América Latina, sin muchas razones para el optimismo

Pasó de ser la región de mostrar durante la crisis financiera mundial a ser una más. Analistas piden relanzar los esquemas de integración.

Canal de Panamá

La ampliación del canal de Panamá fue uno de los pocos hechos positivos el año pasado en la región.

Reuters

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enero 18 de 2017 - 09:57 p.m.
2017-01-18

Hubo una época no muy lejana en la que América Latina era considerada un ejemplo en Davos. Justo cuando Europa sintió el coletazo de la crisis financiera internacional y la recesión se instaló en el Viejo Continente a comienzos de esta década, la región fue mostrada por los expertos como un caso de estabilidad y buen manejo.

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Ese momento pertenece al pasado. Ahora el interés es mucho menor que antes, entre otras razones porque hay más preguntas que respuestas. La paz en Colombia es uno de los pocos motivos de esperanza, algo que le valió al presidente Juan Manuel Santos ser recipiente del premio al ‘Estadista Global’, durante una ceremonia que tuvo lugar en el auditorio principal de Centro de Congresos de la pequeña población suiza.

Pero aparte de ese caso, no hay muchas razones para mirar el presente con optimismo. Tal como señaló el secretario general de la Ocde, el mexicano Ángel Gurría, “lo hicimos muy bien durante la crisis pero una vez superada la emergencia el balance es muy pobre”.

Las estadísticas así lo confirman. El Producto Interno Bruto latinoamericano cayó por segundo año consecutivo en el 2016, lo cual no sucedía desde la explosión de la bomba de la deuda externa en la década de los ochenta. Cuando la cuenta considera el ingreso por habitante, el retroceso viene desde el 2014. Aunque no hay datos recientes, todo apunta a que los índices de pobreza volvieron a subir, reversando parte de un avance significativo.

La lista de pendientes es enorme. Desigualdad, informalidad, baja productividad e inclusión social forman parte de la realidad regional, desde el sur del Río Grande hasta Tierra del Fuego.

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Como si lo anterior no fuera suficiente, el esfuerzo en materia de innovación es muy bajo y hay una gran frustración de los ciudadanos ante la debilidad institucional que permite la presencia de la corrupción.

“Lejos de aumentar, la integración comercial da marcha atrás”, dice Alicia Bárcena quien encabeza a la Cepal. “Mientras a comienzos del siglo el intercambio intrarregional representaba el 19 por ciento del total, ahora es el 16 por ciento, que es uno de los más bajos del mundo”, precisa la funcionaria de la ONU.

Parte de las dificultades vienen de la falta de una buena oferta exportadora, que vaya más allá de la venta de bienes primarios. El profesor de la Universidad de Harvard, Ricardo Hausmann no duda en decir que brillan por su ausencia las políticas orientadas a ofrecerle más bienes y servicios al resto del planeta, con excepciones como la de Panamá que se ha concentrado en los servicios.

A su vez, el analista Moisés Naím subraya que hay cierta circularidad cuando se habla de América Latina, pues los retos por solucionar parecen ser siempre los mismos. “Es indudable que hay que mejorar la calidad de las instituciones, pero nadie parece saber con exactitud lo que eso significa”, agrega.

Para completar el panorama, la sombra de Donald Trump y sus posibles medidas proteccionistas se cierne sobre el futuro. Un impuesto a las importaciones golpearía a todos los socios estadounidenses pero se sentiría con mayor fortaleza en el que se ha descrito como el patio trasero.

No todo es malo, por supuesto. Aunque la situación dista de ser la mejor, los indicadores muestran avances en cobertura educativa y de los servicios de salud. Para el sector privado, un mercado de más de 600 millones de consumidores es atractivo, como lo demuestran flujos de inversión extranjera directa que deberían superar los 100.000 millones de dólares el año pasado.

El presidente del BID, Luis Alberto Moreno, sostiene que “esta debería ser la oportunidad para volver a tender puentes”. De hecho, la Alianza del Pacífico -de la que forman parte Chile, Perú, Colombia y México- es vista todavía con un gran entusiasmo. Al respecto, Hausmann pidió que el esquema de integración profunda sea relanzado, ojalá con la presencia de nuevos socios.

Lamentablemente, la ausencia de liderazgo es evidente. En lo que atañe a líderes políticos, más de uno extrañó en Davos la presencia de mandatarios latinoamericanos, con excepción de Santos y el presidente de Paraguay, Horacio Cartes.

El año pasado Argentina despertó una gran expectativa, pero ahora su presencia se redujo de manera fundamental. Brasil tampoco envió una gran delegación, mientras que la mayoría de los mexicanos cancelaron su viaje la semana pasada. Es verdad que en cuanto a empresarios el balance es mucho mejor, pues buena parte de las multilatinas importantes desplazaron ejecutivos a los Alpes.

Sin embargo, falta una narrativa política. Es posible que la expectativa que se abre ante el cambio de poder en Washington explique el silencio regional, aunque hay que reconocer que la mayoría de los gobiernos pasan por una gran debilidad.

Basta con citar algunos nombres. Enrique Peña Nieto registra los índices más bajos de popularidad de cualquier presidente mexicano en años recientes; Michel Temer trata de mantenerse en el palacio de Planalto, mientras la justicia brasileña avanza en sus investigaciones contra la corrupción; Michelle Bachelet no ha conseguido que su favorabilidad mejore y los expertos sostienen que la derecha volverá al poder en Chile.

Mención aparte merece Venezuela, en donde existe una enorme crisis humanitaria ante la cual la región reacciona con una mezcla de silencio cómplice e indiferencia. La incompetencia de Nicolás Maduro y la revolución bolivariana para atender las necesidades de la población llega a nuevos máximos todos los meses, sin que los tímidos esfuerzos de algunas capitales logren hacer la diferencia. Esa es una razón adicional por la cual en Davos ya no somos el buen ejemplo que fuimos.

Ricardo Ávila Pinto
Director Portafolio