Transformación rural, prioridad

La sociedad colombiana tiene la gran habilidad de relegar al olvido ciertos temas y así, de manera astuta, los borra de la agenda nacional y de las prioridades del Estado. Pero lo grave de esta perversa habilidad es que la mayoría de ellos se relacionan con el campo.

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septiembre 15 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-09-15

Es el caso de la tierra que se ha convertido en el factor escaso; de la creciente dualidad rural, donde conviven sin relacionarse islas de modernidad con un campesinado aislado y pobre; del desplazamiento que ahora se atreven a llamarlo migración y que ha convertido a más de tres millones de campesinos productivos en miserables urbanos; de la brecha rural-urbana que muestra dos países que, lejos de acercarse, se alejan y la ausencia de bienes públicos rurales que frenan su modernización. Pero, hasta el Banco Mundial ha cambiado su posición y hoy reconoce que la contribución del sector es muy superior a la que señalan las estadísticas y que sin su desarrollo será imposible elevar la competitividad de los países y, sobre todo, lograr la equidad en América Latina. Para no mencionar el reconocimiento generalizado de la necesidad de apoyar al pequeño productor agrícola como única salida real a la crisis mundial de alimentos. Colombia no solo está alejada de estos planteamientos sino que no logra que el campo se modernice y poco le preocupa su rezago. En 1990, antes de la apertura que lo golpeó tan fuertemente, este sector contribuía con el 20 por ciento del empleo interno, una quinta parte del PIB, y generaba un tercio de las divisas del país . Cifras recientes, no totalmente comparables, sí dejan entrever graves problemas. Mientras hoy el sector rural absorbe casi el 20 por ciento del total de ocupados, solo aporta cerca del 12 por cientodel PIB y sus exportaciones son alrededor del 6 por ciento del total nacional, cifra entendible dada la dinámica de la minería y de otras exportaciones. La conclusión obvia es la improductividad de la mano de obra rural y si se reconoce que las islas de modernidad si deben tener alta productividad, lo que se sugiere es que el campesinado está trabajando en condiciones muy precarias. Se trata de millones de colombianos, no es un tema marginal. Otros indicadores contribuyen a esta preocupación. La pobreza rural está en el mismo nivel que en 1988, es decir 62,1 por ciento, y supera con creces la urbana, 39,1 por ciento; el ingreso per cápita y el mensual urbano más que duplican los indicadores rurales y el nivel educativo de su población es 3,8 años inferior al urbano ; 13.000 personas naturales son dueñas de 22 millones de hectáreas y la brecha rural-urbana ha crecido, ya que en 2006 la diferencia porcentual era de 23 puntos cuando en 1990 era de 19. Más aún, a partir del 2005 es evidente el fenómeno de crecimiento sin empleo; entre el 2002 y el 2007, el sector se expandió el 12 por ciento mientras la industria lo hizo en un 40 por ciento, pero la ocupación rural decreció en 10 por ciento. En conclusión, ni en momentos de auge económico el campo se expande como debería, sino que también ha perdido la capacidad de generar empleo. ¿Se dinamiza solo la agricultura mecanizada y se abandona la agricultura campesina? ¿Por qué no se logra dinamizar el campo después de más de 16 anos de sus crisis en 1992, cuando la economía ha crecido significativamente y cuando la Seguridad Democrática ha tenido éxitos innegables? Solo cuando se logre responder esta pregunta se podrá diseñar la verdadera transformación del campo que es impostergable. Se ha señalado que una de las posibles causas del rezago rural ha sido la imposibilidad de los empresarios de ir a sus fincas, lo que dificultaba su administración y mermaba su productividad, sumado al pago de vacunas y ataques de los grupos al margen de la Ley. Hoy nadie niega que precisamente el poder volver a las fincas es uno de los logros de la Seguridad Democrática, además del debilitamiento de las Farc y de los paras. Pero nada pasó porque este no era el diagnóstico adecuado. Para transformar el campo, lo primero que debe cambiar es la forma de mirarlo porque nunca se ha visto como un territorio, heterogéneo, con posibilidades diversas, donde conviven empresarios con sesgos pre-capitalistas con campesinos que subsisten sin la protección de la ley. Todo es segmentado: la política agropecuaria, el accionar de los gremios, la competitividad por producto y solo se identifican los agentes de manera que las regiones no son de nadie. Y así como no se analiza holísticamente al sector rural, tampoco se proyecta y se planea el futuro. Solo se mira el pasado y por ello no existen metas ambiciosas que implicarían verdaderas revoluciones no solo en la política productiva sino en infraestructura, en tecnología, en política social. ¿Por qué no se ha hecho? Porque persiste en el campo y en muchos ejecutores de políticas, una mentalidad feudal que hace de la tierra un mecanismo más de poder que de producción; porque no se ha resuelto la tensión entre el capital y el trabajo que ha sido la semilla de la violencia; porque la industria no se acerca a sus fuentes de insumos y porque los gremios no se han convertido en verdaderos motores de un cambio que involucre, no solo a los empresarios, sino a esa población campesina que tanto lo necesita. cecilia@cecilialopez.com '' Persiste en el campo y en muchos ejecutores de políticas, una mentalidad feudal que hace de la propiedad de la tierra un mecanismo más de poder que de producción; porque no se ha resuelto la tensión entre el capital y el trabajo que ha sido la semilla de la violencia”. Cecilia López Montaño Senadora y ex ministra de Agricultura '' Ni en momentos de auge económico el campo se expande como debería, sino que también ha perdido la capacidad de generar empleo”.WILABR

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