Los políticos y usuarios deben actuar para salvar Internet

Las últimas revelaciones sobre la manipulación de datos de Cambridge Analytica muestran cómo una fuente de información maravillosa se está convirtiendo en un pantano cibernético.

Redes sociales

Utilizaron datos de 50 millones de usuarios. 123RF

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John Thornhill
marzo 23 de 2018 - 07:13 p.m.
2018-03-23

El presidente Mao nos enseñó que “el poder político crece en el cañón de un arma de fuego”. Actualmente, se podría derivar del clic de un ratón.

Las últimas revelaciones publicadas en The Observer y The New York Times sobre el rol de Cambridge Analytica en la piratería de las elecciones presidenciales de 2016 en EE. UU. iluminan implacablemente el abuso potencial de la propaganda computacional y la manipulación masiva.

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Al presuntamente acceder a los perfiles de 50 millones de usuarios de Facebook, la empresa de minería de datos pudo detectar las preferencias políticas de los votantes estadounidenses y así dirigirles mensajes personalizados en beneficio del candidato republicano Donald Trump.

“Estás susurrando al oído de todos y cada uno de los votantes”, dijo Christopher Wylie, un científico de datos quien reveló las operaciones de Cambridge Analytica. Eso permitió que los actores políticos pudieran susurrar mensajes diferentes en diferentes oídos. “Si no tenemos una comprensión compartida, ¿cómo podemos ser una sociedad funcional?”, preguntó.

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Todo esto ha confirmado una vez más que estamos convirtiendo la maravillosa fuente de información que es el internet en un pantano cibernético, donde los troles rusos, los terroristas islamistas y los cabilderos corporativos y políticos difunden la discordia, la propaganda y las mentiras.

Está claro que los datos extraídos de nuestros dispositivos conectados se pueden usar fácilmente para deducir nuestra orientación política. Entonces queda claro que quien pueda acceder a esos datos, controlará la tecnología política más poderosa jamás creada. Parte del problema es que tanto la superestructura informativa como la infraestructura de datos de nuestra época están en manos de las llamadas superpotencias privadas, como Facebook y Google, que nunca han reconocido plenamente sus responsabilidades, y que aún menos las han cumplido.

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Poco después de las elecciones presidenciales de 2016, Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Facebook, dijo que la idea de que su empresa pudiera haber afectado el resultado de las elecciones era “una locura”. Ahora sabemos la verdad e incluso el Zuckerberg se ha retractado.

En su mensaje reciente sobre el estado de la World Wide Web que creó hace 29 años, Sir Tim Berners-Lee señaló que las plataformas tecnológicas dominantes actúan como guardianes del acceso a la información, que controlan qué opiniones e ideas se ven y se comparten en todo el mundo. Pero estas compañías han sido creadas para maximizar ganancias en lugar de optimizar el bien social.

Su negocio es fomentar clics que generen publicidad en lugar de difundir contenido que mejore la democracia.

Si las fuerzas del mercado no van a obligar a estas compañías a reorientar sus objetivos, entonces podemos pedirles a los gobiernos que lo hagan, particularmente en Europa.

El gobierno alemán ya implementó una ley que impone fuertes multas a las plataformas que no eliminan contenido ilegal con suficiente rapidez.

En mayo, los 28 países miembros de la UE adoptarán el Reglamento General de Protección de Datos, que limita la explotación de datos personales. La opción nuclear sería reclasificar tales plataformas como editores, haciéndolos responsables del contenido que difunden al igual que los periódicos o emisoras televisivas.

Pero antes de echarles toda la culpa a las plataformas, debemos examinar nuestra complicidad colectiva también.

Los humanos somos más responsables que los bots de avivar noticias falsas y aumentar el valor de mercado de las mentiras. Un estudio reciente, publicado en Science, encontró que los usuarios de carne y hueso difundían las noticias falsas con mayor entusiasmo porque eran más novedosas o porque provocaban respuestas emocionales más fuertes, como sorpresa, disgusto o miedo.

En un estudio de miles de ‘cascadas de información’ en Twitter entre 2006 y 2017, los investigadores encontraron que la ‘verdad’ se tardó seis veces más en alcanzar a 1.500 personas que la ‘falsedad’.

Los autores del estudio distinguieron entre las noticias ‘dudosas’, definidas como cualquier tipo de información que no era del agrado de un político, y las noticias falsas que eran demostrablemente inexactas. La distinción entre noticias verdaderas y las noticias falsas fue elaborada por seis organizaciones independientes de verificación de hechos.

“Descubrimos que la falsedad se difunde significativamente más lejos, más rápidamente, más profundamente y más ampliamente que la verdad”, concluyó el deprimente estudio.
Todos degradamos el valor de la verdad cada vez que volvemos a publicar noticias falsas.

Pero indudablemente ayudaría si los algoritmos estuvieran diseñados para funcionar para fomentar nuestros intereses sociales más amplios, en lugar de trabajar en contra de ellos. Si queremos evitar que nuestras sociedades se fragmenten, nuestra política se polarice y el valor de la razón y la evidencia se devalúen aún más, entonces todos debemos luchar por una fuente de información más libre, más justa y más responsable.

Sir Tim tiene razón: tenemos que reinventar el internet.

John Thornhill

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