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Alemania confirma la tendencia populista

Los avances electorales de la extrema derecha en el país demuestran que este ya no es inmune al ‘virus’ que se ha venido propagando en todo el mundo.

Merkel

Angela Merkel ejecutará un cuarto mandato.

EFE

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septiembre 29 de 2017 - 06:55 p.m.
2017-09-29

Durante el último año, mientras el huracán del populismo político sacudía Occidente, Alemania permaneció como una isla de calma, mientras que EE. UU. eligió a Donald Trump, Gran Bretaña se abalanzó hacia el Brexit, François Hollande era tan impopular que incluso no se postuló para reelección en Francia.

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Por el contrario, Angela Merkel, serenamente se presentó para un cuarto mandato como canciller de Alemania. Entre las grandes naciones occidentales, sólo Alemania parecía tener un liderazgo fuerte y estable.

(Lea: La señora Merkel

Las elecciones del pasado fin de semana le aseguran efectivamente a Merkel otro mandato. Pero la otra noticia, menos reconfortante, es que Alemania ha perdido su inmunidad contra el iracundo populismo.

Eso tiene graves implicaciones para la capacidad de la canciller alemana de desempeñar el rol de ‘líder del mundo occidental’, un cargo que muchos le otorgaron después de la elección de Trump.

La gran noticia de la elección alemana es claramente el ascenso de la derecha nacionalista, que a través de Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán), obtuvo más del 13% de los votos, convirtiéndose en el tercer bloque más grande del parlamento con más de 90 diputados.

Sigmar Gabriel, ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, ha argumentado que con el partido AfD en el parlamento “habrá verdaderos nazis en el Reichstag alemán por primera vez desde el final de la segunda guerra mundial”.

La mayoría de los analistas no van tan lejos. Pero otros políticos de extrema derecha en Europa ciertamente consideran a AfD como un partido hermano. Marine Le Pen, líder del Frente Nacional de Francia, se apresuró a felicitarles por su éxito electoral.

El surgimiento de la AfD es parte de una mayor contracción del centro político. Los principales partidos centristas — los partidarios demócrata-cristianos de la Canciller y los socialdemócratas de centro-izquierda — obtuvieron los peores resultados desde 1949.

El partido de extrema izquierda, Die Linke, obtuvo un poco más del 9% de los votos, por lo que más de uno de cada cinco alemanes votaron por partidos populistas y antisistema.

Ese nivel de apoyo populista sigue siendo inferior a la proporción sustancial de votantes (cerca del 50% en cada caso) que eligió a Trump, optó por el Brexit y apoyó a candidatos de extrema derecha o de extrema izquierda en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia.

Pero la fuerte demostración de los populistas, y en particular la AfD, pone fin a la esperanza de que, dada su historia, Alemania es inmune al extremismo. Por el contrario, muchos analistas fueron sacudidos por la subyacente corriente de furia antisistema revelada por la campaña electoral. En muchos de sus mítines, los discursos de Merkel fueron ahogados por zumbidos y silbidos, algo nuevo en la política alemana.

Con el paso del tiempo, la AfD se ha vuelto cada vez más radical. El grupo surgió originalmente como un ‘partido de profesores’ de intelectuales conservadores enojados por la participación de Alemania en rescates de la eurozona.

Pero la crisis de refugiados de 2015, en la que más de 1 millón de solicitantes de asilo, en su mayoría musulmanes, entraron en Alemania, le dio a la AfD la oportunidad de replantearse como un partido antiinmigración.

Más recientemente, la AfD comenzó a jugar con el material más incendiario de la política alemana: la historia nazi del país. Alexander Gauland, colíder del partido, ha dicho que los alemanes tienen el derecho de estar orgullosos de sus soldados en ambas guerras mundiales. En correos electrónicos filtrados, Alice Weidel, la otra candidata principal de la AfD, llamó al Gobierno alemán “títere de los poderes victoriosos de la segunda guerra mundial”.

La presencia de un partido nacionalista de derecha en el Bundestag cambiará el tono de la política alemana. También podría complicar la forma en que el país interactúa con el resto de Europa, presionando al Gobierno a tomar posturas más nacionalistas.

Alemania ya tiene relaciones muy difíciles con Turquía y Polonia. Recep Tayyip Erdogan, presidente turco, ha acusado al Gobierno alemán de “prácticas nazis” por bloquear las manifestaciones políticas turcas en suelo alemán. El Ministro de Relaciones Exteriores de Polonia ha sugerido que Alemania debe pagar a su país hasta US$1 billón en reparaciones por la segunda guerra mundial.

Hacer oídos sordos a los insultos del extranjero se hará más difícil con un bloque nacionalista en el parlamento exigiendo que el Gobierno defienda a Alemania. Esto también plantea el peligro de que las relaciones entre las naciones europeas adquieran un tono cada vez más áspero.

Las esperanzas de una integración europea más profunda para contrarrestar la marea nacionalista y mejorar el funcionamiento de la UE también pueden quedar suspendidas. El Gobierno francés esperaba que, tras su reelección, Merkel tomaría pasos más audaces hacia la integración de la eurozona. El nuevo panorama político en Alemania hará más difícil que la mandataria pueda responder positivamente a las propuestas francesas.

El aumento del populismo resalta el hecho de que muchos trabajadores alemanes sienten que sus niveles de vida han sido afectados, lo que hace más difícil defender el caso por la generosidad hacia el sur de Europa. La necesidad de incorporar a los Free Democrats (FDP) en una nueva coalición gobernante también hará que las concesiones a Francia sean difíciles. El FDP, que alguna vez fue campeón de la integración europea, es ahora un partido euroescéptico.

Un cuarto mandato es un triunfo personal para Merkel. Pero ha pagado un precio caro por sus políticas sobre refugiados y el euro. Alemania ahora se parece más a un país occidental ‘normal’. Y eso, irónicamente, no es una razón para celebrar.

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