TransMilenio y su desinformación

En los análisis y evaluaciones que se suelen hacer sobre el sistema de transporte de TransMilenio, hay un aspecto que poco se menciona y es el que tiene que ver con la calidad de la información que se le envía al ciudadano en su condición de usuario final.

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octubre 15 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-10-15

En este contexto, lo primero que negativamente llama la atención es la denominación tan poco clara y amigable que identifica las diferentes rutas. Para solo citar un par de casos al azar, una ruta H24 o una J23 ¿qué mínima indicación pueden dar acerca de lo que más le interesa al usuario como es saber cuál es el vehículo que debe tomar para llegar a su sitio de destino? De lo único que uno puede estar seguro a guisa de ejemplo, es que la ruta identificada como D74, por el único sitio por donde precisamente no pasa ni remotamente cerca, es por los lados de la diagonal 74 y así ocurre con todas las demás. Un ciudadano británico que en días pasados vino a la capital colombiana, motivado por las supuestas maravillas del sistema, comentaba que la nomenclatura o denominación de las rutas es lo único que supera en confusión y esoterismo al sistema que los ingleses se inventaron para llevar las cuentas de los partidos de tenis. Nadie ha podido entender por qué en este juego los puntos a favor pasan de 0 a 15, de 15 a 30 y luego de 30 a 40 para finalmente contabilizar un solo punto. La diferencia es que se trata de un juego, en tanto que TransMilenio no es propiamente un juego, sino un servicio de primera necesidad. Adicional a lo anterior, suele suceder que a la gerencia de la empresa se le ocurre otra curiosa iniciativa que termina generando mucha más desinformación. Resulta que los vehículos rojos (tampoco está claro por qué se escogió este color), en la parte delantera y en letras amarillas luminosas no indican cuál es el destino final de la ruta, sino mensajes subliminales que nada tienen que ver con el servicio. En vez de decir por ejemplo ‘Portal Usme’, con dificultad uno alcanza a leer frases tales como “los niños son el futuro del país”, “Bogotá sin apetito” o “Soda Stereo en concierto”. ¡Bien dicen por ahí que no hay nada más peligroso que un tonto con iniciativa! Supongamos ahora que uno como pasajero logra subirse a uno de los articulados con la única certeza de que va para el sur o va para el norte, pero totalmente ignorante de las estaciones intermedias. La mayoría de los buses no informan cuál es la próxima estación o próxima parada. Los pocos que sí lo indican, lo hacen de manera tardía, pues la información aparece en una pequeña pantalla cuando ya no hay nada que hacer. Para mayor claridad del lector, el escenario es el siguiente: uno puede tomar un bus en la calle 39 para ir hasta la calle 63. Resulta que el vehículo se detiene por ejemplo en la calle 45 y solo cuando vuelve a arrancar sale la información de que no vuelve a parar sino hasta la calle 170. ¿Qué puede hacer en estos casos el pasajero? Morirse de la piedra, resignarse y añorar el sistema tradicional operado por busetas en las cuales al pasajero le queda el recurso de pegarle un grito al conductor para que se detenga en la siguiente esquina. Estas y otras inquietudes dejó consignadas el amigo británico al término de su visita, no sin antes dejar también constancia de que el sistema no se inventó en Colombia, ni que un determinado candidato a la Alcaldía en trance de reelección sea su padre ‘putativo’. Varios años antes de que se pusiese en funcionamiento en Bogotá, ya operaba en Quito y en Guayaquil, amables ciudades ubicadas al sur de Pasto. En la segunda de estas dos ciudades ecuatorianas, la ‘paternidad’ se la atribuía el alcalde de la época, Assad Bucaram, quien posteriormente fue elegido presidente, pero quien también al cabo del tiempo, terminó siendo sacado a empellones del palacio presidencia Gonzalo Palau Rivas Profesor de Ec onomía, U. del Rosario La mayoría de los buses no informan cuál es la próxima estación o próxima parada. Los pocos que sí lo indican, lo hacen de manera tardía

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