Legado de Lula para la clase media del país está en riesgo

La corrupción y la recesión han devastado los principales partidos conforme los políticos brasileños enfrentan ‘la aversión’ en este año electoral.

Lula da Silva

Pese a que el expresidente fue condenado a 12 años de cárcel y se encuentra en prisión, cuenta hoy la mayor intención de voto.

EFE/Antonio Lacerda

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mayo 25 de 2018 - 07:28 p.m.
2018-05-25

A las afueras de Caetés, en el estado de Pernambuco, en el noreste de Brasil, se encuentra una arruinada cabaña de adobe y barro rodeada de pequeñas granjas. La bucólica escena desmiente la historia de severas sequías de la zona.

Fue aquí donde el expresidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva creció hasta la edad de siete años, cuando se fue a São Paulo, a miles de kilómetros de distancia, con su familia en la parte trasera de un camión.

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Décadas más tarde ascendió a través de las filas del movimiento sindical hasta convertirse en el primer presidente del partido de los trabajadores del país más grande de América Latina, y fue presidente durante un período de rápido crecimiento económico entre 2003 y 2010 impulsado por el auge de las materias primas encabezado por China.

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“La situación antes de que Lula se convirtiera en presidente era difícil. Nadie tenía coche, nadie tenía tierras, nadie tenía nada”, dice Gilberto Ferreira, un agricultor que es primo del expresidente y vive cerca. Señala a su nieta, Jacqueline Ferreira, quien participó en un programa de estudio de intercambio financiado por el gobierno en Canadá y ahora enseña inglés, algo que habría sido muy inusual antes de Lula.

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Ocho años después, Lula da Silva está en la cárcel por cargos de corrupción; su Partido de los Trabajadores (PT) ha sido destrozado por los escándalos de corrupción; y la economía, a pesar de un reciente repunte, todavía está en dificultades. Ése es el escenario en el que se desarrollarán las elecciones de octubre, y los analistas predicen que los Ferreira y millones como ellos son quienes decidirán las elecciones, pues son la nueva y enorme clase media.

Durante los ocho años en que Lula estuvo en el poder y bajo su sucesora, la expresidenta Dilma Rousseff quien fue destituida en 2016, la clase media baja de Brasil creció enormemente. El aumento de los salarios mínimos, los estipendios mensuales y el bajo precio de las viviendas públicas contribuyeron a impulsar a 67 millones de personas a las clases medias y altas, alcanzando su punto más alto en 2014, según cifras de Marcelo Neri, economista de la Fundación Getulio Vargas (FGV), y exministro de asuntos estratégicos.

Pero actualmente este legado de la época de Lula está en peligro de desmoronarse. Azotados durante los últimos años por la peor recesión en la historia del país, la cual muchos creen que fue en gran medida autoinfligida por el Gobierno del PT, muchos en la clase media baja, conocida como la “Clase C”, están luchando para aferrarse a lo que han ganado.

“Estos votantes se han vuelto más críticos de la política, incluyendo el PT y especialmente el Gobierno de Dilma, porque comenzaron a perder lo que habían ganado recientemente después de Lula”, explica Mauro Paulino, director General de Datafolha.

Es este traumático cambio de fortuna lo que se encuentra bajo el turbulento entorno. Si bien quedan algunos simpatizantes del expresidente, el apoyo al PT se está fragmentando.

Al mismo tiempo, todos los partidos principales, incluyendo el PT, el Movimiento Democrático Brasileño (MDB) del actual presidente Michel Temer y el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), encabezado por el candidato Geraldo Alckmin, han sido destrozados por Lava Jato, una gigantesca investigación que originalmente se enfocó en los sobornos en la estatal Petrobras.

Lula da Silva — quien se esperaba que se postulara para presidente — fue sentenciado a 12 años el mes pasado por corrupción revelada en la investigación Lava Jato, lo cual dejó el camino abierto para una amplia gama de candidatos.

