Río sufre las consecuencias de la caída de Eike Batista

La implosión del efímero imperio de negocios del brasileño Eike Batista costó miles de millones de dólares a los inversionistas que apostaron por él. Y no fueron los únicos perdedores.

Eike Batista ha visto como las empresas de su emporio han caído de manera sistemática.

Archivo Portafolio.co

Eike Batista ha visto como las empresas de su emporio han caído de manera sistemática.

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octubre 25 de 2013 - 09:51 p.m.
2013-10-25

Río de Janeiro también fue estremecida por el rápido declive de Batista, un pintoresco magnate que fue operador de oro de la Amazonia y también piloto de lanchas de carreras.

Batista creó compañías de minería, energía y astilleros que fue sacando al mercado a partir del 2006 y apenas unos años más tarde, en el 2012, lo convirtieron en el séptimo hombre más rico del mundo con una fortuna que la revista Forbes estimó en 30.000 millones de dólares.

Los nombres de todas sus firmas terminaban en X, una letra que, decía, simbolizaba la multiplicación de la riqueza.

Con el mismo discurso que usó para seducir a los inversionistas, Batista se transformó en el mayor impulsor de la revitalización de Río de Janeiro, la exuberante antigua capital de Brasil que se transformó en las últimas décadas en una ciudad violenta y llena de favelas.

En su mejor momento, Eike -como el empresario de 56 años es conocido en Brasil- financió la campaña que le permitió a Río de Janeiro ganar la organización de los Juegos Olímpicos del 2016.

Compró patrulleros de policía para los barrios más pobres de su ciudad y ayudó a descontaminar una pintoresca laguna.

Compró un simbólico hotel y una marina y prometió que los habitantes de São Paulo, la capital de los negocios de Brasil, ‘morirían de envidia’.

Junto con algunos avances de las autoridades locales en el combate contra el crimen, la suciedad y las plagas urbanas, los esfuerzos de Batista ayudaron a crear la sensación de que la recuperación de Río de Janeiro estaba efectivamente ocurriendo, al menos en las partes más ricas de la ciudad.

"No sé a dónde estaríamos sin él", dijo Rosa Celia Barbosa, una cardióloga de Río de Janeiro que en el 2011 recibió 30 millones de reales (13,9 millones de dólares) para un hospital infantil.

Después de pelear durante más de una década para obtener financiamiento, la donación de Batista le permitió terminar la construcción y adquirir los equipos necesarios.

Pero ahora, a medida que los acreedores se abalanzan sobre lo que queda del imperio de Batista, su gran sueño para Río de Janeiro también está casi en la bancarrota.

Su estrella se desvanece justo cuando la ciudad se prepara para la Copa Mundial de fútbol del 2014 y para los Juegos Olímpicos dos años después, dos eventos que él esperaba que ayudaran a mostrar su rol como benefactor de Río de Janeiro.

"La gente aquí creía en este patrono, este magnate que iba a financiar una transformación que ni siquiera el Gobierno podía", dijo Fernando Gabeira, un ex congresista y candidato a alcalde y gobernador.

"Sus intenciones eran buenas, pero la realidad se impuso", agregó. Batista, a través de un portavoz, declinó comentar sobre sus descarrilados planes para Río de Janeiro.

Es demasiado temprano para decir cuál será el costo de la caída de Batista para la economía de Río de Janeiro.

Como cuartel general para un grupo que logró atraer miles de millones de reales mediante ofertas de acciones y crédito, es difícil calcular cuánto perdió Río de Janeiro con el naufragio de su visión. Sin embargo, la mayoría de sus compañías eran aún jóvenes, no generaban dinero ni tampoco representaban fuentes significativas de recaudación tributaria. Los empleados y proveedores aún creen que sus emprendimientos, algunos ya en manos de nuevos dueños, pueden resultar rentables.

Y los inversionistas que perdieron dinero no están concentrados en Río de Janeiro.

Parte del impacto, sin embargo, ya es aparente en una ciudad donde el empuje de Batista, mientras duró, se manifestó en todas partes.

Los logotipos de sus compañías, antes impresos en las redes de las canchas de voleibol de las playas y hasta en los andamios del deteriorado centro de Río de Janeiro, desaparecieron casi tan rápido como habían aparecido. Y junto con ellos se fue también su generosidad. También hay que tomar en cuenta los 351 vehículos que donó a las fuerzas policiales y que ahora están desplegados en las favelas de Río de Janeiro, los barrios pobres dominados por décadas por bandas de narcotraficantes.

Las camionetas, furgonetas y motos eran parte de una contribución de 20 millones de reales anuales que Batista ofreció desde el 2010 al estado de Río de Janeiro para ayudar en la ‘pacificación’ de las favelas.

En agosto, sin embargo, Batista interrumpió su apoyo. Ahora, muchos de aquellos vehículos están parados porque el estado no los había incluido en el contrato de seguros que cubre el resto de su flota.

