Este pueblo vive rodeado de veneno

Avia Terai, una pequeña población rural de la provincia argentina de Chaco, rodeada por inmensos campos de algodón transgénico, denuncia que el regado masivo con agroquímicos de esos cultivos provoca desde hace más de diez años enfermedades respiratorias y cancerígenas en los vecinos.

Axia de 8 años besa a su hermano.

Archivo particular

Axia de 8 años besa a su hermano.

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mayo 09 de 2015 - 03:22 p.m.
2015-05-09

El pueblo fue visitado por los viajeros de "Chaco Ra'anga", proyecto en el que 12 científicos y artistas recorren durante un mes la región del Gran Chaco sudamericano, la segunda zona boscosa más extensa de Sudamérica, que se extiende por Argentina, Bolivia y Paraguay.

Aixa, habitante de Avia Terai, tiene 8 años y todo su cuerpo cubierto de manchas y verrugas negras. Hace pocas semanas volvió de Buenos Aires, donde le extrajeron cuatro tumores de la espalda, pero los médicos aún no han podido comprobar el origen de su extraña enfermedad.

Son necesarios costosos estudios moleculares para que los científicos puedan entender de dónde proceden esos tumores, marcas y sarpullidos que, como ella, otros tres niños del pueblo también tienen en su piel, según explicó la médica María del Carmen Seveso, integrante de la Red de Salud Popular Ramón Castillo.

Seveso y algunos de los pobladores del lugar opinan que los constantes regados con agroquímicos y los residuos de una de las principales fábricas de semillas transgénicas del país, llamada Genética Mandiyú y ubicada en la localidad hace 17 años, son los que provocan la aparición de estas enfermedades en la zona.

"Antes de la llegada de los cultivos transgénicos, nunca se había visto nada parecido", manifestó Seveso. Los campos de algodón transgénico son regados cada semana desde hace más de una década con agroquímicos compuestos con glifosato, un pesticida que la Organización Mundial de la Salud (OMS) etiquetó como "cancerígeno" el mes pasado.

A menos de diez metros del patio de la casa de Aixa, en el humilde barrio de viviendas construidas por el Estado hace tres años, se encuentra un hangar desde donde cada día despegan avionetas para regar los campos con agroquímicos.

La pequeña escuela del barrio tiene una bandera blanca en su tejado. La puso la maestra que, impotente, ya no sabe cómo proteger a los niños cuando el avión expande el veneno. "Siempre es lo mismo, el avión tira el veneno y no se puede estar ni afuera ni adentro.

Los niños se sofocan, tienen dolores de garganta. Viven enfermos", dijo Olga Toledo, que lleva a sus seis hijos a esa escuela, y vive a unos pocos metros de la familia de Aixa.

Aixa juega con sus hermanos en el salón de la casa, va y viene, sin parar de sonreír, alrededor de su madre, Silvia, que explica que su hija está entre las primeras de su curso, que ayuda mucho en la casa y que no tiene ningún complejo por sus manchas, que se extienden por sus manos, brazos y rostro.

Una siniestra paradoja se ve en los patios de muchas de las casas de los vecinos del humilde barrio construido frente al campo de algodón. Bidones apilados, blancos y azules, los mismos que se usan habitualmente en el campo para el traslado de los agroquímicos, son aprovechados por las familias para almacenar el agua que consumen.

Según la doctora Seveso, los residuos de la empresa Genética Mandiyú son arrojados a una calle del pueblo. "Tengo fotos de eso, y lo notable es que la empresa nunca tuvo un control, ni un estudio de impacto ambiental. Nunca se comprobó la salud de los trabajadores, cuando hay personas que, desarrollando trabajos administrativos, sufren de enfermedades respiratorias y de la piel", dijo.

"Todo lo que se maneja en el ambiente es tóxico", explicó Seveso, quien aseguró además que en las últimas dos décadas han aumentado en la zona los nacimientos de niños con enfermedades linfáticas y malformaciones.

El proyecto Chaco Ra'anga está realizado en el marco de ACERCA: Programa de capacitación para el desarrollo en el sector cultural, financiado por la Cooperación Española y en colaboración con la Red de Centros culturales y la Fundación Internacional y para Iberoamérica de Administración y Políticas Públicas (FIIAPP).

EFE