La cultura de corrupción envuelve a la élite brasileña

El escándalo presidencial ataca el núcleo del sistema del clientelismo, pero los incentivos que estimulan el soborno serán difíciles de erradicar.

Temer

15 millones de reales sería la cifra que, presuntamente, ofreció la compañía para sobornar al presidente, Michel Temer.

Archivo particular.

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Portafolio
junio 02 de 2017 - 08:54 p.m.
2017-06-02

Cuando el legislador Rodrigo Loures entró a la tradicional pizzería Camelo de São Paulo a finales de abril no se imaginaba que iba a desencadenar una crisis política tan grave que podría precipitar la caída del presidente, Michel Temer.

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Bajo vigilancia de la policía federal que investiga la corrupción política, Loures usó el inodoro antes de salir al estacionamiento donde se reunió con un contacto que conducía un Maserati, Ricardo Saud, un ejecutivo de JBS, la empresa empacadora de carne más grande del mundo.

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A Loures se le vio luego arrastrando un maletín con 500.000 reales (US$153.000), el primer pago de un supuesto soborno de 15 millones de reales de JBS para él y Temer, según el Tribunal Supremo. Sin que Loures lo supiera, Saud estaba cooperando con la policía como parte de una de las mayores negociaciones de condenas en la historia, la cual involucra a siete altos ejecutivos de JBS y su sociedad J&F.

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“Estos hombres estaban haciendo sus negocios sucios aquí”, dice un gerente de Camelo.
La negociación de condenas de JBS, ha puesto al Gobierno de Temer, quien ha demostrado ser un líder competente a pesar de sus bajos índices de aprobación, en lo que muchos analistas creen que es una espiral de muerte. Los mercados han colapsado conforme los inversionistas vendieron.

Las agencias de calificación han colocado las notas soberanas y corporativas sobre aviso por una posible rebaja y las acciones de JBS han caído.

El escándalo ha afectado el sistema de clientelismo político y favoritismo corporativo que ha envenenado los esfuerzos del país por alcanzar su potencial.

Para los fiscales independientes, la policía federal y los jueces de Brasil, cada vez más atrevidos, la negociación de condenas de JBS representa un nuevo triunfo en su lucha.
Una investigación que comenzó con una averiguación en Petrobras, y su mayor grupo de construcción, Odebrecht, se concentra ahora en JBS, uno de los principales beneficiarios de los enormes préstamos públicos subvencionados.

Sin embargo, hay preguntas sin responder como si los espectaculares de estas investigaciones, que han implicado a una gran parte de la élite política, desmantelarán los nexos entre el Gobierno y las grandes empresas.

Saud aseguró que JBS había gastado 600 millones de reales en sobornos para 1.829 candidatos de 28 partidos. De estos, 167 fueron elegidos a la cámara baja del congreso, 28 al senado y 16 a gubernaturas estatales. Con Temer bajo investigación, los cinco presidentes vivos de Brasil, el actual y los anteriores, están investigados por corrupción.

“Es una corruptocracia”, apunta Paulo Sotero, director del Instituto Brasil del Centro Internacional Woodrow Wilson para académicos, sobre el sistema político de Brasil en el que los congresistas venden sus servicios al mejor postor. “Es completamente egoísta y no tiene nada que ver con los intereses del país. Tenemos que eliminarlo”.

Pocos grupos han llegado a resumir este sistema mejor que JBS. Fundada como una pequeña carnicería, en la década de 1950, el grupo experimentó un auge durante los 13 años de Luiz Inácio Lula da Silva, presidente del Brasil entre 2003 y 2010, quiso construir grandes compañías nacionales siguiendo el modelo de las empresas estatales chinas o de ‘chaebol’ de Corea del Sur.

A partir de 2007, el banco de desarrollo de Brasil, BNDES, invirtió 8.000 millones de reales en capital de JBS, acumulando un 21,3% de participación. También prestó directa e indirectamente casi 4.000 millones de reales en créditos parcialmente subsidiados.

Los ingresos de JBS pasaron de 4.000 millones en 2007 a 170.000 millones de reales el año pasado.

Los dos hermanos que dirigen la empresa, Joesley y Wesley Batista, cotizaron su compañía en la bolsa de valores en 2007. Y luego se embarcaron en un período frenético de adquisiciones. Su sociedad empresarial, J&F, se diversificó hacia el sector de la pulpa y el papel, y compró una participación controladora en Alpargatas, la compañía que fabrica las Havaianas.