Extra, un diario de Río de Janeiro, reveló en septiembre que algunos oficiales de policía, que muchas veces ganan apenas un poco más de un salario mínimo, estaban costeando las reparaciones de sus propios bolsillos. Un portavoz del gobierno del estado de Río de Janeiro dijo que trabajan para remediar el problema y que la donación, aunque bienvenida, era una pequeña parte del presupuesto total de más de 3.000 millones de reales para las ‘unidades de pacificación’, como son llamadas las unidades en las favelas.

Por lo tanto, dijo, la ruptura del acuerdo no debería repercutir en un aumento del delito ni otras consecuencias de seguridad.

PATRONO DE RIO

 Durante su ascenso, Batista se presentó como el patrono de Río de Janeiro: empleador de miles de personas, pero también un visionario capaz de revertir medio siglo de declive en el que Brasil trasladó su capital a Brasilia y São Paulo la eclipsó como centro industrial y financiero.

Sus esfuerzos empezaron en el 2008, cuando lanzó un proyecto junto a los gobiernos de la ciudad y el estado de Río de Janeiro para limpiar una contaminada laguna entre algunos de los barrios más conocidos de la ciudad. Batista prometió 28 millones de reales para descontaminar la laguna, aislarla de las filtraciones de aguas de cloacas y otros contaminantes y estudiar propuestas para elevar el flujo natural de agua de mar, necesaria para lograr un equilibro sostenible de nutrientes. Una vez concluido, dijo Batista, Río de Janeiro lo vería zambullirse en la laguna. Ese mismo año, pagó 80 millones de reales por el Hotel Gloria, un opulento palacio de una manzana de extensión frente a la bahía de Río de Janeiro que recibió en su día a presidentes y dignatarios extranjeros.

El empresario dijo que invertiría 80 millones de reales más para devolver el esplendor a un barrio entonces conocido por los travestis y prostitutas. En el 2009 ganó una concesión para administrar y modernizar una marina cerca del hotel, a pasos del edificio ‘art deco’ donde pronto instalaría el cuartel general de su conglomerado EBX.

Su plan, dijo, era conectar la marina y el hotel con un ambicioso complejo que incluiría un centro comercial, de entretenimiento y conferencias.

Y mientras tanto siguió entregando cheques a obras de caridad y otras causas. Auspició un equipo de voleibol. Donó dinero, por ejemplo, para un proyecto que replantaría los bosques autóctonos del sudeste de Brasil.

Los más escépticos cuestionaron los motivos detrás de la generosidad de Batista, especialmente porque a veces salpicó a políticos y líderes del gobierno encargados de regular algunos de sus negocios: desde la marina, alquilada a la alcaldía de Río de Janeiro, hasta un gigantesco puerto que estaba construyendo al norte de la ciudad.

En el 2009, por ejemplo, prestó un avión privado para que el gobernador y el alcalde de Río de Janeiro volaran a Copenhague a un evento olímpico como parte de la candidatura de la ciudad para organizar los Juegos del 2016. Batista ya había contribuido a la campaña con 23 millones de reales, más que cualquier otra firma o individuo. Batista, el gobernador y el alcalde rechazaron repetidamente en aquella época sugerencias de un conflicto de intereses.

Como las donaciones fueron realizadas a la campaña olímpica, no a los políticos, estaban dentro de la ley. En el 2010, algunos de sus planes para Río de Janeiro, igual que sus proyectos petroleros y portuarios, comenzaron a sufrir contratiempos: desde retrasos en las licencias hasta desafíos en los tribunales.

La modernización del Hotel Gloria, que debía concluir en el 2011, fue repetidamente pospuesta por razones no especificadas para después de la Copa Mundial del 2014. Y algunos usuarios de la marina comenzaron a oponerse a la idea de convertir el lugar en algo más que un puerto.

"No era un proyecto de marina", dijo Alexandre Antunes, capitán de bote pesquero que rechaza la propuesta. El año pasado, cuando los inversionistas perdieron masivamente la fe en su capacidad de ofrecer ganancias, los negocios y otros intereses de Batista estaban tan entrelazados que todo empezó a desmoronarse a la vez.

El hotel, que ahora está en venta, continúa siendo una estructura vacía detrás de unos andamios y lonas. En vez de revitalizar el comercio en los decrépitos alrededores, la construcción abandonada atrae a personas sin hogar y palomas. "Se suponía que a estas alturas estaríamos atareados con los taxistas y empleados de hotel", dijo Manuel Gonçalves, el dueño de un bar a una cuadra del hotel. Sin embargo, "son los pocos clientes de siempre", añadió. En la marina, el gerente Ricardo Passos contó que está preparándose para irse tan pronto como Batista venda su concesión. "No sé cuándo, pero estamos de salida", dijo. En la laguna, mientras tanto, la situación es bastante parecida a antes de la limpieza. Casi nadie, ni siquiera Batista, se atreve a nadar allí.

"Pesco incluso menos peces que antes", dijo Walter Marins, una de las cerca de 30 personas autorizadas a pescar róbalo, camarones, cangrejos y otros animales en la laguna. La limpieza, aseguró, alteró el hábitat del lugar.

AGENCIAS

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