limitar la contratación de trabajadores de salud de los países en situaciones críticas. De lo contrario, el tercer mundo deberá sacar tarjeta roja a la tarjeta azul de la UE.

editorial@eltiempo.com.co

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