Conozca a los ganadores de los Premios Portafolio 2014

Silvya Escovar, presidenta de la Organización Terpel, exaltada como 'Líder empresarial'. En su discurso, el presidente Santos defendió la necesidad de que la reforma tributaria avance en el Congreso. Lea el discurso pronunciado por Ricardo Ávila, director de Portafolio.

El presidente Santos le entrega el premio especial a María Alejandra Bocanument.

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El presidente Santos le entrega el premio especial a María Alejandra Bocanument.

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diciembre 04 de 2014 - 01:57 a.m.
2014-12-04

El fundador de Industrias Haceb, José María Acevedo recibió el premio ‘Vida y obra empresarial’. Por su parte, María Alejandra Bocanument, la primera modelo colombiana en condición de discapacidad fue distinguida con el premio especial.

El cuadro de honor quedó conformado de la siguiente manera:

Líder Empresarial: Silvya Escovar, presidenta de la Organización Terpel.

Esfuerzo Exportador: Forsa S.A., presidida por Felipe Otoya.

Gestión de Recurso Humano: Bayer de Colombia, presidida por Frank Dietrich.

Innovación: Nalsani-Totto, gerenciada por Yonathan Bursztyn.

Protección al Medio Ambiente: Cerrejón, que gerencia Roberto Junguito Pombo.

Responsabilidad Social: Cementos Argos, cuyo presidente es Jorge Mario Velásquez.

Servicio al Cliente: Aviatur, dirigido por Jean Claude Bessudo.

El premio a mejor docente universitario fue para Martha Misas Arango de la Universidad Javeriana; Mejor estudiante: Nicolás Andrés Gómez Giraldo.

Finalmente, el premio por su aporte a la comunidad fue para la Fundación Granitos de Paz, presidida por Elena Mogollón.

NOCHE DE REFLEXIONES  

Tras hacer un reconocimiento a los galardonados de la noche, el director de Portafolio, Ricardo Ávila Pinto, indicó que es momento de trabajar en equipo y de respetar la posición de cada quien en el escenario nacional.

De hecho, afirmó: “Este Gobierno, para decirlo con franqueza, debería tener presente que sus aliados naturales están aquí. Caer en la tentación de graduar al sector privado de antagonista sería un error garrafal, que no le sirve a nadie”.

Ávila subrayó: “Sea esta, entonces, la oportunidad para que los espacios de diálogo con el sector formal, el mismo que genera empleo, invierte y paga los impuestos que le corresponden, se multipliquen. En la medida en que así sea, será posible construir frentes unidos para atacar los grandes problemas nacionales”.

Luego de realizar una radiografía de la actual coyuntura y de los nubarrones que se ciernen sobre la economía del país, Ávila añadió que eventos como la caída de 40 por ciento en el precio del petróleo, en comparación con el punto que alcanzó a mediados de junio, y la devaluación que ya tocó los 2.300 pesos por dólar, son una “oportunidad para que Colombia se cure de uno de los males que la venían aquejando, como es el de la enfermedad holandesa, que influyó tanto en la pérdida de competitividad de la industria y de ciertos renglones de la agricultura. En cuanto a las finanzas del Gobierno y dado que el golpe más notorio se sentirá en el 2016, hay tiempo para hacer bien las cuentas, a sabiendas de que solo hay dos opciones para cumplir con la Regla Fiscal: más ingresos o menores gastos”.

Por último, enfatizó en que “cuando mejor nos hemos desenvuelto ha sido porque hemos sabido mantener abiertos los canales del diálogo y hemos podido solucionar en forma constructiva nuestras diferencias”.

Por su parte, el presidente, Juan Manuel Santos, invitó a los empresarios, a los medios y a los analistas a construir un país desarrollado y con equidad.

“O hacemos algo… o perpetuamos la desigualdad”, dijo el presidente, al intervenir en la ceremonia.

