El escándalo de Petrobras, un sueño perdido

La escala épica del caso de la empresa estatal ha puesto en entredicho a la propia mandataria Dilma Rousseff. La corrupción golpea a la gigante petrolera brasileña.

Internacional
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agosto 22 de 2015 - 01:29 a.m.
2015-08-22

Alberto Youssef, un lavador de dinero convicto y examante de la buena vida, estaba sentado en su celda en una cárcel brasileña en marzo del 2014, preparándose para contar su historia a sus abogados. Esta giraba en torno de un complejo plan de sobornos que involucraba a Petrobras, el gigante petrolero controlado por el Gobierno.

Youssef abrió con una predicción funesta: “Amigos”, si hablo, la república se va a caer”.

Para esos abogados, Tracy Reinaldet y Adriano Bretas, quienes recientemente relataron la conversación, esto sonó un poco melodramático. Pero luego Youssef tomó una hoja de papel y empezó a escribir los nombres de los participantes en lo que pronto se llegaría a conocer como el escándalo de Petrobras. Renaildet miró los nombres y preguntó, no por última vez ese día, “¿habla en serio?”

“Estábamos consternados”, recordó, sentado en una sala de conferencias en su despacho legal en el centro de Curitiba, la capital del estado sureño de Paraná, una mañana de junio. “En Brasil, sabemos que la corrupción es un monstruo. Pero nunca vemos realmente al monstruo. Esto era como ver al monstruo”.

Lo que Youssef describió a sus abogados, y luego a los fiscales, tras firmar un acuerdo de aceptación de culpabilidad en 2014, es un fraude que ha desestabilizado al sistema político del país, ayudado a inclinar a la economía hacia la recesión y dejado a miles sin empleo.

Casi ha devastado el estatus de Brasil como una estrella en ascenso en el escenario mundial.

En el centro del escándalo está un plan de sobornos al viejo estilo. A partir del 2004, según los fiscales, un pequeño número de altos funcionarios de Petrobras se coludieron con un cártel de empresas para hacer sobrecargos a la compañía petrolera por contratos de construcción y servicios. El cártel decidiría qué compañías entre sus miembros ganarían un contrato para, por ejemplo, prestar servicio en una plataforma petrolera o construir parte de una refinería. Esta competencia falsa era supervisada por los cómplices en Petrobras, a quienes se recompensaba con sobornos.

Conservaban algo del dinero, pero compartían gran parte del mismo con personajes públicos. (La compañía, aunque se cotiza públicamente, es propiedad del Gobierno en 51 %, y más de unos cuantos de los ejecutivos de Petrobras les deben sus puestos a funcionarios de elección).

ESCALA ÉPICA

Lo que ha asombrado a los brasileños no es la novedad de este fraude, sino su escala épica. El primero de muchos gritos ahogados de asombro fue emitido en diciembre, cuando un ex- empleado de Petrobras llamado Pedro Barusco prometió devolver cada centavo de sus ganancias mal habidas, 100 millones de dólares.

Eso fue solo el principio. Barusco dijo a las autoridades en febrero que el gobernante Partido de los Trabajadores se había embolsado hasta 200 millones de dólares a lo largo de los años, dinero que supuestamente fue usado para financiar campañas políticas.

En marzo, aproximadamente un millón de brasileños se lanzó a las calles en ciudades de todo el país para protestar.

Gran parte del furor se dirigió contra la mandataria Dilma Rousseff, quien presidió Petrobras durante parte del tiempo en que operó la mafia de corrupción. (Ella niega cualquier participación y no ha sido acusada). Pero políticos de su partido y de otras cinco agrupaciones han sido implicados, de manera que hay mucha culpa que repartir.

Hasta la fecha, se han emitido 117 acusaciones, cinco políticos han sido arrestados, y se han presentado casos criminales contra 13 compañías. Funcionarios de Petrobras han situado el total de los sobornos en casi 3.000 millones de dólares, una cifra que hace parecer al escándalo de la Fifa, el organismo que rige al fútbol mundial, como obra de aficionados.

Si usted no vive en Brasil, el lío de Petrobras probablemente ha sido registrado, en la medida en que acaso haya sido registrado, como un fraude esotérico perpetrado por personas y corporaciones cuyos nombres no reconoce. En Brasil, ha convulsionado al país con furia y una hiriente sensación de traición.

Los brasileños tienen un dicho cuando son arrestados los ricos y poderosos: “Siempre termina con una fiesta con pizzas”.

Las palabras pretenden sugerir que el sistema de justicia está amañado a favor de las élites. Se dice que los acusados evitan la prisión y luego celebran ordenando pizzas.

OPERACIÓN LAVACOCHES

Si algún bien ha surgido de la debacle de Petrobras, es la naciente sensación de que esta vez pudiera ser diferente. Parte de la razón es obra del juez Sérgio Moro, quien está supervisando la investigación, oficialmente conocida como Operação Lava Jato, u Operación Lavacoches. En Brasil, los jueces tienen amplia libertad para definir la dirección y el alcance de las investigaciones criminales, y la disposición de Moro a perseguir incluso a los eminentes e influyentes lo ha convertido en un héroe popular.

Otra fuente de optimismo público puede encontrarse en el octavo piso de un edificio de oficinas a unos kilómetros de distancia, que alberga al equipo de nueve fiscales que trabajan en la Lava Jato, como le llaman todos.

El fiscal principal, Deltan Dallagnol, tiene 35 años de edad y un título de la Escuela de Derecho de Harvard. La investigación de los fiscales tiene sus orígenes 1.100 kilómetros al norte de Curitibia, en Brasilia, la capital de la nación, cortesía de un peculiar golpe de suerte.

“Se necesitó la alineación de muchos factores improbables para que empezara este caso”, dijo Dallagnol. “Fue como si los dioses nos dieran una ventana de oportunidad”.

En el 2012, la policía federal estaba realizando una investigación de lavado de dinero, que incluía vigilar al dueño de la Estación de Gasolina Tower. (Esta institución común y corriente alguna vez albergó a un lavadero de autos, ya cerrado, lo cual dio nombre a la investigación). Un oficial en una conversación interceptada se dio cuenta de que estaba escuchando a Youssef.

El gran avance en el caso de Petrobras se dio cuando el equipo de vigilancia descubrió un correo electrónico de Youssef, que hacía mención de un vehículo Range Rover comprado para un ejecutivo de Petrobras llamado Paulo Roberto Costa.

Del 2004 al 2012, Costa fue director de suministros de Petrobras, un puesto que le puso en el sitio ideal para aprobar contratos importantes. El regalo de cuatro ruedas condujo, eventualmente, a una orden judicial para registrar la oficina de Costa y a su arresto. Se convirtió en el primer involucrado en la Lava Jato en hablar.

“Esta crisis va al corazón del capitalismo estatal brasileño, las líneas borrosas entre las políticas económicas de Estado y los benefactores del Estado”, dijo Matthew M. Tay-lor, de la Escuela de Servicio Internacional de la Universidad Americana. “Lo que se está demostrando es el costo de la relación entrelazada entre la empresa y el Estado, y los tipos de corrupción a que puede conducir”.

David Segal
Nueva York