El hombre detrás de Totto, la marca que brilló en los olímpicos

Yonatan Bursztyn comenzó con un proyecto que hoy lleva sus productos a 46 países del planeta.

Natán Bursztyn

Natán Bursztyn tiene 57 años; los últimos 28 se los ha dedicado a Totto.

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septiembre 04 de 2016 - 06:39 p.m.
2016-09-04

Natán Bursztyn ha participado en cuatro olimpiadas, una más que Usain Bolt. No ha nadado en los complejos acuáticos ni se ha montado en las plataformas de halterofilia, pero desde Atenas 2004 hasta Río 2016, su marca, Totto, ha vestido a la delegación de deportistas colombianos que viajan a competir. Su campo son los negocios, y mientras un atleta como Bolt corre los 100 metros planos en la pista en poco menos de diez segundos, Bursztyn vende en el mundo cinco de sus productos en ese mismo tiempo.

Como los deportistas, Totto se ha acostumbrado a superar sus propios registros. Desde su fundación, el 17 de julio de 1988 en Bogotá, la marca no ha dejado de crecer. Esa empresa, que además dota de morrales y maletas a los atletas paralímpicos que esta semana viajan a Río a competir y que se hizo visible hace días cuando Óscar Figueroa, Caterine Ibargüen y Mariana Pajón se subían a lo más alto del podio, abrirá en octubre su tienda número 600 a nivel global, en Lima. Sus productos llegan ya a 46 países en el mundo.“Nuestro sueño sigue siendo ver un Totto global, y todos los días trabajamos para eso”, comenta Bursztyn en diálogo con este diario.

Él dice que fue una coincidencia terminar aliado con el Comité Olímpico Colombiano (COC), pero los resultados difícilmente podrían ser mejores para ambos: de las 27 medallas de Colombia en toda su historia olímpica, 20 han sido conquistadas en los últimos 12 años, entre Atenas y Río, con la marca Totto en el pecho (Lea también: Estas empresas se meten la mano al bolsillo por Colombia en los Juegos Olímpicos).

“Faltaban pocos meses para los juegos del 2004 –relata Bursztyn–, y nos contactó el presidente del COC, Andrés Botero. Un día viajaba fuera del país, vio nuestra tienda en el aeropuerto El Dorado y se le ocurrió que podríamos ser los aliados que estaba buscando. Nos contó que la relación con otra marca se había terminado y que en caso de ser nosotros, debíamos comenzar a trabajar cuanto antes”.

UNA ALIANZA NATURAL

La oportunidad cayó del cielo para Bursztyn, que además se emocionó con la idea, pues es un deportista consumado desde muy joven. Tanto en el colegio Colombo Hebreo de Bogotá como en la Universidad Javeriana, en la que estudió ingeniería industrial, jugó fútbol: “Era mediocampista, un ‘8’ de los que suben y bajan. No era una ‘ranga’, era buen jugador, pero tampoco era el crack del equipo”, comenta con hilaridad el empresario bogotano, de 57 años, y agrega que se divirtió en las canchas hasta que los ligamentos de las rodillas se lo permitieron. Luego se dedicó al deporte que practica hasta hoy: el ciclismo.

Como deportista, para Natán Bursztyn la alianza con el COC era algo bastante cómodo y natural. Además, ya había patrocinado a Juan Pablo Montoya en 1996, cuando corría en la Fórmula 3 británica; y había impulsado una expedición de los alpinistas colombianos que buscaban conquistar la cumbre del monte Everest en el 2001.

El deporte siempre ha estado en la vida de Natán, como le gusta que lo llamen, aunque su cédula diga que su nombre es Yonatan. Además de competir en los campos de fútbol y en las carreras de bicicletas, también lo ha hecho en las canchas de baloncesto y hasta en las pistas de karts. Y, claro, en el mundo empresarial. Por eso tiene la suficiente experiencia para saber que en la vida, como en los negocios, no se llega a ser un campeón de la noche a la mañana. Detrás de las medallas y las cifras suele haber mucho sacrificio.

