Economía implosiva de Venezuela provoca crisis de refugiados

El colapso de los servicios y la creciente violencia impulsa a migrantes desesperados a huir a Colombia y Brasil.

Venezolanos

La frontera binacional ha presentado varios espacios en los que han entrado a Colombia verdaderas oleadas de migrantes desde Venezuela.

Reuters / Carlos Eduardo Ramírez

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abril 20 de 2018 - 08:52 p.m.
2018-04-20

Un miércoles lluvioso antes de Pascua, cientos de inmigrantes venezolanos entraron arrastrando los pies en el patio con paredes de ladrillo de la Casa de Paso Divina Providencia en el pueblo fronterizo colombiano de Villa del Rosario, se sentaron en largas mesas de madera y esperaron pacientemente para almorzar. Un sacerdote promulgó misa antes de que decenas de voluntarios de la iglesia sirvieran fuentes humeantes de arroz, lentejas y salchichas. Los inmigrantes se acomodaron.

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Muchos llevaban ropa raída. Sus hundidas mejillas y extremidades delgadas sugerían que ésta era su primera comida decente en días. Los niños estaban descalzos. Un hombre entró apoyado en sus muletas, su pierna derecha amputada debajo de la rodilla. Otro llegó empujando a una anciana en una silla de ruedas.

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Éstas son las víctimas, a menudo desesperadas, de la peor crisis migratoria en la historia reciente de América Latina. Algunos habían llegado de Venezuela esa mañana, escapando de la escasez de alimentos, la hiperinflación, el colapso de la economía, las enfermedades y la violencia.

Otros habían estado en Colombia durante días o semanas, buscando trabajo, buscando comida, durmiendo en las calles y evitando ser deportados.

Mientras los ojos del mundo se han centrado en la crisis de los refugiados sirios y en el éxodo de los musulmanes rohingya de Myanmar, el desastre humanitario de Venezuela ha pasado relativamente desapercibido. Pero el gran número de personas que ahora huyen del país está cambiando eso. El Acnur dice que 5.000 migrantes se van todos los días; a ese ritmo, 1,8 millones de personas, más del 5% de la población de Venezuela, partirán este año.

No fue siempre así. Durante décadas, Venezuela fue un importador neto de personas, atrayendo a los europeos con lucrativos trabajos petroleros. Hace una generación, era el país más rico de América Latina.

Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999, lanzando la ‘Revolución Bolivariana’ socialista, algunos venezolanos ricos se fueron, temiendo el comunismo al estilo cubano. Pero la gran mayoría de los venezolanos se quedaron y muchos disfrutaron de los beneficios de los programas sociales financiados con petróleo de Chávez. Sólo recientemente se ha producido una migración masiva de los venezolanos impulsada por el colapso de la economía y el deterioro de la revolución, bajo el mando de Maduro.

Muchos se dirigen hacia el oeste a Colombia, que, saliendo de un largo conflicto civil propio, está mal equipada para recibirlos. Hoy hay más de 600.000 venezolanos en Colombia, el doble que hace un año.

Mientras que Colombia ha sido el país más afectado por el éxodo venezolano, está lejos de ser el único país que enfrenta este reto.

Acnur dice que 40.000 inmigrantes venezolanos llegaron a Perú en los primeros dos meses de este año. Miles más han emigrado a Panamá, Ecuador, Chile, España, EE. UU. y más allá. Barcos transportando inmigrantes venezolanos han atracado en islas del Caribe. En enero, uno se volcó frente a Curazao, donde murieron al menos cuatro personas.

El número de venezolanos que buscan asilo en el extranjero se ha disparado en un 2.000% desde 2014. Brasil es otro de los países que ha recibido una gran afluencia. En total, las autoridades y las organizaciones internacionales estiman que unos 70.000 venezolanos han huido hacia el sur a Brasil.

El colapso del sistema de salud venezolano ha provocado un resurgimiento de enfermedades previamente controladas. El Gobierno ya no brinda datos médicos confiables: cuando la ministra de salud reveló el año pasado que el número de casos de malaria había aumentado un 76% en un año, las muertes relacionadas con el embarazo habían aumentado un 66% y la mortalidad infantil había subido un 30%, fue despedida inmediatamente.

Una encuesta reciente dirigida por la oposición sugirió que el 79% de los hospitales venezolanos tienen poca o nada de agua corriente.

