Trump, Xi y Modi cantan el himno del nacionalismo

Una nueva generación de líderes mundiales está adoptando temas nacionalistas.

El francés Emmanuel Macron y Donald Trump

El francés Emmanuel Macron y Donald Trump son actualmente los portavoces más importantes de las visiones rivales de la política internacional.

Archivo / AFP

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diciembre 01 de 2017 - 08:20 p.m.
2017-12-01

“No dignificaré ningún evento que irrespete a nuestros soldados... o a nuestro himno nacional”, declaró Mike Pence, vicepresidente de EE.UU., después de abandonar un partido de fútbol el mes pasado, cuando algunos jugadores “se hincaron” mientras tocaba el himno nacional, “Star Spangled Banner”. La disputa de la administración Trump con atletas de alto perfil podría parecer insólita y algo que sucede “solo en EE.UU.”. Pero argumentos similares sobre himnos nacionales están teniendo lugar en China, India y Europa.

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Estas disputas sobre los himnos son un síntoma de una lucha ideológica global entre nacionalistas e internacionalistas. En EE.UU., China e India, los nuevos nacionalistas justifican la defensa militante de los himnos nacionales como patriotismo simple y saludable. Pero un enfoque estridente en los himnos nacionales también tiene un lado inquietante, ya que a menudo está vinculado con el iliberalismo a nivel doméstico y con agresiones a nivel internacional.

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A principios de este mes, el Congreso Nacional del Pueblo de China aprobó una ley que criminaliza el acto de insultar al himno nacional del país, punible con hasta tres años de prisión. La movida es parte de una creciente moda para exhibir patriotismo en China, como parte de lo que el presidente Xi Jinping llama el “gran rejuvenecimiento” de su pueblo. También refleja las crecientes tensiones entre el gobierno de China continental y la semiautónoma Hong Kong. En recientes partidos de fútbol en Hong Kong, el himno chino ha sido abucheado por manifestantes anti-Beijing.

La versión india de esta disputa fue desencadenada por un fallo de la Corte Suprema el año pasado que ordenaba que el himno nacional se tocara antes de cualquier película mostrada en un teatro público. Los partidarios de la sentencia argumentan que el himno es un pegamento importante en un país multirreligioso que habla cientos de idiomas. A los indios liberales les preocupa que refleja un aumento del nacionalismo intolerante bajo el primer ministro, Narendra Modi, que está haciendo la vida más dura para las minorías religiosas y los críticos del gobierno. También señalan incidentes de vigilantismo en los que los aficionados al cine, que no se levantaron para el himno, han sido atacados.

Una controversia diferente con respecto a los himnos ocurrió en Francia, cuando Emmanuel Macron celebró su victoria electoral, el pasado mes de mayo. La música de fondo cuando el nuevo presidente salió al escenario no era la Marsellesa, sino la “Oda a la Alegría” de Beethoven, el himno de la UE. Ésta fue una reprimenda deliberada a sus derrotados oponentes nacionalistas y anti-UE del Frente Nacional.

El hecho de que Macron y Trump hayan tomado posiciones muy distintas en las disputas sobre los himnos es significativo. Los presidentes estadounidense y francés son actualmente los dos portavoces más importantes de las visiones rivales de la política internacional.

En su discurso en la ONU en septiembre, Trump defendió un orden internacional basado en “naciones soberanas fuertes”, una frase que utilizó repetidamente. El presidente estadounidense a menudo también ha atacado el “globalismo”, definido por su campaña como “una ideología económica y política que pone la lealtad a las instituciones internacionales por delante del estado nación”.

Diez días después del discurso de Trump, Macron ofreció una visión del mundo muy diferente. En una conferencia en París, dijo: “Ya no podemos volcarnos hacia adentro de las fronteras nacionales; esto sería un desastre colectivo”. El presidente francés identificó como enemigos al “nacionalismo, el identitarianismo, el proteccionismo, y el aislacionismo”.

Sería fácil suponer que el mensaje internacionalista de Macron tiene mayor apoyo global. Pero la visión Trumpiana también tiene adeptos internacionales, de una red de políticos e intelectuales a los que se puede denominar “nacionalistas internacionales”.

En un artículo reciente, Eric Li, un comentarista basado en Shanghái, argumentó que la China de Xi y el EEUU de Trump “tienen más en común de lo que parece”. Ambos líderes enfatizan la soberanía nacional y tienen la intención de rechazar un “orden único excesivamente agresivo y universal”. Li argumenta que Xi y Trump tienen varias potenciales almas gemelas en el campo antiglobalista, incluyendo líderes como Vladimir Putin en Rusia, Rodrigo Duterte en Filipinas, Viktor Orban en Hungría, Modi y Abdel Fattah al-Sisi en Egipto, así como los defensores del Brexit de Gran Bretaña. Es una lista impresionante, que enfatiza el resurgimiento del nacionalismo. Los nuevos nacionalistas argumentan que las “naciones soberanas fuertes” deberían ser la base de un orden internacional estable que revierta los excesos de un “globalismo” utópico y elitista.

Pero hay algo un poco ingenuo sobre la noción de una coexistencia pacífica entre nacionalistas. Los nuevos líderes fuertes pueden compartir su desprecio hacia los burócratas internacionales y los abogados de los derechos humanos. Pero el nacionalismo a menudo se asocia con el desdén por las opiniones y los intereses de los extranjeros. Consecuentemente, tarde o temprano, los nacionalismos rivales podrían entrar en conflicto, y ése es particularmente el caso con EEUU y China.

El nacionalismo de Trump se dispara de la sensación de que EEUU está en declive y sólo puede recuperarse si muestra fortaleza hacia el mundo exterior. El nacionalismo de Xi está alimentado por la sensación de que China está en proclive y finalmente puede vengar humillaciones históricas. Esas dos visiones contradictorias podrían fácilmente conducir a enfrentamientos entre EE.UU. y China en la península de Corea, el Mar del Sur de China o en la Organización Mundial del Comercio.

En su discurso de la Sorbona, Macron advirtió que el naciente nacionalismo podría “destruir la paz que disfrutamos tan felizmente”. Lamentablemente, parece poco probable que alguien en Washington o Beijing haya prestado mucha atención.

Gideon Rachman
Columnista del Financial Times

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