Tomémonos un tinto, pero ¿de dónde?

Esto del café que proviene de otras latitudes para ser consumido en el país que siempre se ha enorgullecido de producir la calidad más excelsa, es algo sorprendente.

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mayo 29 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-05-29

En medio del fárrago de noticias de carácter económico -unas preocupantes y otras alentadoras- donde hasta un pequeño repunte en las ventas callejeras de perros calientes en la Quinta Avenida de Nueva York puede llegar a ser interpretado como síntoma de que ya llegó la recuperación económica, causa sorpresa y hasta hilaridad la información de que las importaciones (léase bien 'las importaciones') de café hacia Colombia se dispararon en el primer trimestre del presente año.
Cuándo desde épocas inveteradas se les ha enseñado a generaciones y generaciones de niños colombianos que el café es el producto insignia de nuestras exportaciones (así no sea desde hace unos años el de mayor valor), por su arraigo cultural en la sociedad colombiana y por su valiosísimo impacto en un numerosísimo grupo de familias que directa o indirectamente derivan su sustento de su producción, recolección y venta, ahora nos venimos a enterar de que en los tres primeros meses de este año las importaciones hacia Colombia aumentaron en un 95 por ciento (ver diario La República, 27/05/09).
Definitivamente la globalización no tiene barreras ni respeta fronteras, y esto del café que proviene de otras latitudes para ser consumido en el país que siempre se ha enorgullecido de producir la calidad más excelsa, es algo tan sorprendente y paradigmático como el lamentable insuceso ocurrido hace ya unos años, cuando la Princesa de Gales murió trágicamente en una avenida de París, en compañía de un ciudadano egipcio al estrellarse el vehículo de marca alemana, conducido en ese momento por un chofer español. Para completar la tragedia griega, el cirujano portugués, especializado en Norteamérica, nada pudo hacer por salvarle la vida a la consorte del aspirante a la Corona del Reino Unido.
En este contexto no resulta descabellado pensar que un desprevenido turista -extranjero o nacional- un día cualquiera se siente en un café de Armenia o Manizales y al pedir un tinto le sea servido un tinto sí, pero elaborado con café sembrado, procesado y exportado por otro país diferente al nuestro. Lamentable sería que no reconociese la diferencia.
Como bien afirman los representantes de la industria cafetera, que Colombia importe café no es para rasgarse las vestiduras, pues hace parte de las reglas de juego imperantes en el marco del comercio internacional. Sin embargo, sí hay dos motivos de preocupación latentes: una la magnitud de las compras externas que se han presentado este año por falta de producción interna y otra el país de origen de donde supuestamente provienen esas compras. Según documentos, entre nuestros proveedores sobresalen Ecuador y en menor escala Venezuela ¿Desde cuándo estas dos naciones son potencias cafeteras? ¿Estarán dadas las bases para que el presidente Correa asuma dentro de la OIC el papel protagónico de su homólogo Chávez en la Opep?
Mejor pensemos y aceptemos que se trata de una simple triangulación (eufemismo por contrabando), pues es café que muy seguramente proviene de Vietnam, donde ya entraron en la etapa del posconflicto, pero que al hacer tránsito por uno de nuestros países vecinos, recibe los beneficios arancelarios contemplados en los acuerdos de integración subregional.
Reflexión final: si Vietnam exporta café a Colombia, ¿cuándo será que nosotros podremos enviar quesos a Francia o arroz a la China? 

gpalau@urosario.edu.co

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