Con Xi Jinping, China está regresando hacia una dictadura

Durante las últimas décadas, el debate en Pekín fue acerca del ritmo del cambio en el país asiático, no sobre la dirección.

El actual presidente de China, Xi Jinping.

El actual presidente de China, Xi Jinping.

EFE/Alexey Kudenko

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octubre 13 de 2017 - 07:12 p.m.
2017-10-13

Este año, un tribunal chino sentenció a un hombre a dos años de prisión por el aparentemente atroz delito de referirse al presidente Xi Jinping como el “panecillo cocido al vapor Xi” en unos mensajes privados que envió a sus amigos usando aplicaciones de chat en línea.

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El apodo ha sido censurado en China desde 2013, cuando la ridiculización en línea estalló ante el intento de Xi de presentarse como un hombre común visitando un restaurante de panecillos cocidos al vapor.

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Pero llevar a juicio a alguien por usar la frase en discusiones privadas es un nuevo y preocupante acontecimiento.


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Wang Jiangfeng fue declarado culpable de enviar mensajes en línea a sus amigos — a través de las aplicaciones de mensajería WeChat y QQ propiedad de Tencent — que ocasionaron “pensamientos negativos sobre el Partido Comunista Chino, sobre el sistema socialista y sobre la dictadura democrática popular, causando confusión psicológica y disturbios públicos de un seria naturaleza y de un tipo particularmente atroz”.

En las últimas semanas, además de lo anterior, las autoridades judiciales inhabilitaron de ejercer su profesión al abogado que defendió a Wang. Así es como se comportan las dictaduras, y actualmente China se asemeja más a una de lo que se haya asemejado en muchas décadas.

El próximo miércoles, los líderes del Partido Comunista gobernante se reunirán para instalar a Xi en su segundo mandato de cinco años como ‘el presidente de todo’. Durante el último lustro, él ha consolidado el poder, ha eliminado a sus rivales y ha alentado un culto a la personalidad en un grado no visto desde la muerte de Mao Zedong en 1976.

Los observadores en China y fuera de sus fronteras estarán prestando atención a cualquier señal que indique que Xi tiene la intención de romper los recientes precedentes y permanecer en el poder hasta después de 2022, cuando normalmente se esperaría que dejara su cargo.

Pero la realidad es que sabemos casi tan poco sobre el funcionamiento interno del alto liderazgo de China como sobre el de Corea del Norte. Lo que sí sabemos es lo que nos dice Xi, en sus discursos y en las consignas políticas que acuña.

Sus propias palabras revelan que el mayor y más importante cambio bajo su liderazgo ha sido el rechazo total de la democracia y de otros “valores occidentales” como la libertad de expresión, el constitucionalismo, la independencia judicial y la defensa de los derechos humanos. Desde que el exlíder supremo Deng Xiaoping llegó al poder a finales de la década de 1970, China se ha movido inexorablemente, aunque de forma vacilante, hacia una mayor libertad personal e incluso política.

Durante décadas, el debate en los principales círculos de formulación de políticas en Pekín fue siempre sobre el ritmo del cambio, mientras que la dirección — más libertad de expresión, más independencia judicial y, en última instancia, más democracia — casi nunca fue cuestionada. En numerosas conversaciones privadas a lo largo de los años, altos funcionarios del partido (a veces muy altos) comentaron que lograr una democracia al estilo occidental era el objetivo de China, pero que la transición debía ser gradual y cuidadosamente secuenciada para no desencadenar el caos. Pero en la actualidad, no hay nadie que esté diciendo eso.

Por primera vez en casi cuatro décadas, no existe ni siquiera una sugerencia de que China está avanzando hacia la construcción de una sociedad civil ni de permitir que su pueblo tenga más opinión acerca de cómo se le gobierna.

En lugar de eso, hoy en día Xi le ofrece una vaga noción de un “gran rejuvenecimiento” que se inspira fuertemente en la era premoderna de divinos emperadores que gobernaban “todo bajo el cielo”.

El rechazo de los sistemas políticos ‘occidentales’ ha sido facilitado recientemente por lo que los chinos consideran las absurdas bufonerías de Donald Trump y, en menor medida, el daño autoinfligido del Brexit y de las luchas internas de la Unión Europea (UE).
Tal y como indicó un consejero de política exterior recientemente: “Trump nunca habla de la democracia o del liderazgo estadounidense o de la libertad; no debemos ser tan estúpidos como para adorar cosas que en el mundo occidental están ahora en duda”.

Dadas las percibidas fallas de la democracia liberal, muchos, o quizás la mayoría de los chinos, están bastante dispuestos a aceptar una dictadura y una persecución política de los individuos insidiosos mientras que continúen viendo sus medios de subsistencia mejorar.

Fuera de China, muchos en el Occidente se encogerán de hombros y preguntarán qué tiene todo esto que ver con ellos. Pero ellos deberían estar conscientes de que el otro gran cambio de Xi ha sido abandonar el mantra de política exterior de ‘no intervención’ que también ha guiado a China desde los días de Deng.

El antiguo mandatario del país asiático, consideró que China debía “ocultar las capacidades, esperar el momento oportuno” en la escena mundial y firmemente evitar la injerencia en otros países.

Xi ve las cosas muy diferentemente, y ha ordenado que el partido y el aparato estatal sean mucho más activos en el extranjero en la defensa de los intereses de China, tal como los definen el partido autocrático y las personas que lo dirigen.

Y la triste realidad es que actualmente muchas personas fuera de China con vínculos con el país — periodistas, académicos, diplomáticos, empresarios chinos expatriados — piensan dos veces antes de usar una aplicación china como WeChat para enviar un mensaje privado burlándose del actual líder de China.

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