Tráfico de cocaína revitaliza a la guerrilla peruana por baja rentabilidad de cultivos lícitos

En el valle del Apurímac y Ene que produce más de una tercera parte de la cosecha de coca del país, donde operan restos del movimiento guerrillero Sendero Luminoso.

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mayo 15 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-05-15

Unión Mantaro, el último pueblo en un abandonado camino de tierra del valle que produce más cocaína en Perú, no tiene jefatura de policía, iglesia ni clínica de salud. Sus 600 habitantes tampoco tienen agua corriente ni electricidad.

Hasta enero, las chozas improvisadas de madera y plástico albergaban a numerosos refugiados de una ofensiva del Gobierno contra una pequeña, pero letal banda de rebeldes financiados por la droga, restos revitalizados del movimiento guerrillero fanático Sendero Luminoso.

La mayoría de los refugiados regresaron a las aldeas en las montañas colindantes, al tiempo que los rebeldes frustraron la campaña del Ejército en su contra matando a 33 soldados e hiriendo a 48 desde el arribo de las fuerzas armadas en agosto. Se desconoce la cifra de bajas entre los guerrilleros.

Los reveses sufridos por los militares -el tráfico de drogas parece intacto- son más que un bochorno preocupante para el Gobierno central en Lima. Los críticos dicen que el presidente Alan García necesitará actuar rápidamente o se arriesga a enfrentar una inestabilidad mayor.

El tráfico de cocaína en Perú -el segundo en el mundo, después de Colombia- está en auge luego de una baja en la década de 1990, en el gobierno de Alberto Fujimori. El movimiento guerrillero se desvaneció luego de la captura en 1992 del fundador de Sendero, Abimael Guzmán.

El Gobierno dice que los rebeldes que han usado el narcotráfico para rearmarse están corruptos ideológicamente, pero los campesinos que coexisten con ellos no parecen estar de acuerdo. Al menos no lo dicen públicamente.

VIVIR DE SEMBRAR COCA

La entrada al bastión selvático de Sendero Luminoso, Unión Mantaro, está a dos días de viaje de Ayacucho, la capital provincial, donde el movimiento surgió hace casi 30 años.

A lo largo del camino hacia el Apurimac y Ene, mujeres y niños secan hojas de coca en grandes lechos de lona frente a casitas de ladrillo semi construidas. Un partido político que apoya el cultivo de coca ha pintado la hoja en chozas de madera en aldeas tan pobres que los padres deben contribuir para pagar a los maestros de sus hijos.

La producción de coca aumentó en esta región escarpada a apenas 160 kilómetros de las famosas ruinas de Machu Picchu, al tiempo que los migrantes duplicaron la población a más de 240.000 en poco más de una década.

El cultivo de la coca, un estimulante ligero mascado por las poblaciones andinas, es legal en Perú, pero las autoridades dicen que el 90 por ciento acaba en la producción de cocaína.

"Los políticos en Lima no saben lo que está pasando en estas comunidades. Si lo supiesen, sabrían que la solución al problema no es enviar más soldados", dice Marisela Quispe, una trabajadora del Gobierno que mantiene un conteo de víctimas de la violencia política.

Los expertos dicen que Sendero Luminoso tiene ahora unos 400 hombres bien armados en dos grupos separados. El contingente más grande se desplaza sin problemas en las frondosas montañas que flanquean el valle.

Tiene espías en todas partes, aliados forjados en el tráfico de drogas que de inmediato avisan cuando los soldados salen de patrulla, dice el mayor del Ejército Chirinos Carlos Rivera. Sus 150 soldados están estacionados río abajo de Unión Mantaro.

Los locales, dice Quispe, no ven alternativa al tráfico de drogas. Aparte de la parafernalia de la narcoeconomía -camionetas modernas y tiendas agroquímicas bien abastecidas- el valle es pobre. Más de la mitad de los habitantes viven con menos de dos dólares por día.

Unión Mantaro ha sido desde hace tiempo un centro del narcotráfico. Antes de que llegase el Ejército, guerrilleros armados con fusiles automáticos AK-47 y Galil llegaban rutinariamente al poblado para comprar provisiones y atrajeron a migrantes ofreciéndoles tierras gratis para cultivar coca.

"Ellos te daban tierra en un espacio en la selva, repartían provisiones y alimentos, quizás un hacha. Todo ello para ayudarte a comenzar", dice Abrán Rojas, de 27 años, un cocalero que arribó en el 2006.

Rojas se asentó en Pampa Aurora, una aldea de 60 personas a seis horas a pie de Unión Matadero a lo largo de una importante ruta de contrabando. Dice que de 10 a 20 traficantes pasaban por el lugar varias veces a la semana, con mochilas cargadas de cocaína, acompañados por rebeldes vestidos de azul oscuro o verde.

Entonces comenzó la ofensiva del Ejército.

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