La construcción de paz en Colombia

Se debe hacer con esmero y poco a poco por todos los sectores de la sociedad.

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Economía
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Portafolio
septiembre 30 de 2016 - 02:24 p.m.
2016-09-30

Las guerras civiles pueden poner fin a la violencia política endémica en una sociedad. Sin embargo, la violencia puede volver a surgir de manera previsible y de nuevas maneras si la implementación de los acuerdos de paz no se maneja con cuidado y monitoreada enérgicamente por la sociedad civil.

Los especialistas llaman a esta fase de posacuerdo o ‘construcción de la paz’, ya que es de sentido común que la paz –una condición que incluye la política no violenta, el respeto de los derechos humanos y del Estado de derecho, y una vibrante e inclusiva sociedad civil– no se alcanza con la sola firma de los acuerdos. Debe ser construida con esmero y poco a poco por todos los sectores de la sociedad, y no solo por los antiguos armados.

Colombia puede aprender valiosas lecciones de los procesos de paz en todo el mundo. Los primeros cinco años son críticos. Ahí es cuando la mayor parte de las tareas de ejecución inmediata deben llevarse a cabo. Los acuerdos políticos (un fin formal de las hostilidades y la legalización de la insurgencia como un actor político) deben estar unidos por pactos de seguridad: desarme, desmovilización de combatientes y su reinserción en la sociedad.

Pero estos deben estar unidos por la elaboración de nuevas normas sociales. La búsqueda de venganza frente a las injusticias cometidas por todas las partes durante el conflicto armado debe dar paso a dos cosas: un abandono real de la violencia como instrumento de la política por los actores armados y la voluntad de perdonar de la sociedad en general.

Esto no es solo porque la reconciliación es un bien moral. Se debe a que, sin reconciliación, un país nunca se recupera por completo de una guerra civil: la venganza por lo general solo perpetúa los ciclos de violencia.

Las formas de reconciliación pueden variar de un país a otro, pero, en general, deben combinar algunos aspectos de responsabilidad penal (las partes deben reconocer sus actos y parar las peores atrocidades) y decir la verdad para que la sociedad civil no sienta que la memoria del sufrimiento va a ser borrada políticamente (Colombia notablemente ya ha realizado una amplia búsqueda de la verdad, incluso antes de que los acuerdos actuales sean firmados).

Para numerosos países, algún tipo de perdón –amnistía– es un tercer componente requerido a cambio de la verdad y el compromiso de ejercer una política no violenta. Es el precio a pagar para prevenir la recurrencia de un estado de guerra.

El proceso de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica hasta la fecha es el ejemplo más eficaz de un país en transición que encontró una manera de equilibrar la rendición de cuentas, el perdón y la reintegración.

Más allá de estas medidas, se convertirá en esencial para Colombia para evitar ser víctima de nuevos tipos de violencia: el final de una guerra a menudo deja a los combatientes sin ninguna profesión y la sociedad se inunda con sus armas. La pequeña delincuencia da paso al crimen organizado y jóvenes descontentos buscan significado y pertenencia en una nueva cultura del crimen alimentada por el escaso acceso a los puestos de trabajo y la educación, el acceso fácil a las armas y el corrosivo efecto de estar acostumbrado a la violencia como una ‘moneda’ social.

El desenfreno de pandillas posguerra en El Salvador y Guatemala, entre muchos otros casos, ilustra lo fácil que es para una sociedad sufrir a través de nuevas formas de violencia criminal, incluso después de que termina una guerra civil.

Las guerras que duran tanto, como la de Colombia, pueden habituar a una población al miedo y al terror, lo que erosiona la confianza social y evita que las personas alcancen su pleno potencial.

El terror y el pánico causan que una sociedad pierda la fe en el Estado y en la oposición cuando ninguno es capaz de proporcionar seguridad, garantizar los derechos, defender el Estado de derecho o crear oportunidades para el desarrollo humano. Así que la sociedad civil tiene que aprender nuevos comportamientos de cooperación integrada al mismo tiempo que el Gobierno y la oposición necesitan trabajar duro para recuperar la fe de la población con escrupuloso respeto a los términos y el espíritu de los acuerdos.

El objetivo de un proceso de paz no puede, por desgracia, ser una paz perfecta con una justicia perfecta. Tiene que ser imperfecta, defectuosa, pero con justicia humana. Eso, sin duda, deja a algunas personas insatisfechas.

El inminente referéndum de los acuerdos de paz es una oportunidad para que los líderes de la sociedad civil, el Gobierno y las Farc se reúnan a hablar con una sola voz, pidiendo el apoyo popular para la visión que ofrecen del proceso de paz.

Dado que la alternativa a este proceso es una renovada violencia, las guerras civiles siempre ponen a la población civil en el fuego cruzado, la elección estratégica por la paz requiere valor, una respiración profunda colectiva y una pausa de reflexión para la población.

La paz siempre es frágil e incierta, casi nunca es completa o eterna. Sin embargo, es preferible a la certeza del derramamiento de sangre, a la solidez y la interminable espiral de venganza que impiden a una sociedad de alcanzar su máximo potencial.

Es de esperar que los colombianos encuentren nuevas formas de diálogo acerca de las inevitables diferencias que surgen durante la construcción de la paz, en lugar de demonizarse entre sí o pedir un retorno a la violencia. La paz debe ser construida por todos, no simplemente exigida o esperada.

Anthony Wanis-St. John
Profesor de American University