Trump destruye la confianza internacional en EE.UU.

Las dudas abundan acerca de las tácticas del presidente estadounidense en relación con Corea del Norte y con Irán

reunión de Kim Jong-un y Moon Jae-in

Tras la reunión de Kim Jong-un y Moon Jae-in, siguen dudas sobre el programa nuclear.

Reuters

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mayo 04 de 2018 - 07:48 p.m.
2018-05-04

¿Paz con Corea del Norte? ¿Guerra con Irán? Incluso para los estándares de Donald Trump, el caleidoscopio de Washington está cambiando vertiginosamente rápido. El presidente estadounidense dice que quiere un acuerdo con Pyonyang para que deseche sus armas nucleares. También está dispuesto a destruir la confianza internacional en el liderazgo de EE.UU. al incumplir el pacto nuclear con Irán. La contradicción es ampliamente despreciada. Ésta no es la forma de detener el deslice global hacia la proliferación nuclear.

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El notable deshielo en las relaciones de Trump con el régimen norcoreano de Kim Jong-un ha arruinado las predicciones. Sólo unos meses después de que los líderes intercambiaran una lluvia de amenazas e insultos, ahora se habla de la desnuclearización de Corea y de un tratado de paz permanente. Con su acostumbrada ‘modestia’, Trump piensa que es probable que él termine recibiendo el Premio Nobel de la Paz.

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Al resto de nosotros se nos puede perdonar un cierto escepticismo. Al visitar Seúl el otro día, me encontré con un sinfín de dudas acerca de la diplomacia en pro de la paz iniciada por el presidente surcoreano Moon Jae-in. Entre los observadores que han estado siguiendo los desarrollos de Pyonyang por un largo tiempo, la opinión predominante parecía ser que Moon está permitiendo que la esperanza desalojara al realismo. Sus buenas intenciones lo han cegado a las verdades desagradables.

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Raras veces, si es que alguna vez ha sucedido, un líder se ha reinventado tan exitosamente, y en tan poco tiempo como lo ha hecho Kim. Caricaturizado durante mucho tiempo como un loco empeñado en la conflagración nuclear, él se ha convertido en un hombre de paz que busca terminar con un conflicto que ha desestabilizado el este de Asia durante 70 años. No importa que él presida un régimen brutalmente cruel; ni que innumerables norcoreanos hayan muerto de hambre en la persecución de la bomba. Yo escuché a uno de los partidarios de Moon decir, de forma extravagante que, en Kim, Pyonyang había encontrado a su Michael Gorbachov.

A diferencia del reformador que presidió la disolución de la Unión Soviética, Kim parte de una posición de fortaleza. Incluso antes de cualquier reunión con Trump, él ha logrado la mayoría de sus objetivos. La prometida reunión le otorga el estatus que tanto ha anhelado. Washington ha validado la declaración de Corea del Norte de haberse unido a la categoría de las potencias nucleares del mundo. ¿De qué otro modo pudiera el líder de una pequeña y beligerante nación haber captado la atención del presidente de EE.UU.?

Según los expertos, Pyonyang ya tiene una acumulación de entre 40 y 100 bombas.

Exitosamente ha puesto a prueba misiles capaces de atacar a Japón y, según informes de inteligencia occidentales ciertamente incompletos, no está lejos de construir un misil balístico intercontinental (ICBM, por sus siglas en inglés) que llegaría a la costa oeste de EE.UU.

La versión de Corea del Norte de la glásnost ha desestabilizado la relación entre EE.UU. y sus aliados regionales. El panorama más aterrador para Japón y para Corea del Sur es que Trump haga un trato con Kim que resulte en que Pyonyang abandone su programa de ICBM pero mantenga sus otras capacidades nucleares y de misiles. Después de todo, el presidente estadounidense ha dejado en claro que su objetivo es proteger el territorio estadounidense. Él ha parecido estar mucho menos preocupado por la preservación de la protección nuclear de Washington sobre Japón y sobre Corea del Sur.

Fuera del círculo cercano al presidente Moon existe un profundo escepticismo acerca de si Corea del Norte realmente abandonaría un proyecto nuclear perseguido por tres generaciones de la dinastía Kim como el último garante de la seguridad del régimen. ¿Por qué renunciar al programa nuclear ahora que ha demostrado su valía al captar la atención de Trump? Cuando Kim promete una desnuclearización, lo más probable es que quiera unirse a conversaciones multilaterales abiertas sobre desarme nuclear. La bomba de Corea del Norte tomaría su lugar junto a las de EE.UU., de Rusia, de China y del resto de los países en conversaciones que se extenderían hasta el próximo siglo.

La lógica es impecable. Los regímenes derrocados en Irak y en Libia probablemente habrían sobrevivido si hubiesen tenido armas nucleares. Las bombas de Kim lo mantienen a salvo.

Cualquier duda residual al respecto se disipará si, como se anticipa, Trump anuncia la derogación del acuerdo de paralización nuclear con Irán. No pudiera existir un incentivo más poderoso para que Corea del Norte mantenga su arsenal que el hecho de que Washington abandone el acuerdo con Irán.

Muchos considerarían tal decisión como el posible preludio de otra guerra en el Medio Oriente. Benjamin Netanyahu, el primer ministro de Israel, parece tener esperanzas de que así sea. Esta semana presentó lo que él calificó como un enorme hallazgo de inteligencia que detallaba las ambiciones nucleares de Teherán. A pesar de la teatralidad, Netanyahu no produjo nada nuevo: Irán tenía un programa de armas nucleares hasta 2003 y había hecho trampa en sus obligaciones antes del 2015.

Si de algo sirvió la presentación fue más bien para justificar el mantener el acuerdo. Mientras más avanzada esté la consecución de la bomba por parte de Irán, más relevante es la justificación de la paralización. La derogación estadounidense dividirá la alianza occidental y le concederá a Irán una posición moral superior a nivel internacional.

El primer ministro israelí, sin embargo, tiene objetivos más amplios. Él ha buscado durante mucho tiempo arrastrar a EE.UU. hacia una guerra que le permitiría a Israel expulsar a las fuerzas iraníes de sus bases en Siria y en Líbano. Al presidente Moon de Corea del Sur se le debiera felicitar por su apertura al norte. Si por ninguna otra razón, hay que felicitarlo por haber prevenido el plan de Trump de lanzar “fuego y furia” sobre Pyonyang. El mundo, sin embargo, escasamente parece ser un lugar más seguro. El mensaje de Trump a los regímenes indeseables no pudiera ser más peligroso: si quieres estar a salvo de EE.UU., construye una bomba.

Philip Stephens

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