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Los sentimientos de Adam

No fue su obra sino lo que otros dijeron de ella lo que definió su personalidad ante la historia. Quizás ese es el destino de quienes escriben. 

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octubre 20 de 2016
2016-10-20 09:13 p.m.
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Sin saber de economía, las veces que me topé con Adam Smith en la universidad y en discusiones académicas fortuitas, me generó curiosidad. Descifrar cómo crean riqueza los países y cuál es la manera más eficiente de hacerlo, me pareció una tarea ambiciosa e interesante. En el camino fui encontrando comentarios, suspicacias y matices acerca de su propósito.

Smith es conocido por su libro La riqueza de las naciones, como padre de la economía moderna y mentor original del liberalismo económico. Las interpretaciones más radicales acerca de su obra lo ubican en el capitalismo salvaje, promotor del liberalismo inmoral que no se preocupa por las injusticias del mercado, movido solo por el egoísmo.

En meses recientes, me puse a buscar con más atención algunos aspectos de su vida y obra, y me encontré con que Smith fue ante todo un moralista, que se preocupó por los límites, diríamos éticos, de la conducta humana. “Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de otros”. Con esta frase inicia su otro libro, escrito con anterioridad a La riqueza de las naciones, y mucho menos conocido: La teoría de los sentimientos morales.

Nacido en 1723, inició su formación académica entre Glasgow y Oxford, y en 1748 comenzó a dictar conferencias sobre retórica y literatura en Edimburgo. En virtud del buen recibo de esa etapa pedagógica, lo nombraron en 1751 catedrático de Lógica y Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow. Ocho años después publica su primera obra sobre los sentimientos morales, cuyo éxito lo condujo a convertirse en tutor del duque de Buccleugh y se aplica a esa tarea por tres años en Francia.

De regreso a su pueblo natal, dedica los próximos diez años a la Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, la cual publicó en 1776. Dos años después fue nombrado Comisario de Aduanas en Edimburgo. En 1787 lo designan rector de la Universidad de Glasgow, lo que constituyó un premio a su trabajo académico y un reconocimiento a los años de mayor satisfacción como profesor. Murió tres años más tarde.

Para los estudiosos, ha sido una tarea difícil profundizar acerca de su vida y obra, ya que no escribió ningún diario y tuvo poca correspondencia conocida; antes de morir, ordenó que se quemaran muchos de sus manuscritos. Algunos escasos apuntes encontrados después permitieron la publicación póstuma de ediciones relacionadas con la teoría de la jurisprudencia.

Tanto por el tiempo dedicado a la filosofía y la moral como por el peso específico de su libro sobre los sentimientos morales, no deja de sorprender que fuera su segundo libro el que lo llevara al reconocimiento que se le otorga. Como si para él la economía no tuviera vínculo alguno con la moral; como si estuviera condenado a que la interpretación que hicieron otros autores de sus textos, fuese lo que definió sus sentimientos, sus intereses y sus mayores preocupaciones.

No fue su obra sino lo que otros dijeron de ella lo que definió su personalidad ante la historia. Quizás ese es el destino de quienes escriben. Que sean otros los que definan qué quisieron decir y terminen por crear pensadores imaginarios.

Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia
jaimebermu@gmail.com

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