De trabajos, fatigas y cansancios

Aprender a descansar con cosas sencillas y en situaciones ordinarias contribuye a hacer más gratificante y productivas aquellas actividades fatigosas.

Finanzas
POR:
abril 16 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-04-16

Estamos en abril, pocos meses después de las vacaciones de enero y me he encontrado con un alto porcentaje de personas, en reuniones de trabajo y sociales, que comenta: ¡Estoy agotado! o ¡Sinceramente, no doy más! Uno puede pensar que se trata de un número reducido de personas, pero pienso que el asunto es más grave.

Si revisamos los problemas más frecuentes que las empresas enfrentan encontramos: ausentismo, falta de compromiso, falta de iniciativa, etc., afectando así la productividad. Problemas que las investigaciones relacionan con exceso de trabajo, niveles altos de estrés y cansancio.

Así que la pregunta que nos podemos hacer es ¿qué hacer al respecto? Una primera respuesta puede ser: no hacer nada. Estamos bien así, ¿por qué preocuparse? Pero, los problemas no se resuelven solos y si se dejan tal como están tienden a empeorar. Por ende, lo prudente sería empezar a buscar soluciones.

De hecho, el tema de jornadas laborales extenuantes, una vez superada la esclavitud como sistema aceptado socialmente, se contrarresta con el tema del descanso, de las vacaciones como momentos que permiten restaurar las fuerzas perdidas en el trabajo. Y sí, esa puede ser una solución: vacaciones.

Pero lo que sucede -con más frecuencia cada vez- es que estas no parecen estar cumpliendo su objetivo. Se regresa al trabajo tanto o más cansados después de las vacaciones.

Por eso considero que debemos pensar más detenidamente este tema. Partamos de la experiencia ineludible de ambos en la vida diaria de cada persona. Todos hemos sentido cansancio y hemos necesitado descansar. La intensidad de ese cansancio y de su correspondiente reclamo de descanso es lo que cambia de persona a persona.

Al igual que el dolor, los umbrales individuales de cansancio varían, como también varía la fuente de ese cansancio. Y no se puede evitar que, en un momento determinado, incluso realizando una actividad que nos apasione, nos fatiguemos.

La fatiga es el precio que se paga por el esfuerzo y el esfuerzo no es otra cosa que el desgaste; y como seres limitados que somos, es decir, seres con deficiencias, todas nuestras acciones implican un gasto de esos 'recursos' limitados que tenemos. Para empezar, uno de esos 'recursos' es la propia vida.

En cada una de nuestras acciones invertimos tiempo y energías, energías y tiempo, que no importa cuánto repitan lo contrario algunos comerciales de bebidas, alimentos o lugares de descanso, son irrecuperables. Desde aquellas acciones que requieren un trabajo físico sumo, pasando por las actividades de una persona de vida más bien 'sedentaria', hasta acciones como la de pensar, exigen un esfuerzo.

Es cierto que podemos pensar por más tiempo del que podemos correr o nadar, pero también nos cansamos de pensar. Es más, en algunas situaciones y para algunas personas resulta verdaderamente más fatigoso pensar que realizar cualquier otra actividad.

Se podría decir entonces que la fatiga demarca sin miramientos nuestro horizonte vital: somos seres con unos límites, los de nuestra condición humana.

De hecho, nuestra existencia viene marcada por los ritmos de la acción y el reposo, vigilia y sueño, desgaste y recuperación de energía. No podemos dedicarnos ininterrumpidamente a una acción, pero tampoco podemos decidir no hacer ningún esfuerzo: las mínimas acciones vitales requieren un desgaste.

No somos máquinas, ni espíritus puros, desencarnados e intemporales. La fatiga -que se denomina 'física' a la ligera como advierte Lévinas- pertenece a la condición humana con tanta radicalidad como le pertenece su corporalidad. Y eso es algo que no podemos evitar.

Es esta exigencia de descanso, previo esfuerzo realizado, la que nos hace disgustarnos ante la aparente ausencia de fatiga que es el resultado, por ejemplo, del aburrimiento, de la pereza, de la inactividad, del desánimo. El hecho de que nos cansemos de no hacer nada, es simple prueba de que es preferible la fatiga a su imposibilidad, y de que esta fatiga puede ser agradable, más aún cuando es resultado de actividades que nos importan, que nos llenan y/o que nos gustan.

De ahí la importancia de saber entender y planear los descansos. Las vacaciones o descansos en los que no se hace nada cansan más aún; mientras que aquellos en los que cambiamos de actividad para realizar aquellas que suponen menos esfuerzo o requieren de una fatiga distinta son los que nos permiten realmente descansar.

No se trata por tanto de requisitos de tiempos largos, actividades extraordinarias o situaciones especiales para poder descansar. Es más bien cuestión de actitud y de aprender a hacerlo. Aprender a descansar es una necesidad cada vez más apremiante de nuestra realidad, en línea con la necesidad de manejar mejor nuestro tiempo.

¿Por qué es necesario evitar el agotamiento, el burn out? Decir de una persona que está cansada, no es lo mismo que decir que está agotada. Y no es solo un problema de intensidad: el agotamiento es más que el simple cansancio. Se trata de una diferencia más radical.

La persona fatigada, lo está como consecuencia de una actividad, pero la que está agotada, se ve incapaz de realizar alguna otra actividad, no hay panorama de acción ni de posibilidad, no hay horizonte. "El fatigado solamente ha agotado la realización", dice Deleuze, "mientras que el agotado ha agotado todo lo posible (...) ya no puede posibilitar".

Esta situación en la que se pierde el norte y las referencias, en la que las posibilidades desaparecen, paraliza la actividad normal, anula la creatividad e iniciativa y torna tortuosa la misma existencia.

Aprender a descansar con cosas sencillas y en situaciones ordinarias nos ayudará a mantenernos alejados del agotamiento paralizante, a la vez que hará más gratificante y productivas aquellas actividades fatigosas. Pero, de nuevo, hay que aprender a hacerlo, porque las rutinas laborales y la exigencia de resultados nos empujan aparentemente hacia otro lado.

Los directivos deberíamos poner atención a estos temas cuando nos suceden a nosotros, cuando les suceden a nuestras amistades y, de manera más responsable, cuando sucede en nuestros entornos laborales.

Sandra Idrovo Carlier
Directora de Investigación
INALDE - Escuela de Dirección y Negocios
www.inalde.edu.co