La Villa de San Diego de Ubaté

Más allá de los hechos milagrosos y místicos, Ubaté tiene sus méritos artísticos.

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mayo 19 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-05-19

En este pueblo nació, en 1895, el gran músico Alberto Urdaneta, recordado como compositor de la música de la célebre 'Guabina chiquinquireña', interpretada aquí por primera vez en 1925.

Este pueblo del norte de Cundinamarca, además del valor de su paisaje, tiene un pasado histórico, religioso y artístico.

Por el boquerón de Tausa ha pasado -desde siempre- el camino que une a la Sabana de Bogotá con el Valle de Ubaté. Pero incluso antes de que Jiménez de Quesada entregara estas tierras al encomendero Antonio Bermúdez, y empezara nuestra versión españolizada de la historia, ya habían ocurrido aquí hechos que contar.

En 1490 se habían enfrentado en este boquerón estratégico los ejércitos del zipa Nemequene con los del cacique Ebaté (cuyo nombre se convertiría luego en el de Ubaté). Fue ésta una victoria territorial de los zipas del actual Bogotá sobre los zaques de Hunza (luego Tunja) que -curiosamente- aún hoy se refleja en el lindero entre los departamentos de Cundinamarca y Boyacá.

Fueron también estos mismos peñascos de Tausa, a mitad de camino entre Zipaquirá y Ubaté, los que escogieron como refugio los muiscas rebeldes en 1541, en el más grande de los alzamientos de los chibchas contra el dominio español. Fue muy tarde ya cuando los indígenas comprendieron que esas alturas y esas piedras no los mantendrían a salvo de los españoles.

Un documento de la época, la 'requisitoria' que presentó Jerónimo Lebrón contra el militar Juan de Arévalo por lo que hoy llamaríamos crímenes de lesa humanidad, dice: "y así despeñados del dicho peñón como muertos a estocadas y cuchilladas, fue causa que muriesen allí tres o cuatro mil almas, chicos y grandes, hombres y mujeres y niños".

Esas piedras enormes de origen glacial tenían un sentido místico para los indígenas mucho antes de estos hechos trágicos. Según las creencias muiscas Fu, la deidad del mal, dormía durante el día en la contigua laguna de Fúquene, mientras que en las noches se escuchaban sus bramidos entre los desfiladeros y los peñascos que bordean este valle de Ubaté.

Un día, ante la feroz acometida de los muzos, una etnia rival, los muiscas de la región decidieron invocar su ayuda. Fu escuchó la plegaria, y decidió cargar una piedra enorme para tapar con ella el boquerón, y con ello cortarles el camino a los muzos. Cuentan que las luces de la aurora espantaron a este dios de las tinieblas, que tuvo que soltar su pesada carga y emprender la fuga.

El monolito aquél, conocido como 'la piedra del diablo', está todavía allí como prueba de la fallida ayuda milagrosa, si es que así se puede llamar proviniendo del mismísimo demonio.

Si la acción divina de este dios muisca está hoy casi olvidada, no pasa los mismo con otro milagro que habría de ocurrir unos años después de la fundación del 'pueblo de indios' por el licenciado Bernardino de Albornoz, fiscal de la Real Audiencia, fundación que tuvo lugar en 1592.

El relato de los hechos ocurridos en la iglesia parroquial del tranquilo pueblo de Ubaté fueron narrados por el cura doctrinero fray Rafael de la Serna en 1650 en un documento que lleva por breve título 'Relación histórica de la renovación prodigiosa de la devota imagen del Jesús Crucificado que se venera en la Santa Iglesia de la Villa de Ubaté. El solo título lo cuenta casi todo. Dice el cura De la Serna que un tal Diego de Tapia, hábil platero pero pésimo escultor, hizo una talla de madera en tamaño natural del Santo Cristo por allá en 1639.

Dadas las pobres condiciones estéticas de la escultura, y la falta de proporcionalidad en el cuerpo de Jesús, le fue asignado un lugar secundario del templo "porque fuese menos perceptible su imperfección y fealdad".

Por los días de Navidad de ese mismo año 1639, tres oficiales que hacían reparaciones en la iglesia notaron que había sudor en el rostro y pecho de la imagen. Dieron de ello aviso a dos sacerdotes -Francisco Verganzo y Martín Blazco- que, al limpiarlo, notaron no sólo que sus rasgos se perfeccionaban, sino que aparecían en ella los estigmas del martirio: sangre, heridas y cardenales que antes el Cristo no tenía.

En el proceso de evidencia, iniciado ante la Santa Sede en 1665, constan declaraciones de clérigos, de fieles y hasta del notario de la época. Sea como fuere, el papa Benedicto XIV autorizó en 1750 la creación de la Hermandad del Santo Cristo, y la fiesta religiosa tradicional, que se celebra aquí cada 6 de agosto.

Y fue precisamente un 6 de agosto -en 1921- cuando se bendijo la primera piedra del enorme templo gótico en donde hoy se halla entronizado el Santo Cristo milagroso.

Tomó 18 años más terminar esta 'basílica menor', que es hoy el principal orgullo de los ubateños. Junto, claro, con la fertilidad de sus tierras y su carácter de despensa agropecuaria, desde tiempos precolombinos.

Pero más allá de los hechos milagrosos y místicos, Ubaté tiene sus méritos artísticos. En este pueblo fue en donde nació, en 1895, el gran músico Alberto Urdaneta, recordado sobre todo como compositor de la música de la célebre Guabina chiquinquireña, interpretada aquí por primera vez en 1925.

En la muerte del maestro, en Madrid, España, en 1953, se presume que pudo haber una intención suicida. "La calma perdí, tengo enfermo el corazón" -parte de la letra de su guabina- pudieron haber sido sus últimos pensamientos.

Varios poetas se han inspirado en este fértil valle. Vale recordar al maestro Eduardo Carranza, que dijo en su Elegía de Ubaté: "esta es la patria de la frescura, del verdor, del silencio, y de las hojas verdes". Y describe sus muchas quebradas como: "riachuelos que entre hileras de sauces van regando el cielo por la tierra". Y cierro esta crónica con unos versos algo más profanos, que hacen parte del coplero popular:

"Anoche me confesé / con el cura de Ubaté / y de penitencia me puso / que durmiera con busté. / Adiós Susa y Simijaca, / adiós pueblo de Ubaté / adios Padre Santo Cristo / ¿hasta cuándo volveré?".

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