Terroristas amenazan la vida peatonal en Europa

Planificadores urbanos enfrentan el gran reto de preservar las tradiciones de sociabilidad cívica.

Barcelona - atentado

Las principales ciudades en Europa han instalado dispositivos de seguridad en las zonas más turísticas para tratar de prevenir nuevos atentados terroristas. 

EFE

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agosto 25 de 2017 - 07:36 p.m.
2017-08-25

Se están erigiendo barreras a través de Europa. Horas después de que un terrorista, conduciendo una camioneta, atropellara a peatones la semana pasada en Las Ramblas en Barcelona, Madrid instaló enormes macetas en la Puerta del Sol en la capital española. Las entradas a la Galleria Vittorio Emanuele, que conducen a la catedral de Milán, están bloqueadas por separadores de tráfico de concreto que no combinan con el entorno.

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La ciudad de Niza, que padeció el peor ataque realizado con un vehículo hasta la fecha, recientemente instaló una cerca de pilares de concreto y cables para acordonar la Promenade des Anglais, donde murieron 86 personas el año pasado en el Día de la Bastilla. Asimismo, Londres, acechada por dos atentados este año, ha instalado bloques en las pasarelas peatonales en los puentes.

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Estos ataques además de causar la pérdida de vidas inocentes, son una amenaza siniestra en contra de una tradición esencialmente europea: “el paseo”, “la passeggiata, “the promenade”.

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La actividad peatonal se ha convertido en un elemento central de la planificación urbana. Un estudio sugiere que las personas que viven en sitios donde pueden caminar realizan 100 minutos más de actividad física a la semana que las personas que no viven en esos tipos de lugares.

Las ‘reuniones de caminata’, preferidas por Steve Jobs y Mark Zuckerberg, se han convertido en la moda para estimular la creatividad en Silicon Valley y más allá.

Pero los europeos no necesitan una lección de profesores y empresarios para saber que caminar es una actividad saludable. Llevan siglos paseando sociablemente hacia un mayor bienestar.

Cuando el oficial de la marina estadounidense, Alexander Slidell Mackenzie, llegó a Barcelona en 1826, reservó una habitación con una vista de Las Ramblas. La calle, construida sobre un antiguo lecho de río y en ese momento recién urbanizada, era “constantemente frecuentada por toda clase de personas y, por la tarde estaba totalmente llena”, escribió en su libro de viajes ‘Un Año en España’.

Hombres y mujeres bien vestidos convivían con campesinos, artesanos, oficiales franceses y sus novias, estudiantes, sacerdotes y monjes.

No hace falta decir que la amenaza de un ataque inminente pone en peligro esta tradición de realizar actividades cosmopolitas al aire libre.

La esencia del paseo — que en París inspiró el ideal del flâneur, el observador relajado de la vida de la ciudad — es ser una actividad tranquila. Por ejemplo en Milán, que ciertamente no es la ciudad más relajada de Italia, realizar una passeggiata, vistiendo las prendas elegantes del domingo, por la Galleria y el Duomo, es una reafirmación semanal de la parte que todos desempeñamos en la sociedad civilizada.

La amenaza del terrorismo tal vez haya convencido a algunos nerviosos boulevardiers a desviarse a lugares menos poblados, usar el coche o quedarse en el sofá en casa. Para aquellos que se aventuran a salir, tener que estar pendientes para protegerse de asesinos en camionetas, destruye el concepto de un civilizado paseo citadino que es una perfecta actividad para observar a los que te rodean sin estrés.

No debemos romantizar demasiado esta noción. En estos días, Las Ramblas es tanto una atracción turística superpoblada como una amenidad cívica. “Ha evolucionado de ser la calle favorita de los barceloneses a una calle que muchos evitan”, afirmó Eduard Cabré, consultor de planificación urbana, al sitio Web Citylab poco después de los ataques.

Y, por supuesto, las autoridades locales deben proteger a los ciudadanos de posibles amenazas. De ahí los nuevos bolardos en muchos de los bulevares.

Sin embargo, “realmente no queremos abolir a los peatones o acabaremos con ciudades fantasmas”, destacó Marialena Nikolopoulou de la Escuela de Arquitectura de Kent. Ella y otros han probado alternativas inteligentes para fortificar espacios públicos, como usar espejos o crear decoraciones en las calles y aceras para inspirar a los peatones a reaccionar juguetonamente, de modo que la conducta sospechosa se destaque.

Vale la pena intentarlo, aunque sólo sea para salvaguardar la demostración pública de la sociabilidad cívica y el intercambio amistoso tan admirado por generaciones de visitantes.

“No se puede elogiar demasiado la actividad de pasear”, escribió Mackenzie en la década de 1820. “Aporta una diversión que es encantadora e inocente al mismo tiempo, y de la cual ni siquiera los más pobres son excluidos; es una escuela donde las costumbres públicas son refinadas por las relaciones sociales y la observación mutua; y es una actividad en la que familias se encuentran con familias, y amigos se encuentran con amigos, en un terreno neutral”.

Una de las terribles consecuencias de los ataques terroristas en Europa es que ahora se tenga que blindar ese terreno neutral como si fuera potencial campo de batalla.

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