El TLC entre Colombia y E.U. no se pone en marcha pese a optimismo inicial hace cuatro años

Cuando Cartagena fue escenario del pomposo y optimista lanzamiento de las negociaciones del TLC entre tres países andinos y los Estados Unidos, todo era positivismo.

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septiembre 12 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-09-12

Si como se oye con tanta frecuencia, Estados Unidos no tiene amigos sino intereses, el Tratado de Libre Comercio (TLC) negociado con Colombia no debería haber tenido tropiezos en el congreso estadounidense, pues según el embajador de Washington en Bogotá, William Brownfield, para su país ese acuerdo es de 'interés nacional'.

Colombia era considerado su aliado más fiel en la región, un activo de mucho peso a la hora de negociar que ni Perú ni Ecuador, los otros dos socios en el camino hacia un acuerdo, podían exhibir con vehemencia.

En más de una ocasión, el presidente George W.
Bush fue enfático en hablar de "mi amigo Álvaro Uribe" y de ahí la invitación al primer mandatario colombiano a su inmenso rancho texano, una deferencia de la que gozan pocas personas.

Una cosa es una cosa

No obstante, rápidamente quedó claro que una cosa son los amigos del departamento de Estado, que maneja las relaciones internacionales de E.U., y otra los intereses de la Oficina Comercial, encargada de negociar la apertura de mercados y disciplinas para los empresarios y multinacionales estadounidenses.

La aprobación del TLC por los congresos de Colombia y Perú parecía entonces sencilla, de manera que su entrada en vigencia se diera en un plazo relativamente breve.

Cuatro meses y 10 días después, el 22 de noviembre, en la sede del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en Washington, el entonces ministro de Comercio, Jorge Humberto Botero, y el representante Comercial de E.U., John Veroneau, firmaron el acuerdo, el primer TLC de Colombia con un país desarrollado, según lo dicho por el funcionario colombiano, quien confió en que comenzaría a regir el primero de enero del 2008.

Aparece la Pelosi

Para ese noviembre, el Partido Demócrata ya se había hecho al control del Congreso y pedido al presidente Bush que no firmara el TLC, pues, a su tradicional reserva frente a los acuerdos comerciales, se sumaban señalamientos sobre abusos a los derechos humanos y laborales de los trabajadores colombianos, temas ambientales y acceso de la población a los servicios de salud, lo que en su opinión ameritaba enmendar el texto del tratado, algo que, en teoría, no se podía hacer, pues la negociación ya estaba cerrada.

Entraba en escena la poderosa Nancy Pelosi, vocera de los demócratas, que logró demorar el TLC mientras que en Colombia el Congreso aprobaba el texto no definitivo del acuerdo y en E.U. arrancaba en firme la campaña electoral que finalizará en noviembre próximo. Así, Colombia y el tratado quedaron en la mitad de los fuegos demócrata y republicano.

En el congelador

A principios de abril pasado, Bush hizo caso omiso a las advertencias demócratas sobre un seguro fracaso y en una decisión sin precedentes, y sin tener la garantía de contar con los votos suficientes, envió el TLC al Congreso para que este lo aprobara en un plazo no mayor a 90 días; tanto la Cámara como el Senado tendrían que someterlo a votación.

La reacción demócrata no se hizo esperar y en la Cámara decidieron levantar la obligación de votar el acuerdo en el plazo perentorio de 90 días, por lo que en la práctica el TLC entró en una especie de congelador.

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