Antes de Trump, los ejecutivos ya se alejaban de la globalización

La retórica del presidente de ‘EE. UU. primero’ ha impulsado una tendencia que ya estaba en marcha.

Globalización

Las empresas de EE. UU. no han tenido acceso justo a muchos mercados durante un tiempo.

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junio 10 de 2017 - 12:25 p.m.
2017-06-10

Una empresa como 3M, la potencia manufacturera estadounidense, parecía hasta hace poco un modelo de la globalización. La compañía vende las notas adhesivas Post-it y otros famosos productos a nivel mundial.

De hecho, 60% de sus US$30.000 millones en ingresos, y el 40% de su fuerza laboral, se encuentran fuera de las costas estadounidenses.

Pero he aquí algo curioso: si le pides a Inge Thulin — el director Ejecutivo, nacido en Suecia, de 3M — que describa la estrategia corporativa hoy en día, él no habla de globalización. Más bien, él prefiere hablar de ‘localización’, y de los beneficios de operar en los poderosos Estados Unidos de América.

“Empleamos a más de 20.000 personas en el campo de la manufactura en EE. UU. y hemos ampliado esta cantidad en un 10% en los últimos cinco años”, comentó Thulin el mes pasado durante el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés) en Nueva York. “Nuestra estrategia ha cambiado. Si nos remontamos varios años, encontramos que existía una estrategia de producir en grandes instalaciones en ciertos lugares alrededor del mundo, y de enviar los productos a otros países. Pero actualmente tenemos una estrategia de localización y de regionalización. Creemos que se debe invertir en el mercado interno tanto como se pueda”.

Esta es una declaración que conduce a la reflexión, en particular porque se han escuchado a muchos otros ejecutivos repitiéndola en privado. Durante las últimas tres décadas, las multinacionales occidentales han estado externalizando la producción a lugares de bajo costo como China, creando cadenas de suministro globales. Pero actualmente, en lugar de celebrar el comercio ‘libre’, los ejecutivos estadounidenses están pidiendo un comercio ‘justo’, junto con ‘reciprocidad’ e ‘igualación’ de los acuerdos comerciales.

Se trata de un eufemismo que equivale a mejores términos para las empresas estadounidenses.

“Lo que es nuevo hoy en día es la conversación sobre el comercio”, observó recientemente Andrew Liveris, el director Ejecutivo de Dow Chemical. “Las empresas estadounidenses no han tenido acceso justo a muchos mercados durante un tiempo. Nos acostumbramos a eso… pero ya no más”. O como considera Thulin, “las cosas como el TLCAN están funcionando bien, pero pueden mejorarse; lo que queremos es un comercio justo”.

¿Refleja esto simplemente la nueva actitud de la Casa Blanca? Sí, en ciertos aspectos. Los líderes empresariales están tratando de congraciarse con la Casa Blanca — y tratando de evitar cualquier ataque por medio de tuits — alineándose con la retórica del presidente Donald Trump de “restaurar la grandeza de EE. UU.”.

Muchos también genuinamente acogen las promesas de reforma económica de Trump.
De hecho, cinco meses después de la inauguración, el apoyo del presidente por parte de los ejecutivos todavía parece sorprendentemente alto, independientemente de los interminables escándalos en torno a la Casa Blanca o del furor de esta semana relacionado con el acuerdo de París sobre cambio climático.

“El presidente Trump está a favor del crecimiento y está muy comprometido; esto es bueno desde la perspectiva de hacer negocios”,
argumentó Thulin, evocando de nuevo los sentimientos de otros directores ejecutivos.

Pero existe otro factor crucial detrás de este cambio lingüístico: cuando Trump comenzó a hablar sobre la restauración de la industria manufacturera estadounidense el año pasado, él no estaba nadando contra la corriente. Por el contrario, él aprovechó una sutil tendencia que ya estaba emergiendo.

Para entender esto, démosle un vistazo a una encuesta de empresas estadounidenses realizada por el Boston Consulting Group (BCG). Este estudio mostró hasta hace poco que las compañías estadounidenses estaban ocupadas construyendo cadenas de suministro transfronterizas: en 2012, el 30% declaró que China era el destino más probable para las inversiones de las compañías estadounidenses.

Pero en 2015, el BCG descubrió que se había producido un cambio: el 31% de las empresas planeaban aumentar la producción en Estados Unidos, pero sólo el 20% dijo lo mismo acerca de China.

Una de las razones de este cambio es el aumento de los costos salariales relativos en China. Otra es que los costos de producción en EE. UU. han disminuido debido a la automatización y a la disponibilidad de energía barata.

Sin embargo, una tercera razón es que los directores ejecutivos se han dado cuenta de que las largas cadenas de suministro generan riesgos políticos y logísticos. “La época de la externalización está en declive”, indicó Jeff Immelt, el director Ejecutivo de General Electric, a finales del año pasado. “Perseguir los costos laborales más bajos es un modelo anticuado”.

Ahora bien, esto no significa que personas como Thulin, Liveris o Immelt le estén dando la espalda al ‘globo’; en un mundo de “localización”, todavía existen incentivos para mantener la producción en el extranjero que sirva a los mercados extranjeros. Tampoco se debiera exagerar la velocidad de este cambio: es sutil y lento.

Pero el punto principal es el siguiente: incluso antes de que Trump llegara al poder, los altos directivos estaban perdiendo su fe ciega en la globalización. Para bien o para mal, nos enfrentamos a un mundo más localizado.

Y esa tendencia se debe tanto a los robots y a las tecnologías digitales como a cualquier instigador político, y probablemente también perdurará más allá de cualquier presidente.

Financial Times