Cecilia López Montaño
Cecilia López Montaño

Por subestimar el cuidado

17 países de América Latina trabajan en la medición de la economía del cuidado, para incluirla en las cuentas nacionales y reconocer su aporte al PIB.

Cecilia López Montaño
Gobierno
POR:
Cecilia López Montaño
septiembre 12 de 2016
2016-09-12 09:17 a.m.
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Lo que acaba de suceder con las madres comunitarias, quienes ganaron una tutela que, según muchos, liquidaría el Instituto de Bienestar Familiar, pone sobre el tapete el tema de la economía del cuidado.

La historia, esa que se cree nunca cambia, le asignó a la mujer por el hecho de serlo, la responsabilidad de cuidar a los miembros de su familia y el hogar, sin reconocimiento y sin remuneración.

Era el modelo defendido, incluso, por un premio nobel de Economía como Gary Becker (1992): el de la mujer cuidadora y el hombre proveedor. Pero esa realidad ha cambiado sin que el mundo se haya tomado en serio las nuevas situaciones de una mujer proveedora, pero también cuidadora, y un hombre proveedor que toma muy poco del trabajo del cuidado.

En el mundo desarrollado, donde primero se empezó a medir lo que se denomina ‘la economía del cuidado’ –es decir, aquellas labores que realizan mayoritariamente las mujeres con sus familias y sus hogares, pero que las pueden hacer terceros–, resolvió parte de esta realidad con el Estado de Bienestar, hoy en pleno desmonte.

Pero nosotros, los países en desarrollo, que no hemos llegado a ese nivel, estamos empezando a poner el tema en la agenda del desarrollo, frente a una mirada de desconcierto de los hombres, aún dueños del poder.

Actualmente, 17 países de América Latina trabajan en la medición de la economía del cuidado, con el fin de incluirla en las cuentas nacionales, para que se reconozca su aporte a la economía de las naciones.

En el 2010, Colombia promulgó la Ley 1413, primera en América Latina, ordenando al Dane la medición, cada cinco años, de la economía del cuidado y que construyera la Cuenta Satélite.

Hoy, se sabe que este cuidado que hacen las mujeres, y pueden realizar terceros, representa el 19 por ciento del PIB, más que cualquier otro sector de la economía, incluyendo al financiero, cuyo aporte es del 18 por ciento.

El tema, ahora, es cómo, por lo menos parte de ese trabajo no remunerado, se distribuye entre el Estado y el mercado, y entra a ser parte de la economía del país.

Esta parte del cuidado sería responsabilidad del Estado para sectores pobres, y del mercado para sectores de mayores ingresos, y de otros miembros de la familia, hombres.

Quienes realicen labores de cuidado en el Estado o en el mercado no serían cuidadoras mal pagadas, como las madres comunitarias, sino trabajadores del cuidado –mujeres y hombres–, con las normas que cubren al resto de trabajadores.

Las llamadas ‘amas de casa’, liberadas de esa carga, podrían entrar al mercado laboral –sobre todo porque cada día están más educadas que los hombres–, ganar salarios, pagar por el cuidado que ofrece el mercado o recibirlo del Estado, si no tienen suficientes ingresos. Aumentaría el monto total de impuestos, habría más mujeres activas trabajando, lo que ayudaría incrementar el PIB y a resolver la financiación del sistema de pensiones.

Por ignorar esta posibilidad, por no reconocer el valor del cuidado en la vida económica y social del país, se inventaron las madres comunitarias, a las que les darían una beca porque no se les reconoció que eran trabajadoras, como todos los demás.

Resultado: mala calidad del cuidado a los niños, atendidos precariamente en estos hogares, porque el Estado nunca valoró la importancia del trabajo que ellas realizan.

Hoy, cuando el Gobierno se enfrenta a semejante problema, en billones de pesos, independientemente de la solución que se le encuentre, es el momento de replantear el tema del cuidado en la agenda del desarrollo colombiano.

Esta es una hora crucial cuando la población del país envejece rápidamente, y, además del cuidado de los niños, de los enfermos crónicos, de las demandas de la población con limitaciones, se suman los adultos mayores, que a su vez, son cuidadores sin remuneración, pero que demandan gran cantidad de cuidado por parte de la sociedad.

La realidad de la doble o triple jornada de la mujer, o cambia por las buenas, –asumiendo la sociedad que tiene que reconocer el cuidado como una actividad productiva con remuneración, eficiente y de calidad, que debe realizar el Estado o el mercado–, o por las malas, deteriorando la ya pobre calidad del cuidado de niños y de toda la población que lo requiere.

No se trata, ni mucho menos, de pagarle a las amas de casa, por favor. Por el contrario, lo que se busca es que las mujeres que puedan y quieran, tomen, como los hombres, la decisión libre de quedarse en el hogar o salir al mercado de trabajo.

Se trata de que el cuidado, específicamente la economía del cuidado, entre a ser parte del flujo económico. El modelo de mujer exclusivamente cuidadora y hombre solo proveedor pasó a la historia, y los Estados machistas no lo quieren reconocer.

Las mujeres del mundo se han cansado de subsidiar la economía y al resto de la sociedad con su intenso trabajo de cuidado, que todo el mundo sigue dando por sentado.

¿Para que se educó, entonces? ¿Para cocinar, lavar platos, atender a su familia y cuidar su hogar de manera más eficaz? Para los economistas: eso significa una manera ineficiente de asignación de recursos. ¿Será que así lo podrán entender los hombres bien cuidados de nuestra sociedad?

Exministra y exsenadora

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