Todo el mundo parece ser economista en Argentina

No es exagerado decir que la mayoría de los argentinos están más interesados en escuchar los pronósticos del valor del dólar que del tiempo.

Nicolás Dujovne.

Nicolás Dujovne.

EFE/Alberto Ortiz

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Portafolio
julio 13 de 2018 - 08:30 p.m.
2018-07-13

La mayor parte del tiempo, la portera del edificio junto a mi casa en Buenos Aires se queda en la calle fumando lánguidamente sus cigarrillos o chismeando ociosamente con la peluquera dos puertas más abajo. Últimamente, ha estado un poco agitada. Hace unas semanas, llegó corriendo mientras yo salía, me tocó en el hombro, y dijo de golpe: “¿Tienes dólares para vender?”

Sin saber qué pensar de su suposición de que yo podría tener una reserva de dólares por ahí para venderle, cortésmente le dije que no. “El peso está por las nubes, ahora es el momento de venderlos”, me respondió con inquietud.

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Su preocupación era comprensible. Ese día de mayo, en medio de un reciente movimiento especulativo contra la moneda, el peso perdió varios puntos porcentuales frente al dólar. Ha perdido más de un tercio de su valor este año. En un intento por calmar los nervios, el presidente Mauricio Macri obtuvo, de forma muy polémica, una línea de crédito de US$50.000 millones del FMI. Su anuncio en junio trajo malos recuerdos de la vez anterior que el FMI le hizo un préstamo a Argentina, lo cual provocó un devastador colapso financiero en 2001.

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En ese entonces, se podía comprar un dólar con un peso. Ahora, un dólar cuesta alrededor de 28 pesos. Por lo tanto, no es de extrañarse que los argentinos estén muy conscientes del valor de su moneda. No es exagerado decir que la mayoría de los argentinos están más interesados en escuchar los pronósticos del valor del dólar (suelen hablar del dólar, no del peso) que del tiempo.

La volatilidad económica de Argentina del pasado ha tenido un profundo impacto sobre su gente. Muchos no son sólo experimentados especuladores de divisas como mi vecina, sino que también conocen muy bien las sutilezas de la teoría macroeconómica. Es perfectamente normal, por ejemplo, tener un acalorado debate en una cena, sin la presencia de economistas entrenados, acerca de si el déficit en cuenta corriente o el presupuesto es la causa principal de los problemas de la economía. Tampoco es inusual tener una discusión informada con un taxista sobre el enfoque del banco central hacia la intervención en los mercados de divisas.

“Lo que está haciendo el banco central es una locura. ¿Por qué vender miles de millones de dólares por 20 pesos, sólo para dejar que el peso se deslice más tarde sin intervenir? Para mí, no tienen ningún sentido”, me dijo un malhumorado taxista recientemente, al reflexionar sobre los vanos intentos del banco para respaldar el valor del peso.

Como los fenómenos económicos ocupan un lugar tan central en la vida cotidiana, los economistas profesionales disfrutan de un papel especial en la sociedad. Muchos se convierten en celebridades, y aparecen regularmente en programas de televisión en horario estelar. Atraen a cientos de miles de seguidores en Twitter. El principal economista de la nación - el ministro de economía - ha sido tradicionalmente conocido como un “superministro”.

La ironía, por supuesto, es que, a pesar de esta aparente proliferación de economistas, Argentina ha sido patentemente incapaz de solucionar sus problemas económicos.
El “superministro” del momento, Nicolás Dujovne, señala que, si bien no hay escasez de economistas ‘de sillón’ que quieren explicar lo que está sucediendo a un público ansioso, no hay muchos economistas académicos.

“Siempre digo que el éxito de Argentina se podrá medir el día en que la gente no sepa quién es el ministro de economía”, reflexiona en su despacho con vistas al palacio presidencial de Buenos Aires. “Esperemos que dentro de algunos años no tengan ni idea; eso significará que las cosas van bien”.

Benedict Mander

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