JBS no fue la única gran compañía que disfrutó del fuerte apoyo del BNDES, cuya cartera de créditos blandos con tasas de interés subsidiadas se expandió casi cinco veces en los últimos 10 años. Entre otras se incluyeron Odebrecht, Petrobras, Embraer, e incluso AB InBev.

“El Gobierno otorgó en subvenciones mediante el BNDES en los últimos siete años la misma cantidad que EE.UU. le prestó a Europa durante el Plan Marshall”, asegura Marcos Lisboa, presidente de Insper, una universidad de negocios.

Pero el verdadero alcance del sistema brasileño de mecenazgo empezó a ser evidente sólo después de que Dilma Rousseff enfrentara en 2013 una ola de protestas contra el gasto en la Copa del Mundo de 2014. Ella reaccionó introduciendo reformas anticorrupción, incluyendo el fortalecimiento de la capacidad de los fiscales para ofrecerles negociaciones de condenas a los sospechosos.

En 2014, la policía federal y los fiscales públicos comenzaron a utilizar estos poderes en lo que se conoció como Lava Jato, una investigación sobre sobornos de compañías de construcción a exejecutivos de Petrobras y políticos a cambio de contratos.

Después vino una averiguación de Odebrecht, que a fines del año pasado acordó pagar US$3.500 millones, lo que hasta entonces fue la mayor multa por corrupción del mundo, tras admitir haber repartido US$788 millones en sobornos.


“Esta legislación le da a la fiscalía una nueva herramienta eficiente para luchar contra la delincuencia organizada”, indica Oscar Vilhena, director de la escuela de derecho FGV Direito SP.

La negociación de condenas de Odebrecht, por sí sola, implicó a una gran parte del Congreso y un tercio del gabinete de Temer por violaciones presupuestarias en medio del descontento y la recesión económica.

Entretanto, las investigaciones derivadas de Lava Jato, comenzaron a atrapar a otros grupos, incluyendo JBS. La empresa empacadora de carne fue acusada también de pagarles a los inspectores de salud en un escándalo al inicio del año conocido como Carne Débil.

Conforme comenzaba a cerrarse el cerco, los hermanos Batista decidieron apostar todo mediante la firma de una negociación de condenas con los fiscales y el compromiso de entregar el premio más grande de todos: el presidente Temer.

El 7 de marzo, Joesley Batista activó su trampa. Condujo hasta la residencia de Temer para participar en una reunión en la que conversaron durante 30 minutos. El empresario contó cómo presuntamente estaba sobornando a todos, desde jueces hasta fiscales y un expresidente de la Cámara Baja. Temer pareció balbucear ciertas palabras de aliento antes de supuestamente recomendar que el legislador Loures manejara sus problemas empresariales.

Este se reunió con Loures seis días más tarde y le prometió a él y a Temer el soborno de 15 millones de reales si podían resolver un contrato de suministro de gas para una de sus plantas.

Temer ha negado la existencia de irregularidades en la conversación y ha prometido no dimitir. Sus abogados afirman que la cinta de la conversación ha sido editada para inculparlo. Pero los analistas dicen que su programa de reforma, cuyo propósito es restablecer las finanzas públicas, quedará paralizado mientras él permanezca en el cargo.

Igualmente, dicen que Lava Jato está acelerando el colapso de la vieja guardia de políticos, pero otros advierten que tiene sus límites. Se necesita la reforma política para cambiar los incentivos que llevan a los políticos brasileños a corromperse.

El sistema les permite a los oportunistas crear partidos para acceder a los fondos del Gobierno que se reservan para los grupos. Luego pueden venderles a los partidos más grandes el tiempo de televisión que les fue adjudicado. Una vez en el Congreso, algunos pequeños partidos también han extraído sobornos a cambio de apoyar ciertas legislaciones.

El sistema de representación de Brasil también permite que demasiados políticos entren al congreso sin haber obtenido un importante apoyo popular por sí mismos. La ley, mientras tanto, ha protegido a los corruptos al permitir que sólo el lento Tribunal Supremo los procese por irregularidades en lugar de concederles esa potestad a tribunales más dinámicos.

Para los brasileños, estas historias sólo sirven para confirmar su profunda desconfianza de los políticos y las grandes empresas, un factor que será una característica importante en las elecciones. Hasta el momento no hay candidatos, pero se espera que a los candidatos ajenos a la política les vaya bien

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