El político populista de extrema derecha Jair Bolsonaro encabeza las encuestas seguido por la ambientalista de centro izquierda Marina Silva y el izquierdista Ciro Gomes. En una encuesta del 14 de mayo, Bolsonaro tenía el 18,3% de las preferencias de los electores, Silva el 11,2%, Gomes el 9% y Alckmin el 5,3%.

Este año prometía ser el de las elecciones del miedo y la aversión en Brasil, dice Paulino, de Datafolha. “Miedo” debido a una ola de crímenes que azota el país, y “aversión” debido a la repugnancia que los votantes sintieron por una clase política que, según ellos, robó a expensas de los servicios públicos, particularmente la salud y la educación.

Está en juego el futuro de la mayor economía de América Latina. Brasil ha salido de la caída de 2015-2016, pero todavía está frágil. Muchos economistas creen que, si el próximo presidente no quiere o no puede tomar medidas para frenar el gasto público, el país podría caer en otro período de bajo crecimiento y conflicto político interno.

“El entorno de esta elección será la conjunción de la crisis económica y la crisis que afecta la seguridad y los servicios públicos. Será dramático”, dice Paulino.

En un nuevo proyecto de viviendas para personas de bajos ingresos en Pindamonhangaba, en el interior del estado más rico de Brasil, São Paulo, Júlio César Pedrozo, un guardia de seguridad desempleado, imprime más currículos. Esta ciudad industrial en la carretera entre Río de Janeiro y São Paulo es el lugar de nacimiento de dos de los candidatos a las elecciones de 2018 — Alckmin del PSDB y Gomes del Partido Democrático Laborista (PDT). Pedrozo ha estado buscando trabajo durante cinco meses, dice, víctima de la grave recesión en la que el PIB se contrajo en más del 7% entre 2015 y 2016. Aunque ahora hay una débil recuperación, Pedrozo dice que los empleos siguen escasos.

“Hace ocho años era más fácil dejar un trabajo porque conseguías otro inmediatamente. Hoy hay que pensarlo bien”, afirma.

Como antiguamente ganaba R$1.800 (US$486) al mes como guardia de seguridad, mientras que su esposa ganaba otros R$800 como panadera, la familia de Pedrozo solía caer en lo que muchos economistas brasileños definen como la clase media baja. Neri de FGV asegura que, en su mejor momento en 2014, la Clase C ganaba entre R$2.005 y R$8.640 por familia y creció de 66,5 millones de personas en 2003 a 116,7 millones de personas en 2015 (la cifra más reciente disponible) en un país de más de 200 millones de personas.

Desde entonces, el ingreso real promedio ha caído un 14,3% neto. A pesar de eso, hay indicios de que la población de la clase media baja se mantuvo relativamente estable, en parte debido a que las personas de mayor nivel de ingresos perdieron sus empleos y bajaron en la escala social.

“Tan sólo en el primer año de la crisis de 2015, 6 millones de personas cayeron en la pobreza. Hubo un fuerte ajuste a la baja”, resalta. Sin embargo, añade que la recesión no anuló por completo las ganancias de la próspera década previa, y que muchos de los que perdieron sus empleos iniciaron sus propios negocios.

“La crisis fue grande, pero las ganancias anteriores fueron aún mayores”, apunta Neri.
La pregunta ahora es si el próximo gobierno podrá emprender las reformas necesarias para crear un crecimiento duradero, incluyendo una renovación del costoso sistema de pensiones de Brasil, para reducir el insostenible déficit presupuestario, dicen los analistas. “Brasil tiene una situación fiscal muy delicada”, considera Alejandro Werner, director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI.

A pesar de su pobre desempeño en las primeras encuestas, los mercados consideran a Alckmin como el candidato con más probabilidades de impulsar las reformas. Con su largo historial como exgobernador de São Paulo — la potencia económica de Brasil — lo ven como alguien que tiene las habilidades de negociación necesarias para lidiar con un congreso a favor del gasto público desmesurado que está compuesto por casi 30 partidos.