Los primeros capítulos de la vida empresarial de Yonatan Bursztyn se escribieron en familia. Es el menor de los cinco hijos de Bernardo Bursztyn y Ana Vainberg, dos inmigrantes judíos de Polonia y Rumania, respectivamente, a quienes las guerras del siglo XX en Europa juntaron por azar en Colombia, en donde se enamoraron y encontraron sustento en el comercio de sastrería y bisutería.

Para los Bursztyn, hijos, los negocios fueron casi su lengua materna. Don Bernardo falleció de un infarto en 1970, cuando Yonatan tenía 11 años, pero alcanzó para sembrarle la vocación empresarial. Después del deceso, los hermanos mayores usaron los ahorros de su papá para comprar una imprenta y meterse de lleno en el negocio de la litografía. La imprenta se convirtió en el negocio de la familia al tiempo que Natán Bursztyn se concentraba en sus estudios. Hoy, él cuenta sin pudor que no fue un buen estudiante en el colegio, que cumplía, sin mucha gloria, con lo justo. Sin embargo, la historia cambio cuando entró a la Javeriana. Fue como si la fuerza empresarial que llevaba dentro se despertara y encontrara un cauce para fluir.

Entre los salones y los pasillos, conoció a Evilario Navarro, el profesor de administración de salarios, a quien con el tiempo reclutaría como asesor estratégico de Totto. “Natán –cuenta Navarro– era de los estelares. Donde había alguna idea, alguna discusión sobre la mejor manera de encarar un negocio, allí estaba él, dando sus conceptos y robándose la atención. El liderazgo se le notaba desde chiquito, y el carisma... el carisma que siempre ha tenido es impresionante”.

Tras graduarse en 1980, Bursztyn pasó un tiempo en Estados Unidos. Viajó a Rochester, en el estado de Nueva York, para especializarse en artes gráficas y llenar de contenido y concepto la empresa familiar. No obstante, al volver, las ganas de buscar su propio camino comenzaron a ser insoportables. En especial cuando, insatisfecho con la litografía, había optado por trabajar con sus hermanos Alberto y Samuel, quienes comercializaban los productos Compaq e IBM en el país. Le asignaron la línea de máquinas de escribir y trabajó hasta que se cansó de vender productos que podía vender cualquiera y no un ingeniero como él. Con 28 años, se dio cuenta de que era el momento de empezar con lo suyo, de ser el crack del equipo.

Comenzó a buscar oportunidades por todas partes, y en el panorama apareció Bonreal, una marroquinería en el barrio Samper Mendoza que, con 38 empleados, estaba ahogaba por las deudas, quebrada y a punto de ser liquidada. Jimmy Izler, quien era su dueño, relata que cuando Natán Bursztyn fue a verla en 1987 tuvo que ponerse de acuerdo con sus empleados para simular que estaban hasta el tope de trabajo, una fantasía que pudiera significarle un mejor precio de venta cuando en realidad no tenía ni para las materias primas.

La empresa conservó sus empleados, pero cambió de nombre: Nalsani, que fue la manera que le sirvió a los Bursztyn –Natán contaba con el soporte económico de Alberto y Samuel– para hacer borrón y cuenta nueva ante los proveedores y el sistema financiero. Las máquinas volvieron a estar en marcha con el nuevo aire económico, y la producción tomó vuelo mientras sus productos eran vendidos a almacenes locales y exportados a clientes en Estados Unidos.

EL VIAJE QUE LO ILUMINÓ 

Ya sumergido en el negocio y debutando como gerente, Bursztyn viajó a Milán, a la feria Mipel, un espacio que aún hoy existe para congregar a empresarios y fabricantes de cuero, especialmente para compartir experiencias y exhibir las últimas tendencias en diseño y producción. Fue entonces, en 1988, en Italia, cuando “el bombillo se me prendió”.

Una marca había llevado a la feria productos hechos con lona. Desde el nacimiento de Nalsani, Natán había gastado horas pensando en cómo aumentar la masa de clientes, y ese material sintético que acababa de conocer, mucho más barato que el cuero, lucía como la clave precisa. Regresaría al país para trabajar con lona, como quien trae consigo una verdad iluminadora.

