Hasta usuarios de la salud ‘cargan’ la mala fama de la corrupción

Según una encuesta, la percepción negativa pesa sobre alcaldías (88%), gobernaciones (85%), hospitales públicos 80% y las EPS (76).

Salud en Colombia

La corrupción se expresa en actos tan cotidianos como saltarse una fila.

Archivo/Alexis Múnera

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enero 18 de 2018 - 09:30 p.m.
2018-01-18

Ninguno de los actores del sistema de salud, desde el Gobierno hasta el personal asistencial y los propios usuarios, se salvan de tener algún nivel de imagen como corruptos ante el común de los colombianos.

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Esa fue una revelación que impresionó a Grupo de Economía de la Salud de la Universidad de Antioquia (GES), que realizó el ‘Estudio de caracterización de riesgos de corrupción y opacidad en el sistema de salud colombiano’. Parte central de la metodología fue una encuesta aplicada a 3.215 personas mayores de 18 años (1.442 mediante un formulario que se difundió en redes sociales y 1.773 dirigidas por encuestadores en sitios públicos de Bogotá, Cartagena, Medellín, Pasto y Tunja, así como en tres ciudades intermedias. Esto se hizo en el marco del Proyecto Anticorrupción y Transparencia que financia la Unión Europea.

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Según Jairo Humberto Restrepo, director del GES, los sorprendió aún más que esa mala fama está en niveles medio o alto. En esos rangos ubica la gente a agentes del sistema de salud, tanto en la esfera central como regional. Para las alcaldías fue del 88%, gobernaciones 85%, secretarías de salud 87%, hospitales públicos 80% y EPS 76%.

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Restrepo explicó que “la corrupción es con todos” y que, pese a que normalmente la asociamos a grandes escándalos como el de los políticos que usan su poder para pedir ‘mordidas’, está presente también en actos tan cotidianos como saltarse una fila en la EPS, el favoritismo de un funcionario con sus allegados para otorgarles un campo en la agenda del médico, o en galenos que formulan medicamentos influenciados por los favores que reciben de un determinado laboratorio.

Lo encontrado está en consonancia con el Barómetro Global de la Corrupción de Transparencia Internacional, que ubicó a Colombia en el 2016 en el puesto 90 entre 168 países, siendo uno de los veinte del mundo en donde la percepción de la corrupción en el sector salud es muy alta (63%). Y aparentemente es un mal endémico, según resalta Restrepo, quien recuerda que desde el 2001 esa posición no muestra mejoras, “manteniéndose en un nivel medio-alto entre los países ordenados desde el menos corrupto hasta el más corrupto”. En el contexto latioamericano, Colombia es superado por 13 naciones menos corruptas.

MITO Y REALIDAD


El segundo gran hallazgo es que, al parecer no existe una brecha tan pronunciada entre el imaginario social y la realidad, pues muchas veces se le atribuye la mala imagen a factores como la manera como los medios de comunicación reproducen las informaciones. Restrepo señaló que cuando a las personas se les preguntó por su parecer frente a la corrupción y luego se les indagó por experiencias en las cuales han sido testigos de estos actos irregulares, la diferencia no es sustancial.

Se trata de prácticas que han alcanzado un grado importante de aceptación social. De hecho, solo el 19% dijo que existe cero tolerancia a la corrupción, mientras que el 47% aseguró que el fenómeno es muy aceptado y hay un 34% que lo justifica en casos aislados, bien porque resuelven una necesidad de las personas o por su bajo monto.

“El ‘todo vale’ es una cultura que se ha ido entronizando en este país y la gente está convencida de que cuando no se hace algo indebido la persona es boba. Por ejemplo, si no saca beneficio de un cargo donde puede sacar provecho y, en cambio hace las cosas bien”, les dijo un participante en Pasto.

El 65% adhirió total o parcialmente cuando se les puso frente a la expresión de que “la corrupción hace parte de la cultura de los colombianos”. Pero en esa aceptación social se advirtieron variaciones según la edad: los más jóvenes piensan que la corrupción tiene cierta aceptación social y los mayores, que “es muy aceptada”.

Pero cuando los confrontaron con relación a los beneficios que trae la misma, las personas tomaron distancia. Así, cuando les interrogaron acerca de qué pensaban frente a afirmaciones como “la corrupción es necesaria para mantener a los políticos y al Gobierno”, o “la corrupción facilita que el sistema de salud resuelva las necesidades de la gente”, la respuesta mayoritaria fue “no estoy de acuerdo” (74% y 82%, respectivamente).

“Al tiempo que se juzga a la sociedad por aceptar la corrupción, se asume un rechazo del fenómeno como medio para obtener beneficios, incluso sociales”, resalta el informe.

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