En el vagón que toca

En el vagón que toca

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marzo 19 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-19

Hace un tiempo no muy lejano, algún experto en economía trajo a colación un término poco usado. Se trató de la palabra ‘desacoplamiento’, definida por la Real Academia como la acción de ‘separar lo que estaba acoplado’. Pero más allá de la semántica, lo que quería resaltar el analista anónimo es que en el mundo estaban teniendo lugar realidades diferentes, a pesar de la globalización en la que buena parte del planeta está embarcada. Bajo esa lógica, a un grupo de naciones les podía ir bien, mientras otras se quedaban estancadas. Esa hipótesis, sin embargo, fue puesta a prueba cuando estalló la crisis internacional. A pesar de que la debacle tuvo lugar en Estados Unidos y Europa, el pronóstico fue que no habría región del mundo que no saliera afectada por lo sucedido. Y así ocurrió en la mayoría de los confines del globo en donde el coletazo recesivo se sintió con fuerza, como lo mostró el descenso de la producción industrial o el comercio en todas las latitudes. Pero con el correr de los meses también quedó en claro que el ritmo de recuperación no era uniforme. Eso lo explicó hace un par de días el Banco Mundial cuando anunció que la economía china había tenido un crecimiento de 8,7 por ciento en el 2009, justo cuando el PIB del planeta se contrajo en cerca de 1 por ciento. Gracias a ello, los partidarios de la idea del desacoplamiento han sido reivindicados por los hechos e insisten en que en el futuro habrá realidades diferentes en Norteamérica, Europa o las economías emergentes. Dicha apreciación es clave para América Latina, cuya suerte depende cada vez más de lo que le ocurre a China. La razón es que el peso del comercio exterior de la región con esa economía se ha multiplicado por más de siete desde comienzos del siglo. Incluso Colombia, que venía muy rezagada frente a otras naciones del hemisferio, ha empezado a recortar terreno como lo comprueba el hecho de que sus exportaciones al país más populoso de la Tierra pasaron de 1,4 a 2,8 por ciento de sus ventas totales entre el 2008 y el 2009 y llegaron al 6 por ciento en enero pasado. Ese hecho de acercarse al sol que más calienta, es también una expresión práctica del verbo acoplar. Este se entiende como el acto de ‘unir, agregar uno o varios vehículos a otro que los remolca’. Y si dicha dinámica continúa, a los latinoamericanos les irá mejor que a otros. Todo por cuenta del apetito chino por las materias primas que produce la región, ya sean estas combustibles, minerales o alimentos. Apetito que, por cierto, no parece saciarse. Según el Banco Mundial, el crecimiento de China en el 2010 debería ser del 9,5 por ciento. En esta oportunidad, la combinación de mayores exportaciones con un buen comportamiento del consumo interno servirá para mantener el ritmo de los últimos años. Debido a ello, los precios de los productos básicos se mantendrán altos, así no se rompan las marcas históricas alcanzadas en el 2008. Aunque ese debería ser un motivo de alegría para los países que están siendo jalados por la locomotora conducida desde Pekín, lo más importante es que esa es una tendencia de largo plazo. Y es que en las últimas semanas han aparecido textos que plantean que la discusión ya no es si la de China va a ser la economía más grande del mundo, sino simplemente cuándo sobrepasará a Alemania y Estados Unidos, que están adelante. Además, en un horizonte de largo plazo, ese peso seguirá aumentando. Así lo considera el Premio Nobel de economía, Robert Fogel, quien en un artículo publicado por la revista Foreign Policy pronosticó que en el 2040 el PIB chino valdrá 123 billones de dólares, unas tres veces el de todo el mundo en el 2000. Como si eso fuera poco, el mismo experto sostuvo que el ingreso por habitante en la nación oriental será, en dinero de hoy, de unos 85.000 dólares anuales, más del doble que el de los ciudadanos de la Unión Europea. Por su parte, un ejercicio adelantado por el Carnegie Endowment, una entidad estadounidense, es un poco más sobrio. Para dicha institución el PIB de China sería de 46,3 billones de dólares en el 2050, 90 por ciento más que el de Estados Unidos en términos de poder de compra. Independiente de quién tenga la razón, el mensaje es que el cambio es inevitable y que lo que le conviene a América Latina, y a Colombia en particular, es seguir acoplados en el vagón, al carro que va más rápido. El mensaje de que la economía china creció 8,7 por ciento en el 2009, justo cuando el PIB del planeta se con- trajo 1 por ciento, obliga a América Latina y a Colombia, a apostarle cada vez más a esa nación.ANDRUI

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