Veredicto inquietante

Dentro de los temas que han pasado relativamente desapercibidos por cuenta de la contienda electoral que prendió con intensidad sus motores, está una información entregada por el Ministerio de Hacienda el lunes pasado, relativa al comportamiento de las finanzas públicas. De acuerdo con la entidad, el déficit del Gobierno Central ascendió a 20,7 billones de pesos en el 2009, una cifra que equivale al 4,2 por ciento del Producto Interno Bruto y que es ligeramente superior al cálculo hecho hace unos meses. Aunque en esta época de grandes saldos en rojo en las cuentas estatales, una brecha de ese tamaño es pequeña si se le compara con las de Grecia o Estados Unidos, es indudable que el deterioro constituye un campanazo de alerta que merece ser escuchado con atención.

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abril 08 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-04-08

Una de las razones fundamentales es el pobre desempeño de los ingresos tributarios, que el año pasado tuvieron un incremento de apenas 1,3 por ciento. Aunque mucho de eso tiene que ver con la mediocre coyuntura económica de los últimos tiempos, no es necesario ser un experto en temas fiscales para darse cuenta de que en Colombia se está incubando un problema mayúsculo, pues los gastos son relativamente inflexibles, mientras que los recaudos no. Por tal motivo, quien llegue a la Casa de Nariño el próximo 7 de agosto tendrá que obligatoriamente incluir en su agenda una reforma impositiva que, si queda bien hecha, debería servir para fortalecer las arcas estatales y, de paso, mejorar la competitividad y la equidad en el país. Eso, por supuesto, es más fácil decirlo que hacerlo. En los últimos tiempos el Congreso ha sido reacio a mirar el tema, ya que no sólo a los parlamentarios les molesta meterse con estos asuntos, sino que el cabildeo que adelantan empresas y gremios hace que en la aglomeración de intereses particulares acabe refundido el propósito de buscar el bien común. Sin embargo, el espacio que abre la llamada ‘luna de miel’ que acompaña el comienzo de un nuevo Gobierno y la presencia de caras frescas en el Capitolio hace que la época ideal para conseguir un cambio, sea la que viene el próximo semestre. En ese sentido, es particularmente revelador el documento que acaba de escribir el ex ministro Guillermo Perry, para Fedesarrollo y la CAF, en el cual el experto hace un descarnado diagnóstico sobre el sistema tributario vigente. Si bien las recomendaciones sobre lo que se debería hacer sólo se conocerán hasta dentro de un mes cuando tenga lugar un debate con los candidatos presidenciales respecto al tema, desde ya los aspirantes a remplazar a Álvaro Uribe deberían empezar a tomar notas, porque seguramente las necesitarán. La razón es que el veredicto de Perry es inquietante. De acuerdo con éste “el recaudo es insuficiente frente a las necesidades; la productividad de los tributos es muy baja en comparación con la de otros países, grava en exceso algunos tipos de inversión y distorsiona la asignación de recursos; contribuyentes similares pagan tarifas muy diferentes y es poco progresivo". Para citar tan solo algunos ejemplos, en las empresas que son contribuyentes del impuesto de renta se encuentran tantas deducciones y exenciones que, dependiendo de la actividad en que cada compañía se encuentre, puede acabar pagándole al fisco mucho o muy poco. En el caso de las personas naturales, sólo el 1,56 por ciento de los colombianos tiene obligación de tributar, con lo cual es imposible poner en práctica el principio de progresividad que funciona bien en otras sociedades. El IVA, por su parte, cuenta con nueve tasas diferentes, cuando lo normal es una o dos. Como si fuera poco, los beneficios para estimular la inversión son muy generosos, sin que exista evidencia de que el incremento visto en años pasados haya tenido que ver con esas ventajas. Todo lo anterior muestra que los arreglos deben ser amplios y profundos. De tal manera, es necesario examinar los tributos que son ineficientes para eliminarlos o reducirlos, al tiempo que el nivel del recaudo debe aumentar. Esa no es una ecuación fácil de resolver, pero es inevitable y requiere considerar cambios en impuestos directos e indirectos, ojalá para que las empresas tengan tarifas menores que se cumplan y las personas naturales aporten más según su ingreso y su patrimonio. Sólo así se corregirían distorsiones que hoy producen más males que ventajas. "Un descarnado diagnóstico sobre el sistema tributario vigente en Colombia muestra que la situación actual no sólo es insostenible, sino que los arreglos deben ser amplios y profundos".ADRVEG