Las últimas 72 horas de Bear Stearns

Cómo el banco pasó de saludable a casi insolvente

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mayo 15 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-05-15

Bear Stearns Cos., la firma de Wall Street con 85 años de historia y una reputación por su estricta cultura de corretaje, fue rescatada de una bancarrota inminente gracias a un acuerdo con J.P. Morgan Chase & Co. el 16 de marzo de 2008, convirtiéndose en la primera gran víctima de la crisis financiera. La firma pasó de ser saludable
a prácticamente insolvente en casi 72 horas.

El derrumbe empezó a materializarse el jueves 13 de marzo de 2008, cuando ejecutivos de Bear hicieron un descubrimiento espeluznante: estaban casi sin efectivo. Enfrentando una ola de retiros por parte de clientes consternados y un repentino alejamiento de los acreedores, la firma tenía menos de US$3.000 millones en casa, insuficientes para operar el viernes.

El presidente ejecutivo, Alan Schwartz, que manejaba el efectivo en su calidad de agente de distribución, inmediatamente llamó a J.P. Morgan para pedirle a su contraparte, Jamie Dimon, un préstamo a un día. Schwartz sabía que si un acreedor con grandes reservas como J.P. Morgan no lo ayudaba, la única opción que le quedaría a Bear sería la quiebra. Luego llamó al presidente de la Reserva Federal de Nueva York, Tim Geithner, para informarle.
Dimon, un negociador veterano, estaba dispuesto a ayudar, pero renuente a comprometer una gran cantidad de dinero sin haber hecho una investigación exhaustiva, convenció a la Junta de la Reserva Federal para que proveyera la financiación.

Durante las primeras horas del 14 de marzo, funcionarios de la Fed se apoyaron en poderes legislativos que no se habían usado desde los años 30 para encontrar una solución temporal: un préstamo de tamaño no determinado para Bear, que sería suministrado a través de J.P. Morgan. A continuación, una recopilación de algunos de los eventos que rodearon esta decisión.
Jueves 13 de marzo, alrededor de las 7:45 p.m.

A Tim Geithner no le sorprendió oír noticias de Bear esa noche. En la mañana del jueves había recibido una llamada de Alan Schwartz, quien le había advertido que una crisis de efectivo parecía inminente.

Geithner había pasado la mayor parte del día hablando con su equipo y otros reguladores sobre los problemas que enfrentaba el banco de inversión, tratando de medir con qué rapidez podría deslizarse hacia el precipicio.

El funcionario estaba cenando con su esposa e hijos en su casa cuando el presidente ejecutivo de Bear lo llamó a darle las malas noticias.

"Nos quedan US$3.000 o US$4.000 millones y sentimos que no nos queda otra opción sino declararnos" , dijo Schwartz en una referencia a la bancarrota.

Schwartz también había hablado con James Dimon esa noche, interrumpiendo la celebración de su cumpleaños número 52 con su familia. "Hagamos algo", le dijo el presidente ejecutivo de Bear.

Sabía que era demasiado tarde para coordinar una compra total de Bear, pero la firma no abriría sus puertas el viernes sin una rápida inyección de capital. Le pidió a Dimon que considerara extender una línea de crédito de US$25.000 millones. Dimon accedió a evaluarlo.

Después de terminar de hablar con Schwartz, el presidente ejecutivo de J.P. Morgan se concentró en buscar a Steve Black, su persona de confianza en un acuerdo de este tipo. De vacaciones con su familia en Anguilla, Black, el co jefe de la unidad de banca de inversión de J.P. Morgan y un viejo aliado de Dimon cuando ambos trabajaban para Citibank, había dejado su celular en el hotel mientras cenaba con su esposa. Dimon necesitaba descubrir dónde estaba comiendo Black y averiguar el número de teléfono de ese restaurante.

Viernes, 8:30 a.m.

En el sexto piso de la sede principal de Bear en la Avenida Madison de Manhattan, reinaba el caos. El alivio que la gente sintió al escuchar sobre el préstamo de emergencia orquestado por la Fed, rápidamente se transformó en pánico sobre el lenguaje del comunicado de prensa que lo anunciaría. Naturalmente, Bear deseaba que el tono del texto fuera lo más positivo posible, como si todo siguiera como si nada. También quería sugerir que, en caso de que las cosas no resultaran, J.P. Morgan estaba dispuesto a comprarla. No obstante, hubo un debate sobre qué tan explícitos debían ser sobre las negociaciones de fusión de Bear con otros postores, las cuales aún eran bastante prematuras.

Otro punto de discusión fue el lapso de tiempo que duraría el dinero aportado por la Fed. Funcionarios del gobierno y de J.P. Morgan habían propuesto sugerir 28 días, un tiempo que aliviaría a Bear hasta mucho después del día crítico que se avecinaba y le daría al público la idea de que Bear estaba a salvo por el momento.
Sin embargo, los abogados de la firma querían decir "al menos 28 días" para dejar sus opciones abiertas. Pero sus interlocutores no cedieron. Serían como máximo 28 días, le dijeron a Bear.

