Rodolfo Segovia S.
COLUMNISTA

Espía y receptor

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
junio 23 de 2016
2016-06-23 09:09 p.m.
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Para descansar de paz, mejor pasarse al béisbol.

Grandes figuras como ‘Babe’ Ruth y ‘Lou’ Gehrig quedaron atónitas al enterarse de que el mediocre receptor Morris ‘Moe’ Berg acompañaría a un equipo de estrellas a un tour por el Japón, donde en 1937 ya se enloquecían con la pelota caliente. Pero ‘Moe’ no era un jugador cualquiera. De hecho, el legendario Casey Stangel dijo alguna vez que era el pelotero más extraño en pasearse jamás por el diamante. Y tenía razón.

Berg amaba el béisbol. Había aprendido griego, latín y francés en la secundaria, y luego, español, italiano, alemán y sánscrito, al graduarse magna cm laude de Princeton. En la Sorbona y en la Escuela de Leyes de la Universidad de Columbia añadió japonés, chino, coreano, urdu, árabe, portugués y húngaro. En total, hablaba 15 lenguas, aparte de numerosos dialectos regionales.

Y sí, estuvo en varios partidos como catcher suplente, pero su misión en el Japón era otra: ser espía de la Organización de Servicios Estratégicos, predecesora de la CIA.

Una vez en Tokio, visitó en kimono el Hospital San Lucas, el edificio más alto de la ciudad, para ostensiblemente llevar flores a la hija enferma del embajador. Pasó más tiempo en la azotea tomando fotos de la bahía, de las instalaciones militares, de las vías ferroviarias, etc. Las usó el general Doolittle para su espectacular bombardeo, más sicológico que efectivo, en abril de 1942, apenas cuatro meses después de Pearl Harbor.
Desde el dugout, ‘Moe’ locutoriaba el juego en japonés.

Durante la II Guerra Mundial, se lanzó en paracaídas en Yugoslavia por orden de Winston Churchill para establecer en terreno qué movimiento de resistencia contra los nazis debían apoyar los aliados. Optó por el mariscal ‘Tito’. En Noruega, desembarcó subrepticiamente y con los patriotas localizó la planta de agua pesada, vital para la fabricación de bombas atómicas. Las indicaciones sirvieron para que la Real Fuerza Aérea Británica arrasara las instalaciones y retardara los planes nazis.

En otra misión atómica, Berg, código Remus, fue enviado a Suiza para determinar qué tan cerca estaban los alemanes de la bomba y, por ende, de ganar la guerra. Debía atender una conferencia del físico Werner Heisenberg, formulador del principio de la incertidumbre y premio nobel. Engañó a los guardias de la SS y se introdujo en el auditorio como un estudiante suizo candidato al Ph. D. Portaba una pistola y una píldora de cianuro. Su objetivo: asesinar al científico clave si los nazis estaban cerca de armarla y luego, suicidarse. ‘Moe’, en primera fila, consideró que no lo estaban, felicitó a Heisenberg por su charla y lo acompañó de vuelta al hotel. Cuando Roosevelt leyó el informe envió un saludo especial al catcher.

Se sabe que don Sancho Jimeno jugaba una especie de pelota caliente con bates de ramas de abeto en Vizcaya, pero solo estuvo cerca del espionaje cuando en 1697 avizoraba las velas piratas en el horizonte mientras que navegaba hacia Bocachica. ‘Moe’, en cambio, recibió después de la guerra la Medal of Freedom, el más alto honor que se le concede a un civil en tiempos de beligerancia. Él no la aceptó con el argumento de que no podía contar sus aventuras, todavía clasificadas. A su muerte, la recibió su hermana y hoy la puede ver el público en el Salón de la Fama del béisbol en Cooperstown.

Como jugador, el catcher nunca estuvo ni cerca de que lo eligieran.

En la década de los treinta del siglo pasado, las monas coleccionables de los beisbolistas venían en los paquetes de chicle bomba. La de ‘Moe’, vestido de receptor, se exhibe en la comandancia de la CIA en Langley.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@sillar.com.co

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