Lo que viene

Lo que viene

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noviembre 08 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-11-08

No quiero ser pesimista, pero a juzgar por los resultados electorales del pasado 28, no solo en Bogotá, sino en la mayor parte del país, lo que viene no pinta nada bien. El frenesí del discurso populista ofreciendo lo divino y lo humano, todo en aras de una mal entendida política social que promete sacar de la miseria a la mayoría de colombianos que hoy la padecen, es lo que se avecina. El efecto demostración de los gobiernos de los países próximos a nuestras fronteras, que en una orgía de recursos provenientes de los buenos precios del petróleo están llevando poco a poco sus economías a una debacle de incalculables proporciones -no me digan que una inflación en crecimiento y un aparato productivo cada vez más débil, son señal de buen augurio-; la tendencia a considerar los recursos fiscales infinitos y, por tanto, creer que todos los males se curan con más recursos; la lucha soterrada entre los afortunados por acaparar proporciones cada día mayores de los presupuestos nacionales, departamentales y municipales; y, la actitud complaciente de ciertas autoridades, se presentan como una seria amenaza para la estabilidad política, social y económica del país. No dudo que para mis colegas economistas el futuro se muestra bastante complejo, pues poca audiencia tendrá entre las gentes las opiniones que se salgan del ofrecimiento oportunista de ríos de leche y miel. Sin partidos políticos serios y responsables de sus acciones, preocupados solamente por la mecánica politiquera y dispuestos a lograr el favor popular con el discurso fácil del populismo, no se puede aspirar a mucho. Si la sensatez y la seriedad vienen sufriendo en el país menoscabo permanente, cómo no será ahora que se presenta como fórmula de triunfo. Lo ocurrido en Bogotá, donde se dice impera el voto de opinión, la friolera de más de trescientos mil votos de diferencia entre el ganador y su contrincante -sin duda mejor preparado para el cargo- y el llamado fenómeno de última hora señor Vinasco Ch., demuestra con toda claridad que el palo no está para cucharas. Son ya demasiados electores los que apoyan al candidato que les ofrece las mayores utopías fraguadas al calor del debate y las sazona con buenas dosis de estímulos pecuniarios. Esto no lo digo por el ganador en la capital, pero ocurre en muchas zonas del país. Entonces, no nos equivoquemos: la carencia de educación política y de responsabilidad cívica es la nota predominante en el ambiente y con ese vacío no se puede construir nada. Dejarse hipotecar o hipotecar la conciencia, aduciendo para ello a la tremenda pobreza que campea por doquier, indica a propios y a extraños que bastante lejos estamos de calificarnos como una sociedad realmente guiada por principios y prácticas democráticas. Por enésima vez se ha demostrado que para hacer carrera política en Colombia no es indispensable estar bien preparados o tener experiencia en el desempeño de las tareas propias del cargo al que se aspira. Es suficiente el discurso sin contenido, eso sí, plagado de adjetivos; tener a su haber un escándalo o una violación de la ley; contar con un fuerte comité de aplausos dispuesto siempre a alentar con sus arengas a los ocasionales partidarios del ‘jefe’; por supuesto, disponer de un presupuesto abultado, en veces nutrido con dineros mal habidos; y un adecuado número de correligionarios ubicados estratégicamente en cargos públicos que apoyen la ‘noble’ causa. Para qué gastar tiempo en configurar programas, si no son escuchados por los futuros electores. Lo importante es tener un dispositivo de propaganda que venda al candidato como quien vende una crema dental o un desodorante barato. A eso se reduce la gestión política de muchos mal llamados dirigentes. Por eso lo que viene no es fácil. Gabriel Rosas Vega Ex ministro de Agricultura Si la sensatez y la seriedad vienen sufriendo en el país menoscabo permanente, cómo no será ahora que se presenta como fórmula de triunfo”.

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