Espedita de Lima, una madre soltera de más cincuenta años de edad que vive en el proyecto de vivienda Pindamonhangaba, dice que votaría por Alckmin. Apenas se mudó recientemente, y sobrevive con dos sillas de plástico y un televisor en el que ve programas de celebridades durante el día. Pindamonhangaba está sufriendo a causa de la violencia y las drogas.

Pero al igual que muchos brasileños, de Lima está enojada con la clase política y abandonaría a Alckmin si fuera condenado por corrupción. Alckmin está bajo investigación en un caso de financiación ilegal de campaña. “Esto en lo que un político dice que roba pero hace cosas. Ellos ganan lo suficiente como para no robar, ¿verdad?”, piensa.

A miles de kilómetros de distancia en Campo Verde, una ciudad agrícola en el estado central de Mato Grosso, los votantes se están decantando por Bolsonaro, de extrema derecha. Infame por alguna vez decirle a una congresista del PT que era demasiado fea como para “merecer” ser violada, Bolsonaro habla con agrado de la antigua dictadura militar y quiere armar a la ciudadanía contra el crimen. También está cortejando el poderoso grupo de presión de los granjeros en el Congreso y el gigantesco movimiento evangélico. Recientemente se rebautizó a sí mismo en el río Jordán.

Su mensaje sobre el crimen les resulta atractivo a las poblaciones rurales, las cuales han comenzado a sufrir el tipo de ataques armados que antes sólo ocurrían en las grandes ciudades.

“El bandido entra a tu casa, te roba, golpea a tu esposa e hijo, y no pasa nada”, se queja Edson Campos, un agricultor con 1.700 hectáreas de cultivos y 5.000 cabezas de ganado. Cree que muchas personas apoyarían una intervención militar, y dice: “La policía no tiene los recursos para brindar seguridad. Necesitamos el ejército”.

Bolsonaro está aprovechando el “factor miedo”, asevera Paulino, de Datafolha. De sus partidarios, el 60% fueron votantes de clase media acomodados menores de 34 años, el grupo más afectado por la recesión, dicen los analistas.

Hay indicios de que Bolsonaro también está atrayendo a algunos de los votantes masculinos de la clase media baja. “Es un extremista, está a favor de la pena de muerte, pero por el momento es la mejor opción”, afirma Lucas de Lima Pereira Santos, de 22 años. Él también está desempleado después de perder su empleo como obrero. Si un ladrón “mata, se le debe pagar con la misma moneda”, cree.

Los analistas advierten que el mapa electoral es todavía muy fluido. La campaña comenzará a finales de agosto. En Brasil, los partidos tradicionalmente forman grandes coaliciones para hacer campaña juntos con el propósito de obtener el derecho a más tiempo de televisión bajo las regulaciones. Esto beneficiaría a los candidatos principales, como Alckmin, o Gomes, quienes tratarán de captar la base de Lula da Silva.

El pequeño Partido Social Liberal de Bolsonaro, o PSL, podría tener dificultades para formar coaliciones. Aunque las redes sociales se están volviendo más importantes, muchos brasileños aún no tienen teléfonos inteligentes ni acceso a internet. Y más del 60% del electorado permanece indeciso, según Datafolha.

Más que nada, esta elección será una batalla por los corazones y las mentes de las clases medias bajas, dicen los analistas.

Ni siquiera puede descartarse la izquierda. Aunque algunos todavía creen que Lula da Silva, quien está apelando su condena, podría reaparecer, la perspectiva parece cada vez más improbable. A quien él apoye podría obtener alrededor del 20% de los votos. Después de todo, algunos brasileños todavía lo ven como un héroe, más en las zonas asoladas por la pobreza.

“Yo realmente no quiero que vaya a la cárcel. Si regresara, todos votaríamos por Lula aquí”, dice Rosangela da Silva dos Santos, una pequeña agricultora y dueña de una tienda en Belo Jardim en Pernambuco. “Si no, votaremos por quien él apoye. Ésa es la verdad”.

Joe Leahy y Andres Schipani

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