Nuevo secretario de Estado ayudará a lograr la visión de Trump de ‘EE. UU. primero’

Al reemplazar a Tillerson con Pompeo, el presidente estadounidense ha despedido a casi todos los que no comparten sus instintos.

Rex Tillerson, demitido de la Secretaría de Estado, no calló los desacuerdos con Trump.

Rex Tillerson, demitido de la Secretaría de Estado, no calló los desacuerdos con Trump.

Bloomberg

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marzo 16 de 2018 - 08:58 p.m.
2018-03-16

Y sólo quedó uno. Con la excepción de Jim Mattis, el secretario de defensa de EE.UU., Donald Trump ahora se ha deshecho de todas las personas que se le oponían.

La destitución de Rex Tillerson, cuyo despido se anunció en Twitter, elimina la brecha entre los instintos antiglobalizadores de Trump y la postura del jefe de la diplomacia estadounidense.

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Mike Pompeo, el reemplazo de Tillerson, comparte la mentalidad poco diplomática del presidente. Pompeo está dedicado a realizar las ideas de Trump. La política exterior de ‘EE.UU. primero’ de Trump está ahora más cerca de convertirse en realidad.

Los presagios para el mundo son trascendentales. Uno de los mayores pecados de Tillerson fue llamar a Trump “idiota”. Su filtrado exabrupto se produjo después de una reunión en la que el presidente había dicho que EE.UU. debería multiplicar por diez su arsenal de armas nucleares.

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La respuesta despectiva de Tillerson rompió dos reglas cardinales del trabajo con Trump. La primera fue mostrar deslealtad, algo que Trump no puede tolerar. Cuestionar su cociente intelectual es tabú. La segunda fue enfrentarse a él en repetidas ocasiones en los asuntos de gran importancia.

Gary Cohn, quien renunció la semana pasada como asesor económico de Trump, también rompió ambas reglas.

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El verano pasado le dijo al Financial Times que no estuvo de acuerdo con la imparcialidad de Trump en el enfrentamiento de la derecha alternativo con los manifestantes en Charlottesville. También se opuso a los instintos proteccionistas de Trump, al igual que Tillerson. A H.R. McMaster, asesor de seguridad nacional de Trump, ya no se le considera un freno.

En el mundo de Trump, la deslealtad y el desacuerdo son la misma cosa. En Pompeo, Trump encontrará un verdadero lealista.

Sea lo que sea que Trump quiera, él lo obedecerá. Pompeo ha cruzado a menudo esa línea como director de la Agencia Central de Inteligencia, un rol cuyo objetivo es canalizar el asesoramiento neutral en lugar de actuar como porrista de las políticas.

A pesar de todos sus defectos, que fueron muchos, Tillerson no calló sus desacuerdos con Trump. Los principales fueron los impulsos del presidente sobre Rusia, Irán y el compromiso estadounidense con el mundo musulmán.

No es casualidad que el último comentario de Tillerson antes de su despido fuera hacerse eco de la opinión de la primera ministra británica, Theresa May, de que era “altamente probable” que Rusia hubiera envenenado a un ex espía en suelo británico. Si Tillerson sabía que estaba a punto de ser despedido cuando dijo eso, no viene al caso.

Trump, que es reacio a criticar a Vladimir Putin, dijo que él y Tillerson “no coincidían en muchas cosas”. Por el contrario, él y Pompeo “tienen un proceso de pensamiento muy similar. Creo que todo va a ir muy bien”.

Cabe señalar que May dio a entender que Rusia había atacado al Reino Unido, lo cual podría activar el Artículo 4 de la OTAN que convoca a consultas o incluso el Artículo 5 sobre la defensa colectiva.

Tillerson hizo todo lo posible para persuadir a Donald Trump de que apoyara a la OTAN públicamente. Se desconoce si Pompeo siquiera lo intentará.

Además, Pompeo es un crítico visceral del acuerdo de armas nucleares con Irán, el cual, según él, debería eliminarse. Coincide con Trump en esto.

Tillerson y Mattis han argumentado que torpedear el acuerdo sería desastroso. Podría provocar la rápida nuclearización de Irán y la guerra con Arabia Saudita. También profundizaría la división de EE.UU. con sus aliados europeos.

Las posibilidades de que Trump elimine el acuerdo cuando se someta a la certificación en unas pocas semanas han aumentado considerablemente.

Asimismo, el impacto potencial en la cumbre planificada de Trump con Kim Jong Un, de Corea del Norte, es enorme.

Los expertos en Corea del Norte descartan las posibilidades de que Trump pueda persuadir al “hombre cohete” de desnuclearizar la península de Corea, lo cual es el objetivo explícito del presidente estadounidense. Si EE.UU. se retirara del acuerdo con Irán, Kim tendría incluso menos incentivos para llegar a un acuerdo con Donald Trump.

Los peligros de una repercusión beligerante de una cumbre fallida con Kim Jong Un son agudos. Como jefe de la CIA, Pompeo ha hablado públicamente sobre derrocar a Kim.

Por último, está el mundo musulmán. El punto de vista de Pompeo coincide con el argumento del choque de civilizaciones propuesto por Stephen Bannon, ex estratega en jefe de Trump. Los dos son amigos.

Pompeo ha hablado frecuentemente el lenguaje de la guerra santa entre el islamismo radical y un mundo occidental de mayoría cristiana.

Por el contrario, Tillerson se apegaba al guión tradicional sobre los malos actores islamistas que pervierten una religión noble. El resultado de todo esto es nefasto para las relaciones de EE.UU. en Medio Oriente y más allá.

El martes, el mandatario estadounidense dijo que ahora estaba “más cerca de tener el gabinete que quiero”. Dos hombres se interponen entre Trump y una presidencia sin restricciones.

El primero es Mattis. Su papel ahora cobra aún mayor importancia. El segundo es Robert Mueller, el fiscal especial. Su seguridad laboral ahora representa la seguridad nacional de EE.UU.

Edward Luce
Columnista de Financial Times

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