¡Qué vergüenza!

Y llega el señor Carlos Holguín Sardi al Ministerio del Interior y de Justicia, hecho que habla muy bien de él y mejor aún de la política. Y cuando digo que habla muy bien me refiero al hecho de que con este episodio se ilustra muy claramente cómo es que funciona la compra-venta de conciencias y de puestos en este país.

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agosto 23 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-23

Después de una larga trayectoria en las filas del conservatismo, más precisamente del alvarismo, Holguín Sardi decidió no venderle sino regalarle su alma, su corazón y su conciencia al presidente Álvaro Uribe. Y no contento con eso le encimó lo poco que había quedado del Partido Conservador, para que el Mesías dispusiera de los votos azules a su mejor conveniencia. En estos cuatro años, el señor Holguín se ha dedicado casi por completo a buscar puestos en la nómina oficial para su colectividad y su familia, a cambio de acompañar todas las medidas promovidas desde la Casa de Nariño. Al igual que otros conservadores que le han vendido su alma al diablo, encabezados por el mismo hermano del inmolado Álvaro Gómez, Holguín no ha tenido escrúpulos a la hora de arriar las históricas banderas del otrora glorioso partido de Caro y Ospina, para someterse a los apetitos y consignas coyunturales del uribismo, amalgama de ideologías y personajes cuyo único propósito terminó siendo la entronización del señor del Ubérrimo en el sillón presidencial. A mí personalmente me duele que por culpa del señor Holguín el Partido Conservador haya caído tan bajo. Y además me duele que salga a decir que hace parte del gabinete de Uribe en representación de dicho partido. Él, más que nadie, debería saber que el Partido Conservador ya no existe, pues lo que él presidía ya no era una colectividad política sino una bandada de buitres dedicados a la rapiña burocrática. A Holguín le debería dar vergüenza mirar por el espejo retrovisor y darse cuenta de que gracias a él su partido desapareció no sólo de las encuestas, sino del corazón de muchos colombianos; debería sonrojarse al ver cómo con su concurso el actual Gobierno les ha abierto la puerta a las formas más detestables de hacer política; debería sentir remordimiento por permitir que tantas figuras despreciables de la política se estén reencauchando y lavando su imagen, bajo la alcahueta sombra del uribismo. Y que no nos venga ahora con el cuento de que está apoyando un gobierno que le ha devuelto la esperanza al país, que eso ya no se lo cree nadie. La política de Seguridad Democrática es un descalabro, pues la cúpula de las Farc sigue intacta, así digan que los tienen arrinconados; la producción de droga sigue en aumento, tal como lo acaba de denunciar The New York Times, y la traquetización del país y la legalización de fortunas mal habidas está en su esplendor. Y del tal proceso de paz con los ‘paras’ mejor ni hablemos, porque da asco. Y Holguín está en su derecho de apoyar todo este desastre, pero que no diga que lo hace en nombre del partido que él primero mancilló y que después sepultó. Periodista "La política de Seguridad Democrática es un descalabro, pues la cúpula de las Farc sigue intacta”.

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