Durante estos debates, el tesorero de Bear, Bob Upton se movió entre las oficinas de los ejecutivos recolectando opiniones sobre el texto. Pero después de 90 minutos de ires y venires, Upton no soportó más. "¡Tenemos que terminar esto!", le dijo a Richie Metrick, uno de los altos banqueros de inversión de Bear. "Sáquelo al mercado".

Sin embargo, los ejecutivos no podían determinar qué versión era la final. El tesorero hizo una rápida ronda de revisiones, tomó una copia de lo que creyó que era la versión correcta y corrió hacia una fotocopiadora cuando Metrick salió gritando de la oficina del director de finanzas, donde Schwartz aguardaba. "¡Deme ya ese %$& documento!", Metrick vociferó. "¡Estoy tratando de terminarlo %$&!", le respondió gritando el tesorero y corrió hacia la copiadora con el borrador en la mano.

Cerca de 15 minutos después, a las 9:13, el comunicado de prensa de J.P. Morgan fue publicado en los cables de noticias y en la cadena de noticias financieras CNBC. "JP Morgan Chase y el Banco de la Reserva Federal de Nueva York proveerán financiamiento a Bear Stearns", decía el titular. El comunicado proseguía diciendo que el banco y el gobierno le prestarían juntos a Bear "financiación asegurada", es decir, dinero respaldado por colateral, por "un período inicial de hasta 28 días". La última frase fue la más intrigante: "JP Morgan Chase trabaja de cerca con Bear Stearns para asegurar financiación permanente u otras alternativas para la compañía".

Luego, a las 9:21, un comunicado con un texto similar fue publicado por Bear. Ninguno de los dos contenía una declaración de apoyo de la Fed, cuya junta aún no se había reunido en pleno para aprobar el préstamo oficialmente.

En los 17 minutos entre la publicación del primer comunicado y la apertura de los mercados bursátiles estadounidenses, las acciones de Bear se dispararon, subiendo más de 9%. Los corredores de hipotecas en el séptimo piso estaban emocionados.

"¡Estamos vivos!", alguien gritó.

Black estaba empacando sus cosas en Anguilla cuando supo de la actividad de las acciones. J.P. Morgan había despachado un avión corporativo a Miami y estaba en camino para llevar al ejecutivo y su familia de regreso a Nueva York, en donde podía asesorar si valía la pena comprar Bear, una de las opciones sobre la mesa. Black movió su cabeza en desaprobación. "La gente no entiende lo que acaba de suceder aquí", le dijo a su esposa. "Te garantizo que para el momento en que aterricemos el precio de la acción estará a la mitad".

Unos minutos después, la Bolsa de Nueva York inició su sesión y aquellos que compraron acciones de Bear antes de que sonara la campana de apertura fueron reemplazados por una oleada de vendedores. La acción rápidamente borró sus ganancias y comenzó a caer en picada.

En Washington, el secretario del Tesoro, Hank Paulson, estaba dando inicio a una conferencia telefónica con ejecutivos de la industria. Quería fijar el tono correcto y anotó en una libreta algunos puntos que posiblemente tocaría. Paulson no quería que las tácticas rapaces de corretaje le hicieran aún más daño a Bear, así que decidió decirlo en una frase clara a las demás firmas: Espero que se comporten.

"Quiero que traten a Bear Stearns como un contraparte responsable", le dijo al grupo. "Cuando está en una empresa, trata de protegerse en todo momento", añadió. Pero estos no eran tiempos normales. Paulson esperaba que las firmas no hicieran demandas de colateral poco razonables, o que pidieran efectivo extra o valores para respaldar préstamos, y negociaran de buena fe con Bear.

Mientras tanto, en los mercados bursátiles, Bear no era el único en problemas. Durante la primera hora de negociaciones, el Promedio Industrial Dow Jones, el índice que sigue a las compañías con mayor capitalización, había caído más de 300 puntos, con 29 de sus 30 componentes registrando pérdidas. Otras firmas financieras, incluyendo al propio J.P. Morgan, caían en picada.

Al llegar al aeropuerto, Black buscó un televisor. No podía creer lo rápidos que habían sido los declives. Esperaba que las acciones de Bear cayeran para el momento en que aterrizara en Nueva York, en cuatro o cinco horas, no 45 minutos después del inicio de la sesión.

Para ese momento, la junta de la Reserva Federal se había reunido en su sede de Washington y había aprobado el préstamo de emergencia. El presidente de la Fed, Ben Bernanke, y sus colegas odiaban la idea de financiar una corrida bancaria con dólares del Estado, pero creían que ayudar a que Bear sobreviviera ese día sería mejor que permitir que colapsara.

El voto a favor fue unánime.

Domingo, 8:30 a.m.


Schwartz se paró en la sala de juntas del piso 12, rodeado por más de 100 empleados de Bear. Habló sobre los méritos de una posible unión Bear-J.P. Morgan. Era lo correcto, le dijo al grupo, y desde ya las culturas parecían estar combinándose bien, bajo circunstancias estresantes.

"Tenemos un acuerdo", le dijo al grupo, "pero no les va a gustar".

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