Así nació Totto, la marca, un homenaje a una de las bandas de rock preferidas del empresario (Toto), con una línea de morrales, billeteras y accesorios que se resumía en 12 referencias –hoy son 39.800– y con la lona como gran novedad.

“Creo que el éxito –cuenta Bursztyn– vino por varios atributos. Entre ellos, el hecho de que se tratara de una propuesta que mezclaba lo nuevo con la moda. Otro, muy importante, fue que trasladamos el ‘know-how’ de la marroquinería, que es un trabajo artesanal y de mucho detalle, al nuevo material. Fabricando productos de lona con nuestra experiencia en cueros, logramos una alta calidad que nos posicionó muy bien en el mercado”.

Vino el crecimiento. Y el entusiasmo de Natán fue fundamental: siempre haciendo ver a su equipo el “vaso medio lleno y no medio vacío”, comenta su hija mayor, Natalie, de 29 años y actual gerente de Mercadeo de la compañía.

El sueño estaba claro: que su marca fuera como el Levi’s de Colombia, que sus productos los pudieran usar desde el presidente del país hasta el trabajador común.
Y desde entonces la empresa no ha parado de crecer.

En 1990 lanzó su primera colección de ropa, y sus morrales fueron colonizando el mercado hasta convertirse en el líder indiscutible del sector.La apuesta era, como siempre pensó a la hora de crear sus productos, que sus morrales fueran atractivos en cualquier lugar, que se vieran bien en Londres, N. Y. o Bogotá.

Las oportunidades de expandirse empezaron en 1992, con la apertura de una tienda franquiciada en Costa Rica. “Aprovechamos los caminos de la apertura económica, pero la economía colombiana no tenía buenos síntomas”, confiesa Bursztyn para sugerir que, en parte, la internacionalización de Totto tuvo un componente de plan B, pues, en caso de que la marea se hiciera insoportable en el país, habría otros puertos en donde atracar.

No obstante, la fuerza de las ventas nunca flaqueó, y nunca lo ha hecho. Basta con ver que hoy la marca hace presencia en Europa con varias tiendas en España (desde el 2009) y que, además de una mejor planta de producción en Bogotá, se complementó la producción con fábricas en China y una oficina de desarrollo de producto, logística y control de calidad en Hong Kong. Totto genera hoy 12.467 empleos directos en todo el mundo –3.400 en el país– y cerca de 7.000 indirectos, a través de su red de distribuidores y proveedores.

Ahora, Natán Bursztyn planea fortalecer la producción con una planta en Centroamérica y poner sus productos a la altura del desafío que representan la innovación y la tecnología. Para eso puso al frente a su hijo Benny, de 26 años, quien todos los días piensa en cómo integrar conceptos como el internet de las cosas a los productos –morrales inteligentes que dentro de poco tiempo puedan conectarse con los dispositivos de los usuarios y a internet– y en experimentar con nuevos materiales que hagan la producción sostenible y amigable con el medioambiente.

“Una lección de mi papá –dice Benny Bursztyn– es que siempre hay que rodearse de buena gente. Sin sentirse menos por no saber algo. Mientras mejor equipo tengas, más lejos llegas”.

Al liderazgo de Natán no solo lo avalan los números. En su palmarés empresarial cuenta con reconocimientos como el Emprendedor del Año, en el 2012, en la categoría máster, otorgado por la firma inglesa Ernst & Young, en la que representó a Colombia entre 51 empresarios de diferentes países que tuvo en cuenta la nominación. También fue escogido en el 2013 por la revista ‘América Economía’ como empresario colombiano destacado en Latinoamérica; y el año pasado, Endeavor le otorgó el premio Emprendedor de Emprendedores por haber contribuido al desarrollo del emprendimiento en el país.

Siempre agradece a su gente, pero también asume que aún resta mucho trecho por avanzar. Los contactos con el COC ya exploran la continuidad de la alianza hasta los Olímpicos de Tokio 2020, y entre sus metas también está ‘atacar’ más pronto que tarde el mercado de Estados Unidos. Los hijos, Natalie y Benny, se alistan porque su padre ya les avisó que para esa misión ellos serán fundamentales.

Diego Alarcón
Redacción Domingo