Travesía de un sueño: queso colombiano, de Buga a Quebec

Eduardo Ibáñez e Isabel Correa, dos vallecaucanos que migraron a Canadá, son ahora exitosos productores de derivados lácteos y hasta de arepas.

Eduardo Ibáñez, Isabel Correa y una de sus hijas, en Canadá.

Eduardo Ibáñez, Isabel Correa y una de sus hijas, en Canadá.

Cortesía Andrés Lozada Barón

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Portafolio
agosto 16 de 2017 - 09:23 p.m.
2017-08-16

En un pueblito entre montañas, a dos horas de Montreal, más de 20 habitantes llegan a la única fábrica de quesos que hay en esa villa llamada Asbestos.

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Es la hora del almuerzo. Sonrientes, en parejas o en grupos familiares, piden el rico queso latino al que se han acostumbrado desde hace dos años, cuando abrió el negocio. Unos lo comen solo, y otros le agregan papas fritas y salsa de carne para convertirlo en poutine, la comida rápida típica de Quebec.

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Antes de salir le preguntan al propietario Eduardo Ibáñez de dónde es. “Soy colombiano”, responde. Volverán con más amigos en la tarde.

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“Vendimos $580 dólares solo en este rato”, dice alborozada Isabel Correa. De ellos, 25% corresponde al queso colombiano. “El sabor latino se posiciona cada vez más entre los canadienses”, afirma Isabel, y agrega: “Las ventas semanales solo en el punto de venta de fábrica alcanzan $2.500 dólares”.

Eduardo e Isabel son bugueños y pioneros en fabricar quesos latinos en esta ciudad de Canadá, luego de una travesía que los condujo a tener su propia fábrica con ventas de millón y medio de dólares en el último año.

En un restaurante latino en Montreal, uno de los lugares donde venden los quesos latinos, un colombiano nostálgico pregunta si hay queso de hoja. “Se le tiene”, contesta un paisa. Es el que tiene sabor bugueño y que elaboran estos dos colombianos. Sin hoja de plátano, porque las autoridades sanitarias no lo permiten.

Isabel se encarga de la parte administrativa. Su esposo Eduardo maneja las recetas y el mercadeo. El sueño comenzó hace 24 años, cuando eran novios. Ella trabajaba en un ingenio azucarero y él en la finca de su padre en Darién (Valle del Cauca). Criado entre ganado, café y quesos, un día decidió partir a Montreal donde vivía su hermana, para buscar otros horizontes, pero con el olor y la ilusión del campo entre ceja y ceja. “Sigo siendo campesino. Mi meta era laborar en lo que sabía y me gustaba, el trabajo agrícola”, dice Eduardo.

No lo expulsó la violencia sino que lo impulsaron sus sueños. Tiempo después lo alcanzaría Isabel para casarse y empezar juntos la travesía del queso.

El sueño debió esperar casi diez años, mientras Eduardo e Isabel se adaptaron, aprendieron inglés y francés a la par que trabajaban en limpieza de casas y hoteles.
Eduardo fue camionero, ‘todero’ y conserje. “Teníamos hasta tres puestos al mismo tiempo”, explica Isabel. Entre tanto, nacieron las cuatro hijas. Y aunque trataron de volver a Colombia hacia el año 1998, la violencia del narcotráfico estaba dura. Se quedaron en Canadá. “La violencia no nos expulsó, pero sí nos detuvo para regresar”, dice Eduardo.

LOS RETOS DEL CAMINO

Decidieron tomar el camino del queso. Pero, loma arriba, los esperaban retos como estrictas normas sanitarias, que hacen de la industria lechera canadiense una de las de mejor calidad en el mundo.

Los productores solo le compran la leche a la Federación de Lecheros, la cual se encarga de hacer los controles técnicos y sanitarios directamente en la granja, analizando contenido de bacterias, de agua, etc, vigilancia que continúa en la elaboración y entrega del producto. También, la Federación establece el precio: “Al campesino le pagan en promedio a $0,80 centavos por litro y a nosotros nos cobran a un dólar”, afirma Isabel.

DEL SUEÑO A LA ESPERANZA


Los Ibáñez pasaron de fabricar tres tipos de queso a 14 variedades, entre ellas cuajada, costeño, campesino, yogurt, kumis, crema de leche y, por supuesto, arepas rellenas.
“El colombiano que prueba nuestro producto dice: ‘Este queso es de mi tierra’, debido a que lo hacemos al estilo de Buga, con insumos, tecnología y controles canadienses”.

La travesía del queso los llevó a tener una planta de más de US$3 millones, en los que se incluyen equipos sistematizados de control de calidad, y empleo a 10 personas y otros tres externos, más los propietarios y sus hijas. La visión y las posibilidades son de crecimiento.

Ubaldo Lozada Moreno
Especial para Portafolio

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