Juan Lucas Restrepo Ibiza
columnista

Mitos y leyendas

Las innovaciones que tienden a retar, o cambiar paradigmas de manera significativa, siempre encuentran una oposición fuerte de la sociedad.

Juan Lucas Restrepo Ibiza
Opinión
POR:
Juan Lucas Restrepo Ibiza
julio 20 de 2016
2016-07-20 09:47 p.m.
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Hace 25 años un ‘estudio científico’, que resultó falso, asoció un conservante de algunas vacunas con la posibilidad de que los niños inmunizados desarrollaran autismo. El conservante dejó de usarse, pero no ha habido poder humano capaz de convencer a muchas mamás de que vacunar a sus hijos contra el sarampión, las paperas y la rubeola (vacuna MMR) es seguro y no genera autismo.
Cada vez que una madre adolorida cuenta que su hijo sano se volvió autista por la vacuna, se nutre la leyenda urbana y hace que miles de niños no sean vacunados, se contagien y a veces mueran sin tener porqué. Y esto sucede en países desarrollados con altos niveles de educación. Y la ciencia con sus evidencias no ha sido capaz de revertir esta tendencia.
Los cultivos transgénicos cumplen veinte años de uso comercial. Actualmente, se siembran 170 millones de hectáreas al año de cultivos modificados genéticamente. En las dos últimas décadas se han sembrado más de dos mil millones de hectáreas. Los cientos de millones de consumidores que se han alimentado con transgénicos, directa e indirectamente, no han mostrado ningún síntoma negativo en su salud asociado con su consumo. Y los análisis realizados muestran que en estos 20 años se dejó de usar 37 por ciento de pesticidas, y que los rendimientos de estos cultivos fueron en promedio 22 por ciento mayores, beneficiando a la sociedad y el medioambiente.
Recientemente, un grupo de premios nobel clamó por una mayor masificación de estas tecnologías, pero cientos de ONG y actores de la sociedad civil siguen haciendo lo posible para que países y comunidades de productores no las adopten.
Las innovaciones que tienden a retar o cambiar paradigmas de manera significativa siempre encuentran una oposición fuerte de la sociedad. La gente resiste toda aquella afirmación científica que choque contra su intuición, contra lo conocido, contra su status quo. Y contra-argumentan que el consenso científico está orquestado para suprimir visiones opuestas, y se apoyan con vehemencia en pseudocientíficos que despliegan falsas analogías o datos escogidos sin rigor que desacreditan el conocimiento prevalente, o simplemente demonizan las tecnologías sin argumentos objetivos.
El profesor Calestous Juma, de Harvard, acaba de publicar un libro llamado La innovación y sus enemigos: por qué la gente rechaza las nuevas tecnologías, en el que plantea que la oposición se genera por una percepción de pérdida de ingresos, de identidad, de poder o de una visión particular del mundo.
Y la percepción de pérdida puede ser mayor por factores como la inequidad. Tal es el caso de los transgénicos, en los cuales se percibe que una pequeña fracción de la población –representada por unas multinacionales que controlan la tecnología– acumula los beneficios económicos, mientras que el grueso de la sociedad debe asumir los riesgos como, por ejemplo, la pérdida de biodiversidad.
Paradójicamente, también han sido contrarias a la innovación las políticas económicas de corte neoliberal que durante las últimas décadas han concentrado, de forma exagerada, los beneficios del crecimiento económico.
La ‘evidencia contundente’ de la ciencia no va a ser, entonces, suficiente para superar la percepción de pérdida frente a nuevas tecnologías disruptivas. La asimilación social de la innovación debe comprender y abordar, de forma directa, estas percepciones y desarrollar modelos más incluyentes y equitativos en los que la sociedad comparta de una mejor manera los riesgos y los beneficios de la innovación.
Juan Lucas Restrepo I.
Director Ejecutivo Corpoica
jlrestrepo@corpoica.org.co

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