Terrorismo se suma a crisis financiera en India; ataques en Bombay pretenden destruir prosperidad

La última vez que estuve en el hotel Taj Mahal Palace fue sentado a unos pasos de la actriz Michelle Yeoh, acompañada por Jean Todt, el cerebro tras el regreso de Ferrari a la cima de la F1.

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noviembre 28 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-11-28

Vi pasar a Preity Zinta, una superestrella de Bollywood, como se conoce el cine indio.

Momentos después, también a Ratan Tata, el presidente de Tata Group, y un cortejo de renombrados empresarios indios. Al elenco de estrellas cinematográficas y magnates se sumaban decenas de huéspedes del hotel, procedentes de Nueva York, Fráncfort, Tokio y no sé cuántas otras metrópolis.

No pretendo hacer una lista de celebridades. Esos nombres nos dan una idea de lo que puede acontecer en el Taj en cualquier día y de por qué los terroristas querrían atacar el establecimiento.

Eso mismo hicieron el 26 de noviembre, cuando mataron a más de 100 personas en el Taj y el complejo hotelero Oberoi Trident.

Los atentados con bombas con fines propagandísticos en la capital financiera de la India son algo común, tristemente. Mas el atentado de esta semana es algo distinto: iba dirigido contra hoteles y restaurantes selectos para turistas.

Es un suceso que tendrá consecuencias mucho más graves en la tercera economía del Asia.

Mientras que China, Japón y el resto del Asia lidian con las repercusiones de una crisis crediticia mundial, la India tiene ahora ante sí una segunda crisis: la del terrorismo interno.

Ya es tragedia suficiente que se mate con bombas a los propios nacionales. Lidiar con un terrorismo que pretende destruir la misma prosperidad que el Gobierno fomenta para atenuar las tensiones sociales, es algo muy distinto.

Al igual que los terroristas de Bali en el 2002 infligieron enormes daños a la economía de Indonesia -daños que se siguen calculando-, los militantes de la India apuntan más alto, por así decirlo.

Se detienen los mercados

En la era de la globalización hay pocas armas más potentes que ahuyentar los dólares que una economía necesita y que obtiene por vía de las inversiones y el turismo. Los manifestantes en Tailandia que se apoderaron del principal aeropuerto de Bangkok entienden eso. Lo mismo puede decirse de los militantes armados con granadas y fusiles que causaron estragos estos días en Bombay.

La India detuvo la contratación de acciones, bonos y rupias ayer por vez primera en más de tres años. Ningún Gobierno toma semejantes decisiones ligeramente, sobre todo cuando la economía está reduciendo la marcha.

Las acciones ya habían caído el 56 por ciento este año y la crisis mundial del crédito se está haciendo sentir cada vez más en India.

Los atentados de esta semana ahuyentarán inversiones que India necesita para ensanchar su economía y sus mercados. Desviarán la atención de funcionarios que deberían centrarse en proteger al pueblo de los efectos de la desaceleración económica mundial.

Quitarán impulso a los programas de reducción de la pobreza en ese país de 1.200 millones de habitantes. Son también un golpe al Asia, que necesita motores de crecimiento urgentemente.

No hay un segundo que perder. Vivimos en un mundo en que la aversión al riesgo es la estrategia financiera predilecta. Los inversionistas enamorados la semana pasada con la expansión económica de India, su creciente clase media y su población juvenil, se preguntan esta semana cómo evitarse más pérdidas.

No se da por sentado que una cantidad importante de inversionistas extranjeros vayan a huir de la India. Si bien esa economía de 1,2 billones de dólares está reduciendo la marcha tras haber sentado un ritmo de expansión de un 9 por ciento los 12 últimos meses, las autoridades siguen esperando un crecimiento de un 7,5 por ciento en los meses venideros.

Aun si el crecimiento se modera un poquito más, India descollará entre las naciones en vías de desarrollo. 

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