Lula, la esperanza aplastada

Lula brillaba y Brasil con él como una de las economías emergentes más prometedoras de la tierra, hoy la situación es otra para los dos. 

“El fiscal que anticipó su decisión de denunciar a Luiz Inácio Lula da Silva antes de escucharlo dio otra prueba de parcialidad al solicitar su detención preventiva”

“El fiscal que anticipó su decisión de denunciar a Luiz Inácio Lula da Silva antes de escucharlo dio otra prueba de parcialidad al solicitar su detención preventiva”.

Archivo particular

Internacional
POR:
Gloria Helena Rey
marzo 16 de 2016 - 12:06 a.m.
2016-03-16

Conocí a Luis Inácio Lula da Silva a finales de 1980, era obrero metalúrgico y comandaba las huelgas en la zona industrial conocida como el ABC paulista, en el estado de Sao Paulo, el más importante de Brasil.

Yo acababa de llegar a ese país como corresponsal del servicio Latinoamericano de la agencia norteamericana de noticias The Associated Press (AP).

Agonizaba allí una dictadura militar de más de 21 años, los exiliados empezaban a regresar y Lula, junto con otros, fundaba el Partido de los Trabajadores (PT), el mismo que lo llevaría al poder 22 años después.

A finales de 1980, cuando todo eso sucedía, el miedo y la desconfianza eran los que impregnaban la atmósfera del país más grande y poblado de América Latina. La esperanza, aún amordazada por las botas militares, no salía todavía de su escondite y el futuro estaba teñido por una rara mezcla de optimismo e incertidumbre.

Después de fundar el PT en 1980, Lula creó, dos años después, la Central Única de Trabajadores (CUT) y fue uno de los líderes de la campaña ‘Directas ya’, campaña que, en multitudinarias manifestaciones en todas las grandes capitales de Brasil, pidió el regreso a la democracia y elecciones presidenciales libres y directas entre 1984 y 1985.

Candidato presidencial

Después, el obrero, el sindicalista, el líder partidario se presentó tres veces a la presidencia, fue derrotado pero su figura se alimentó por la esperanza de millones de brasileños hasta que venció en el 2002. La esperanza, des amordazada, estalló en júbilo.

El Brasil paupérrimo, campesino, trabajador, obrero y clase media, o sea, más del 90 por ciento de los casi 200 millones de habitantes, lo consideró como “uno de nosotros allá” y le dio la bienvenida con los brazos llenos de orgullo, optimismo y esperanza. Lula montó un gobierno inteligente, que congregó a los mejores y más aptos en los cargos más importantes del gobierno, sin que mediara, necesariamente, la tendencia política de izquierda.

Sus programas contra la pobreza y el hambre lo subieron a la cúspide del prestigio en Brasil y, en el mundo, lo convirtieron en la cara confiable de su país y de la izquierda en América Latina, tanto que, en 2009, el presidente Barak Obama, durante una reunión del G20, lo señaló diciendo: “ese es el tipo. El político que está desde hace tiempo en el cargo más popular de la tierra”. Luego lo abrazó y su foto, impregnada de cariño y admiración, circuló por el planeta.

Líder mundial

Lula brillaba y Brasil con él como una de las economías emergentes más prometedoras de la tierra. El entonces presidente surgía como un líder mundial, que aplicaba las medidas económicas del mercado pero que le daba importancia a la política social.

Era invitado a los grandes foros internacionales y era venerado y admirado tanto por personajes de la izquierda como de la derecha.

Compartió prestigio y popularidad en el gran palco del mundo con líderes mundiales como la reina Isabel II, la primera ministra alemana Ángela Merkel y el presidente francés Nicolás Sarkozy, entre otros.

En el 2009 la revista Newsweek y el diario El País de Madrid lo nombraron como hombre del año, mientras que la popularidad de Lula dentro de Brasil superaba el 83 por ciento, que se catapultó al 87 por ciento cuando le entregó el poder a Dilma Rousseff en 2010, todo un récord histórico.

Por todo lo anterior duele que la esperanza, que Lula y el PT desamordazaron y fortalecieron hace más de dos décadas, la hayan aplastado después de llegar al poder de forma tan infame.

De partido de la esperanza el PT se convirtió en una especie de banda que asaltó a la séptima economía más importante del mundo, pues muchos de sus dirigentes más destacados hoy están presos por corrupción y Lula, el ícono del sueño brasileño, tras años de oscuridad y desesperanza, está a punto se seguirlos en ese camino. Qué gran tristeza causa hoy a miles de brasileños y latinoamericanos el empobrecimiento vergonzoso del otrora luminoso espíritu de Lula.

Su detención, así sea momentánea, y las acusaciones que lo vinculan al monumental escándalo de corrupción de Petrobras, la empresa de petróleos más importante de América Latina, deja un gusto muy amargo, que nos empuja al luto profundo y a la reflexión.

Pruebas contundentes

La Fiscalía dice que tiene pruebas contundentes contra Lula e insiste en su arresto preventivo y las multitudinarias manifestaciones en más de 400 ciudades de Brasil el fin de semana son prueba contundente de que la esperanza de todos fue aplastada y dio paso a la furiosa indignación popular. Este doloroso desenlace de lo que fue la gran esperanza de Brasil, arrincona a todos en la decepción, pero Brasil debe encontrar el mejor camino de salida, que respete su historia democrática y que lo fortalezca hacia el futuro como ese gran y prometedor país de América Latina.

Gloria Helena Rey
Especial para Portafolio