¿Dónde está el movimiento Tea Party cuando más se necesita?

Los republicanos de línea dura en los Estados Unidos han abandonado su preocupación por los enormes déficits federales.

El secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, tuvo que comparecer ante el Congreso.

El secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, tuvo que comparecer ante el Congreso.

AFP

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Portafolio
febrero 16 de 2018 - 08:56 p.m.
2018-02-16

El ‘Tea Party’ se ha muerto. Donald Trump acaba de celebrar los ritos funerarios. La rebelión contra el gasto público duró menos de una década. Habiendo amenazado repetidamente un incumplimiento de EE.UU. durante la presidencia de Barack Obama, los republicanos de línea dura han adoptado sumisamente la doctrina de “los déficits no importan”. Y los demócratas son demasiado ambivalentes para obstaculizar la bonanza de Trump.

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En cambio, Trump representa una era de números rojos. Él heredó un déficit fiscal de US$587 mil millones en 2016. Para el próximo año se habrá duplicado a US$1,2 billones, o más del 5 por ciento del producto interno bruto.

Si los recortes de impuestos aprobados en diciembre se hacen permanentes, lo cual es probable, el déficit presupuestario de EE.UU. excederá US$2 billones en menos de una década. Mientras tanto, la deuda pública estadounidense se disparará a sus niveles más altos desde la Segunda Guerra Mundial, representando más de 100 por ciento del PIB.

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Normalmente se requeriría una recesión profunda para que esto les suceda a las finanzas públicas. Pero Trump y el ex Tea Party lo están logrando en medio de un fuerte crecimiento.

Barack Obama heredó un déficit creciente en 2009 después de la crisis financiera.
Aprobó un paquete de estímulo de US$835 mil millones para ayudar a reavivar una economía en picada. Eso ayudó a EE.UU. a recuperarse más rápidamente que casi cualquier otro país occidental. Fue contracíclico, como debiera ser la política fiscal.
Cuando el sector privado está ahorrando, el sector público debe gastar, y viceversa.

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El Tea Party estaba totalmente equivocado al respecto. Nació a principios de 2009 en oposición al estímulo de Obama y a un modesto plan para ayudar a rescatar a las personas que ya no podían pagar sus hipotecas. Entonces paralizó la política fiscal durante el tiempo restante de Obama en el cargo. Durante ocho años no se aprobó el presupuesto federal. El impulso del gasto de US$320 mil millones de la semana pasada fue parte del primer nuevo presupuesto desde 2010.

En varios momentos, el Tea Party utilizó el techo soberano estadounidense como rehén para obtener recortes de gastos, lo cual provocó una degradación de la calificación crediticia de EE.UU.

También produjo el llamado secuestro: una limitación del gasto que finalmente se levantó la semana pasada. Como resultado, la recuperación de EE.UU. fue más débil que ninguna en su historia de posguerra, aunque más vigorosa que la de la eurozona, que se vio frenada por su propio Tea Party a favor del presupuesto equilibrado en la forma de Alemania.

El ciclo comercial de EE.UU. ha durado ocho años, que ya se acerca al promedio histórico. Terminará tarde o temprano. Ahora era el momento de reconstruir plenamente la potencia de EE.UU. Sin embargo, el Tea Party eligió este momento para rendir su rectitud.
En diciembre, el Congreso aprobó un recorte de impuestos que agregará US$1,5 billones a la deuda pública de EE.UU. Había un par de cosas positivas en el proyecto de ley, incluyendo un límite en la deducción de intereses hipotecarios.

Pero el recorte de impuestos no fue financiado y fue mal concebido. Se ampliará la enorme desigualdad de ingresos del país. Una vez que expiren los recortes tributarios temporales de la clase media, la mayor parte de las ganancias beneficiarán al 1 por ciento superior de la población del país.

Los republicanos de Trump están tentando al destino en tres frentes. En primer lugar, están presionando a la Reserva Federal de EE.UU. para que eleve las tasas de interés más rápidamente de lo que lo hubiera hecho de otra manera.

El mercado ya está asumiendo que habrá tres incrementos este año. Eso parecerá conservador si los estímulos impositivos y de gastos de Trump provocan señales de sobrecalentamiento.

Sin duda, Trump querrá que Jay Powell, el nuevo presidente de la Reserva Federal (Fed), deje las cosas en paz mientras la fiesta continúa. Pero Powell debe establecer sus credenciales con los mercados. Si Trump interfiere con la independencia de la Fed, podría causar otra venta masiva en el mercado de acciones.

En segundo lugar, el estímulo de Trump está despojando a Washington de la latitud para contrarrestar la próxima recesión. Es peor de lo que parece. A diferencia de la última ronda, el alcance de la Fed para rescatar a la economía es limitado. No puede recortar las tasas de interés desde su nivel actual de 1,5 por ciento, incluso si agrega otro punto porcentual a la tasa antes de la próxima recesión.

La Fed tampoco tiene mucha capacidad para mantener a flote los mercados si se produce otro colapso. Su balance general de US$5 billones ya es excesivo. Una de las prioridades de Powell es reducirlo. El gasto público tendrá que compensarlo. Pero en vez, las políticas de Trump están reduciendo el margen de error de EE.UU.

Lo que nos lleva al tercer peligro: el estatus del dólar como moneda de reserva mundial. Un expresidente francés describió una vez al rol del dólar como un “privilegio exorbitante”. Pero no hay ninguna ley que pueda asegurar que la primacía del dólar será eterna. Se basa en la confianza global. Trump está tomando grandes riesgos con esa confianza. Es una lástima que el Tea Party se murió justo cuando podría haber sido útil.

Edward Luce
Columnista de FT

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