Insensateces de Trump presagian más proteccionismo

Todos los países, incluso EE. UU., se verían seriamente afectados si se produce una balcanización de toda la economía global.

Donald Trump

El presidente de Estados Unidos Donald Trump está dispuesto a desatar una guerra comercial.

REUTERS

POR:
financial times
marzo 09 de 2018 - 07:58 p.m.
2018-03-09

Donald Trump es, efectivamente, un claro defensor de las políticas proteccionistas. Es más que una mera retórica. Ésta es la lección obtenida del anuncio de la semana pasada de que firmaría una orden esta semana imponiendo aranceles globales del 25% al acero y del 10% al aluminio, la cual, finalmente, hizo oficial en la tarde del jueves.

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Estos aranceles realmente no son tan importantes por sí solos. Pero la lógica utilizada para justificarlos, su propuesto nivel y duración, la disposición de dirigirlos a los aliados cercanos y la declaración del presidente de que “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar” deben alarmar a todos los observadores informados.

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Es poco probable que esta acción sea la última; es más probable que sea el comienzo del fin del orden comercial multilateral gobernado por reglas que el propio Estados Unidos creó durante las últimas décadas.

Esto puede sonar alarmista. No debería serlo. Es cierto que las acciones propuestas se enfocan sólo en un poco más del 2% de las importaciones estadounidenses. Si es allí donde se acaban, entonces el mundo y la economía mundial seguramente lo tomarán con calma.

Es posible que, con alguien tan inconsistente como Trump a cargo, aquí sea donde la situación llegue a su fin. Pero no podemos apostar que así será.

Una razón por la cual es probable que el proteccionismo estadounidense se extienda es que la acción propuesta, explícitamente diseñada para durar un largo tiempo, afectará a todos los usuarios del acero y del aluminio. Estos incluyen industrias que emplean a muchas más personas que las 81.000 que trabajan en la industria del acero básica estadounidense.

Los usuarios sufrirán una ‘protección efectiva negativa’. Un resultado será que los productos importados fabricados con acero y con aluminio se volverán más económicos. La ‘solución’ seguramente será también imponer aranceles a las importaciones de estos productos.

Otra razón por la cual esta acción pudiera extenderse es que aquellos adversamente afectados pudieran tomar represalias contra EE. UU. en otras áreas. En la práctica, sin embargo, es más probable que sometan a EE. UU. al proceso de solución de diferencias de la Organización Mundial del Comercio (OMC), a la vez que imponen la llamada medida de salvaguardia en relación con el acero y con el aluminio para impedir el desvío de importaciones a sus mercados. De esta manera, también se extenderá la protección.

Una razón más por la cual veremos la difusión del proteccionismo es el uso por parte de estados Unidos del ‘tecnicismo’ de la seguridad nacional. La OMC, de hecho, le permite a un miembro “la adopción de las medidas que estime necesarias para la protección de los intereses esenciales de su seguridad, en tiempos de guerra o en caso de grave tensión internacional”, según informan los estatutos de la entidad.

Pero, tal y como Chrystia Freeland, la ministra de Relaciones Exteriores de Canadá, lo ha indicado: “Es completamente inapropiado considerar cualquier comercio con Canadá como una amenaza a la seguridad nacional de EEUU”. Sin embargo, una vez que EE. UU., de todos los países, utilice este tecnicismo de manera tan irresponsable, ¿dónde se detendría?

Un punto crucial es que esta acción no está dirigida a China, el cual representa menos del 1% de las importaciones de acero estadounidenses. Sus víctimas son amigos y aliados: Brasil, Canadá, la Unión Europea (UE), Japón y Corea del Sur. Tampoco es una medida tomada contra alguna forma de comercio desleal. Ésta es una política puramente proteccionista destinada a salvar a las anticuadas industrias.

Sin embargo, incluso en estos términos, el razonamiento es débil: la producción de acero y de aluminio estadounidense ha permanecido estable durante años. Si esta medida realmente tiene sentido para Trump, ¿qué no lo tendría?

Por todas estas razones, entonces, debemos prever más acciones proteccionistas por parte de EE. UU. y de otros países. Sin embargo, existe una razón aún más importante para anticiparlas. Trump parece querer una guerra proteccionista. Él está convencido de que un gran país con enormes déficits comerciales debe ‘ganar’. Además, él cree que esos déficits son una prueba de que otros países se han aprovechado de EE. UU. Ambas creencias son absurdas desde una perspectiva económica.

Sí, puede que EE. UU. sea menos perjudicado que otros países en el caso de que se desarrolle una guerra proteccionista. Pero todos, sin duda incluyendo también a EE. UU., sufrirían perjuicios causados por la balcanización de la economía global.

Además, es un error considerar los superávits comerciales como el equivalente de una ganancia en los negocios, tal y como lo considera Trump. Las importaciones representan el objetivo del comercio. Los superávits comerciales no poseen, de forma directa, un mérito intrínseco.

Sin embargo, esta acción ha sido justificada, en última instancia, por la fuerte creencia de que EE. UU. ha sido víctima de las maquinaciones de terceros. Una pizca de evidencia utilizada para justificar este sentimiento de agravio es la idea de que el país norteamericano es “la gran economía menos proteccionista del mundo”.

Ninguna medida resumida de protección general es ideal. Pero la menos mala es el arancel promedio ponderado aplicado. Según la OMC, el arancel promedio ponderado de Japón en 2015 fue del 2,1%, el de EE. UU. fue del 2,4% y el de la UE fue del 3%. Estos valores son muy similares. El de China fue del 4,4%, en gran parte porque ha sido parte de una sola negociación global: su adhesión a la OMC en 2001, cuando todavía se le consideraba, con razón, como un país en desarrollo.

Algunos legisladores estadounidenses se refieren en cambio al arancel “consolidado”. Sobre esa base, la protección de Estados Unidos relativamente baja. Pero una media simple de aranceles consolidados -los límites máximos que un país ha acordado en relación con sus aranceles- dice muy poco acerca de su nivel real de protección.

Además, EE. UU. ha consolidado sus aranceles a niveles bajos para obtener concesiones de otros países, especialmente la protección de su propiedad intelectual.

La otra queja se relaciona con los déficits comerciales. Pero éstos son fenómenos macroeconómicos, no el resultado de una política comercial. Trump acaba de promulgar un enorme aumento en el déficit fiscal estructural estadounidense. En igualdad de condiciones, esta decisión seguramente aumentará el déficit comercial.

Esto será particularmente cierto si, como lo anticipa la administración, sus recortes de impuestos provocan un enorme aumento en la inversión privada estadounidense, mientras aumentan los déficits gubernamentales. ¿Entiende la mano izquierda de la formulación de políticas estadounidenses lo que está haciendo la mano derecha? Por lo que se ha visto hasta el momento, parece que no.

El Fondo Monetario Internacional (FMI), al igual que otros organismos internacionales, tienen razón al criticar este plan. Impondrá costos sustanciales, trastornará las alianzas y seguramente conducirá a un proteccionismo aún más costoso, por parte de Estados Unidos y de otros países.

El plan es un producto de una mezcla característica de autocompasión (el mundo es cruel con nosotros) y grandilocuencia (nosotros podemos fácilmente intimidar a los demás para que se sometan). Es probable que el resultado sea una mayor fragmentación de la frágil estructura del comercio mundial. ¡Bien hecho, Trump!


Martin Wolf

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