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China tiene un problema: su reducida productividad

Un trabajador del país asiático generó tan solo el 19% de su aporte al PIB que uno de EE.UU. Solucionar la situación es clave para su economía.

En China, los asalariados trabajan a $2.849 la hora. Con nueve horas trabajadas, su ‘mínimo’ mensual es de $769.197.
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mayo 14 de 2017 - 04:13 p.m.
2017-05-14

Casi todo el mundo asume que China superará a Estados Unidos como la economía indispensable del mundo. Hay un factor, sin embargo, que podría retrasar su aparente marcha implacable y poner en duda las perspectivas de que China se convierta en una economía avanzada: una productividad vacilante.

Sin duda, China avanza constantemente en riqueza, tecnología y experiencia. Pero en economía no hay nada inevitable. A medida que suben los costos y la fuerza de trabajo, se contrae debido a décadas de política de un solo hijo, y por eso, China tendrá que aprovechar al máximo a cada trabajador para que los ingresos sigan creciendo. De lo contrario, el país podría sucumbir a un avance lento que amenaza tanto su futuro, como el de la economía global.

(Lea: ¿China le teme a Estados Unidos?). 

A pesar de la reputación de China como ejemplo de eficiencia autoritaria, el país no es inmune a la tendencia de un menguante aumento de la productividad. The Conference Board, que utiliza estimaciones ajustadas de crecimiento económico, calcula que la productividad laboral china creció 3,7% en 2015, una fuerte caída respecto de un promedio de 8,1% anual entre 2007 y 2013.

Por supuesto, hasta esa cifra menor resulta envidiable a los ojos de las autoridades de otros países. La productividad laboral creció apenas 0,7% en Estados Unidos y 0,6% en la zona del euro en 2015.

Pero los menores incrementos en China son un gran problema, ya que el país tiene que avanzar mucho para ponerse al día.

Los trabajadores chinos son muy improductivos comparados con sus pares estadounidenses. The Conference Board calcula que en 2015, cada empleado generó en China solo un 19% del porcentaje del PIB de un trabajador estadounidense. No es mucho mejor que los trabajadores indios, que crearon un 13%.

Al igual que otros casos de Asia, China enfrenta las consecuencias de su éxito anterior. Las economías de la región consiguieron un ritmo de crecimiento asombroso mediante el recurso de volcar a los pobres y a los trabajadores rurales a la industria y las cadenas globales de suministro. Eso desencadenó un fuerte aumento de la productividad, en tanto los campesinos empezaban a producir de todo, desde osos de peluche hasta iPhones.

En otras palabras, China impulsó su rápido desarrollo mediante el desplazamiento de capital y mano de obra subutilizada a una economía capitalista moderna.

Inevitablemente, ese recurso accesible de aumento de la productividad se agota a media que la economía avanza. Luego, el retorno obtenido por cada dólar de nueva producción comienza a reducirse. Ese es el desafío que ahora enfrenta China.

Como ha señalado Harry X. Wu, un especialista en desarrollo de la Universidad Hitotsubashi de Japón: “China tiene que concentrarse en aprovechar mejor los recursos de que dispone en lugar de depender de una rápida acumulación de capital”.

El problema es que China no tiene un desempeño particularmente bueno en ese frente. Se siguen despilfarrando recursos económicos en empresas ineficientes, con frecuencia propiedad del estado y de dimensiones exageradas.

Hasta los intentos de China por dar impulso a nuevos empresarios e industrias tecnológicas podrían resultar de alguna manera contraproducentes. Al distribuir abundantes subsidios en sectores específicos, tales como vehículos eléctricos o startups, el Estado vuelve a intervenir en los mercados y a no permitir el ascenso de las compañías en verdad productivas. Aun así, resulta elocuente que los aumentos de la productividad de China hayan declinado a pesar de la intensificación de su campana de impulso a la innovación y el emprendimiento.

Eso sí, todo esto lleva a pensar a los economistas que los problemas de China podrían hacer algo más llevaderos los problemas de productividad de Occidente.

Londres/Bloomberg

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