China puede acabar con la manipulación de divisas

Los intereses de Beijing se están alineando con los de su rival estadounidense.

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En esta nueva realidad, países como China y Japón tienen más que perder por la manipulación de divisas.

EFE

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septiembre 14 de 2018 - 08:15 p.m.
2018-09-14

Donald Trump tiene cierta razón cuando se queja de los extranjeros que “nos estafan en el comercio”. Hay países que hacen exactamente eso. Pero mientras el presidente estadounidense persigue el fantasma de los aranceles y acuerdos comerciales, la verdadera práctica inescrupulosa es la manipulación de divisas.

En las décadas de 1990 y 2000, numerosos países - pero especialmente China - mantuvieron deprimidas sus monedas para obtener un gran superávit comercial. Esto se hizo a expensas de los déficits de EE.UU. (y del Reino Unido). Las acciones de los manipuladores de divisas aceleraron el declive de los fabricantes occidentales y contribuyeron a la crisis financiera de 2008.

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Algunos países aún manipulan sus monedas. Detenerlos sería una excelente forma de abordar los desequilibrios comerciales mundiales. El hecho de que Trump ha lanzado una ronda de guerras arancelarias sin sentido es doblemente desafortunado, porque existe una oportunidad dorada para forjar una nueva alianza contra la manipulación de la moneda, y acabar con esta práctica para siempre.

Hay una oportunidad para lograrlo porque los antiguos manipuladores más importantes, China y Japón, ya no deprecian sus monedas. Además, e independientemente de si se dan cuenta o no, los intereses fundamentales de estos gigantes del este de Asia han cambiado: ahora tienen más que perder de la manipulación monetaria de los demás que lo que podrían ganar por intervenciones propias. Es un momento oportuno para el cambio.

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Según Joseph Gagnon y Tessa Morrison del Peterson Institute, siete países exportadores que no exportan recursos cumplieron con sus criterios para la intervención cambiaria entre 2015 y 2017: Suiza, Macao, Singapur, Hong Kong, Taiwán, Israel y Tailandia. Corea y Suecia intervinieron a niveles ligeramente inferiores a su punto límite. Brad Setser, del Consejo de Relaciones Exteriores, sugiere que Vietnam también debe estar en la lista. La forma precisa de la intervención varía de un país a otro, pero el resultado es el mismo.

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Algunos de estos países tienen superávits de cuenta corriente verdaderamente enormes. Según el FMI, Taiwán tenía un superávit del 14,5 por ciento del producto interno bruto en 2017. El superávit de Singapur era del 18,8 por ciento. En Tailandia era del 10,6 por ciento. Semejantes cifras son totalmente injustificadas y, de forma colectiva, estos países son importantes. Sus excedentes representan déficits para otros países.

Un país que ya no está en la lista de nadie es China. Durante la década de 2000, Beijing manipuló el renminbi a una escala épica, pero en 2015 estaba vendiendo reservas extranjeras para frenar las salidas de capital y sostener su moneda. El renminbi ha caído este año conforme Trump aumenta las tarifas, pero la evidencia sugiere que eso se debe a las presiones del mercado, no a la intervención.

¿Podría China volver a recurrir a la manipulación de la moneda a gran escala en el futuro? Parece poco probable. China es ahora una poderosa potencia económica, demasiado grande como para implementar fácilmente un tipo de cambio fijo. Hacerlo podría provocar una fuga de capitales; detener la fuga de capitales implicaría imponer nuevos controles de capital. La devaluación podría ser una forma tentadora de tomar represalias contra Trump, pero ya no beneficiaría a China a largo plazo.

La manipulación de divisas tampoco beneficia a Japón. Tokio a veces amenaza con debilitar el yen, pero sería mejor para el país renunciar por completo a esta medida. Como el acreedor más grande del mundo, con una población que envejece rápidamente, Japón tiene poco que ganar al abaratar de forma artificial sus exportaciones.

Tanto Japón como China aún tienen superávits por cuenta corriente. Pero si se abstienen de manipular la moneda, tienen pocas razones para tolerar esto mismo en otros países. Naciones como Vietnam y Tailandia compiten con las exportaciones existentes de China. Taiwán y Corea exportan productos que Japón fabrica actualmente y que China quiere fabricar en el futuro, como chips de memoria y pantallas planas.

Hasta ahora, tanto China como Japón parecen no querer ver esta realidad. Todavía se aferran a la mentalidad de sus propias intervenciones pasadas, cuando la moneda era una herramienta económica vital. Pero justo cuando están descubriendo un interés común en el libre comercio, Tokio y Beijing deberían darse cuenta de que tienen más que perder de la manipulación de la moneda por parte de sus vecinos.

Ésos son los intereses económicos de Japón y China, si es que los reconocen. Si pasan a un primer plano dependerá de la geopolítica y de Trump. China y Japón compiten por influencia en toda Asia: no hay posibilidad de que actúen al unísono. La posición de Corea del Sur y Taiwán, tan cerca de China, significa que generalmente disfrutan de un trato amable por parte de Washington en cuanto a la política económica. Suecia y Suiza se encuentran en la difícil posición de tener que competir con Alemania, la cual le puede agradecer al euro por contribuir a su enorme superávit, pues no necesita recurrir a la manipulación.

Dado que Trump está tan decidido a aplicar sus aranceles, es difícil destacar el tema de la política monetaria, pero si el G20 quiere encontrar un terreno común con el presidente estadounidense, entonces es algo que debería explorar. Hay otros aliados potenciales. El Reino Unido siempre se ha mantenido extrañamente pasivo sobre un problema que lo afecta al menos tanto como a EEUU. Después del Brexit, Londres podría despertarse.

La antigua manipulación monetaria de China contribuyó a envenenar la política del comercio mundial. Ahora está sufriendo la reacción adversa, en la forma de Trump. Una respuesta es que Beijing se arrepienta, se una a su verdugo y elimine la manipulación de la moneda para siempre.

Robin Harding

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