El British Medical Journal informó recientemente sobre una escasez aguda de anticonceptivos “que contribuye a los picos en embarazos no deseados, abortos inseguros, mortalidad materna e infantil y enfermedades de transmisión sexual”. Las tasas de VIH y SIDA han aumentado en Venezuela a niveles no vistos desde la década de 1980. El sarampión, erradicado en gran parte de América Latina, ha regresado. De los 730 casos confirmados en la región el año pasado, todos menos tres fueron en Venezuela. A medida que las personas huyen, se llevan la enfermedad con ellos. En los primeros meses de este año, hubo 14 casos confirmados en Brasil y uno en Colombia. Las 15 víctimas eran inmigrantes venezolanos.

“La gente está huyendo porque si se quedan, mueren”, dice Dany Bahar, del Brookings Institution en Washington. “Están muriendo porque no obtienen suficiente comida para comer; porque contraen malaria y no pueden recibir tratamiento; porque necesitan diálisis y no pueden obtenerla”.

Aquellos que sobreviven y salen enfrentan desafíos formidables una vez que cruzan la frontera. En Colombia, la mitad de los migrantes llega a Norte de Santander, uno de los departamentos más anárquicos del país. Dos grupos guerrilleros, el ELN y el EPL, aún están luchando al norte de Cúcuta, y dos bandas criminales, los Rastrojos y los Urabeños, luchan por las rutas de contrabando hacia y desde Venezuela.

Las ONG en Cúcuta dicen que, por desesperación, muchos migrantes venezolanos terminan vinculados al crimen organizado y el tráfico de cocaína en Colombia. La ironía de la migración masiva de Venezuela a Colombia no se pierde entre los residentes locales. Durante décadas, fue al revés. Durante el conflicto civil de Colombia involucrando a las FARC, hasta 4 millones de personas huyeron a Venezuela, entonces estable y próspera. Ahora, muchos vuelven.

A medida que aumenta el número de migrantes, aumenta la tensión con las poblaciones locales, particularmente en el norte de Brasil, donde las ciudades fronterizas son demasiado pequeñas para absorber un gran número de nuevas llegadas. Ahora hay unos 40.000 venezolanos en Boa Vista, la capital del estado de Roraima. Los inmigrantes representan aproximadamente el 10% de la población de la ciudad.

En la vecina localidad de Mucajaí, dos venezolanos mataron a un brasileño durante una pelea en un bar el mes pasado, según las autoridades, lo que provocó que los residentes locales incendiaran un edificio que alberga a inmigrantes. “Algunos dicen que somos una plaga, nada más que cerdos sucios”, resalta Richard Gil, un venezolano de 51 años que llegó a Brasil hace un mes. “Pero somos familias decentes”.

También en Colombia, la animosidad hacia los venezolanos está creciendo y en febrero el Gobierno apretó los controles fronterizos. Pero la frontera tiene 2.200 kilómetros de longitud y es casi imposible vigilarla adecuadamente. “El endurecimiento de la frontera no mantendrá a la gente en Venezuela”, afirma Francisca Vigaud-Walsh, una defensora legislativa de alto nivel de Refugees International en Washington. “Aumentará la criminalidad, el contrabando y el tráfico, incluido el tráfico sexual”.

Es difícil concebir qué podría cambiar en Venezuela para frenar el éxodo. La economía se ha contraído un 40% en cinco años y se prevé que disminuirá aún más. El FMI espera que la inflación llegue al 13.000 por ciento este año.

Hay elecciones presidenciales el 20 de mayo, pero parece haber pocas dudas de que Maduro se asegurará de ganar. Se niega a permitir la entrada de ayuda humanitaria en el país, lo que significa que sus ciudadanos seguirán huyendo.

Ante esa realidad, las organizaciones internacionales de ayuda están centrando sus esfuerzos fuera de Venezuela. Usaid prometió US$18,5 millones para ayudar a los migrantes en Colombia y el Acnur apeló por US$46 millones iniciales para enfrentar la crisis.

La Cruz Roja solicitó US$2,3 millones para ayudar a 120.000 venezolanos en Colombia. Pero tales cifras son minúsculas frente a la escala del problema. Brookings estima que el costo de la atención a los migrantes venezolanos oscila entre US$2.800 millones y US$5.200 millones.

Mientras tanto, el trabajo recae sobre las organizaciones benéficas locales, las ONG y la Iglesia Católica. Durante el último año en la Casa de Paso Divina Providencia, el obispo de Cúcuta, Víctor Manuel Ochoa, ha ayudado a alimentar y consolar a los migrantes hambrientos.

Pero la situación ha empeorado en este tiempo: “Primero, la cantidad de personas que llegan ha aumentado. Segundo, están viajando desde más lejos en el interior venezolano. Y, en tercer lugar, sus necesidades son mayores. Están más desesperados. Les damos lo que podemos, pero simplemente no podemos alimentarlos a todos”.


Gideon Long y Andres Schipani

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