Estados Unidos debe permitir que Ruanda tome sus propias decisiones

El país debería tener la libertad de desarrollar su industria textil sin enfrentar amenazas externas.

Ruanda

El país impuso aranceles a la importación de la ropa interior de segunda mano de Estados Unidos para intentar desarrollar su industria nacional.

AFP

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junio 22 de 2018 - 08:20 p.m.
2018-06-22

El diminuto Ruanda, con su pequeña economía de US$10.000 millones, ha enfurecido al poderoso Estados Unidos, cuya producción de US$20 billones, es aproximadamente 2.000 veces mayor. Al igual que la disputa de Washington con China, el motivo es el comercio.

¿Qué podría haber hecho el minúsculo país de África central, podríamos preguntarnos, para enojar tanto a EE. UU.? La respuesta es que se ha negado a usar ropa interior estadounidense usada, así como pantalones, vestidos y zapatos de segunda mano.

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En 2016, Ruanda, junto con tres países del este de África — Kenia, Tanzania y Uganda — anunciaron su intención de imponer aranceles mucho más altos a las importaciones de ropa de segunda mano. El objetivo era desarrollar una industria local de prendas de vestir para que las fábricas pudieran crear empleos, y para que los ciudadanos pudieran usar ropa nueva producida domésticamente.

Ruanda, en particular, enfatizó el punto de la dignidad. Su presidente, Paul Kagame, declaró que sólo porque los ruandeses eran pobres no significaba que tuvieran que andar con ropa usada.

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EE. UU. reaccionó con enojo, y amenazó con suspender el acceso de los países a un acuerdo comercial preferencial conocido como la Ley de Crecimiento y Oportunidades para África (AGOA, por sus siglas en inglés). El objetivo declarado de la AGOA es brindarles una ventaja a los países africanos concediéndoles, a algunos productos, el acceso libre de aranceles al enorme mercado estadounidense. A cambio, ellos se comprometen a mejorar los derechos laborales y avanzar hacia una economía de mercado, incluyendo la apertura a las importaciones que provienen desde Estados Unidos. Bloquear la ropa de segunda mano de este país se considera una violación de ese acuerdo.

Ante la presión de EE. UU., las otras naciones africanas dieron marcha atrás. Ruanda no lo ha hecho. Washington ahora ha comenzado el proceso de imponerles aranceles a algunas exportaciones ruandesas. Detrás de la opresiva respuesta estadounidense se encuentra un grupo de presión norteamericano, la Asociación de Materiales Secundarios y de Textiles Reciclados (SMRTA, por sus siglas en inglés), la cual representa a compañías que comercian con ropa de segunda mano.

El grupo dice que los aranceles de Ruanda perjudicarán a la industria estadounidense, poniendo en peligro 40.000 empleos, una afirmación que algunos observadores consideran irrisoria. Además, una enorme cantidad de estadounidenses que donan sus ropas a la caridad nunca se imaginaría que su ropa usada está siendo distribuida por empresas comerciales en países en desarrollo.

Detener la entrada de ropa de segunda mano no conducirá automáticamente a las ganancias que Kagame desea. Si Ruanda no puede producir domésticamente ropa de buena calidad a bajo precio, su población terminará comprando productos de mala calidad a un precio más alto.

Es probable que, en cambio, recurran a las importaciones chinas. Y, lejos de crear empleos, la política de Ruanda en realidad podría destruirlos. Al igual que muchos países pobres, tiene una minindustria que remienda ropa importada de segunda mano lista para la venta.

Aun así, la decisión le corresponde, sin duda, a Ruanda. Si no es así, entonces lo que la AGOA realmente significa es lo siguiente: “Nos puedes exportar sin pagar aranceles, a menos que, por supuesto, realmente intentes manufacturar cualquier cosa. En ese caso, te castigaremos”.

Los puristas del comercio podrían argumentar que Ruanda tiene la libertad para desarrollar una industria, pero simplemente no detrás de los ‘muros’ de los aranceles. Pero este argumento ignora cómo los países ricos se volvieron ricos en primer lugar.

La mayoría de ellos alguna vez fueron profundamente mercantilistas. La Gran Bretaña del siglo XVII aprobó leyes de navegación que garantizaban que los productos pasaran por los puertos británicos. EE. UU. construyó industrias nacientes detrás de un muro de protección. Lo mismo hicieron Japón y Corea del Sur. Estas cosas son más difíciles de lograr en la era de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Ha-Joon Chang, un economista de la Universidad de Cambridge, llama a esto ‘quitar la escalera’: los países que usaron el proteccionismo para enriquecerse les impiden a los países pobres que hagan lo mismo.

Existe un paralelo en la severa reacción que obtuvo Ruanda cuando anunció el mes pasado que gastaría 30 millones de libras en patrocinar las camisetas del club de fútbol Arsenal. The Daily Mail, un tabloide populista del Reino Unido, arrogantemente declaró que, según el periódico, el supuesto dictador ruandés estaba despilfarrando el dinero en efectivo de su empobrecida población en un proyecto de vanidad.

No importa que el acuerdo de patrocinio fuera parte de una estrategia conjunta para convertir a Ruanda en un destino turístico y de convenciones. Ruanda tiene gorilas, un parque de animales salvajes con los cinco animales más populares (león, leopardo, rinoceronte, elefante y búfalo africano), buenos enlaces aéreos y un nuevo e impresionante centro de convenciones en Kigali, su eficiente capital.

Pero, rugió el ‘Mail’, Ruanda recibió 62 millones de libras en ayuda británica y no debería estar gastando su dinero de esta manera. Ese mensaje es esencialmente el mismo que el de Washington: Si te brindamos ayuda, esperamos establecer tus políticas y tus prioridades; si intentas sacar a tu país de la pobreza, entonces te los retiraremos.

Esta vez, probablemente no sea obra de Donald Trump. El presidente estadounidense está demasiado ocupado aplicándole aranceles a China como para preocuparse por la pequeña Ruanda. Él pudiera ganarse algunos amigos demostrando que, al menos en este caso, EE. UU. puede superar la mezquindad.

Después de todo, Ruanda, al intentar manufacturar su propia ropa, está haciendo lo que nosotros pretendemos querer de los países pobres: que dejen de depender de la caridad. A Ruanda se le debiera permitir intentarlo.

David Pilling

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