El mandatario enfocó su discurso en la explicación de los alcances de la reforma tributaria que se discute en el Congreso.

Santos hizo claridad sobre los que considera son los siete principales mitos de la reforma, e indicó que no es cierto lo que se dice sobre esta iniciativa. Agregó que el proyecto del Gobierno “es para mantener la inversión social, para seguir bajando la pobreza y la desigualdad y para seguir nivelando las oportunidades de los colombianos, sin afectar a la clase media y sin afectar a las pymes”.

Sobre los mitos, aseguró:

Primer mito: “Que esta reforma es una sorpresa y pone en peligro las reglas del juego. No es cierto”. Indicó que desde la campaña se dijo que era necesario extender el impuesto al patrimonio.

Segundo mito: “Que esta reforma afecta a la clase media. ¡Claro que no! El impuesto contra la pobreza solo lo pagaremos cerca de 50 mil colombianos que tenemos patrimonios superiores a 1.000 millones de pesos”.

Tercer mito: “Que la reforma va a afectar a las pymes. ¡Tampoco es cierto!”. Dijo que el impuesto contra la pobreza solo se aplica a unas 32 mil empresas con un patrimonio líquido superior a 1.000 millones de pesos –que son el 10% de las empresas del país– y la sobretasa al CREE la pagarán aquellas con utilidades mayores a 800 millones de pesos al año.

Cuarto mito: “Que el Gobierno no ha escuchado a los empresarios. Ellos nos han dicho que prefieren eliminar la tributación sobre el patrimonio y concentrarla en las utilidades a través de la sobretasa del Cree. ¡Y eso es lo que vamos a hacer!

Quinto mito: que la reforma desestimula la inversión productiva y la creación de empleo. El impuesto al patrimonio existe desde el 2003 y no ha sido obstáculo para que la inversión crezca”.

LOS OTROS DOS MITOS DEL PROYECTO DE REFORMA TRIBUTARIA 

Sexto mito: “Que pagan siempre los mismos y que el Gobierno no hace nada para controlar la evasión.

Eso lo estamos corrigiendo. Con la pasada reforma aumentó el número de personas que declaran renta de 1 millón 400.000 a 1 millón 900.000, lo que representa un incremento del 36 por ciento. También estamos tramitando en el Congreso la Ley Anticontrabando”.

Séptimo mito: “Que los recursos de la reforma se gastarán en burocracia.

¡No es cierto! Todos los recursos de la reforma van para inversiones sociales o productivas: para atender la primera infancia, para educación, para los adultos mayores, para los programas de vivienda e infraestructura, para seguir llevando tecnología a todo el país, para mejorar el bienestar de las familias campesinas.

ESTE FUE EL DISCURSO PRONUNCIADO POR EL DIRECTOR DE PORTAFOLIO

Palabras del director de Portafolio, Ricardo Ávila, en la ceremonia de entrega de los Premios Portafolio 2014

(Bogotá, diciembre 3 de 2014)

Sean todos ustedes bienvenidos a esta ceremonia anual en la que reconocemos los logros de un selecto grupo de personas y empresas que, muchas veces en forma silenciosa, trabajan sin descanso para hacer de Colombia un mejor país. La cita que hoy nos congrega es una manera de reafirmar que más allá de la intensa realidad en la que vivimos, de las noticias negativas y de los hechos que nos conmueven, también hay razones de fondo para ser optimistas y reconocer que vamos caminando hacia adelante.

Portafolio, que cumplió hace un par de meses sus primeros 21 años de vida y que ha ratificado su liderazgo en el segmento de la prensa de economía y negocios, se siente orgulloso de organizar este evento que sirve para recordar de lo que somos capaces. De cómo contamos como el activo más valioso de todos que es nuestra gente.

Quiero saludar de manera especial al señor Presidente de la República, quien una vez más ha tenido el amable gesto de hacer un espacio en su agenda para acompañarnos y compartir con los presentes y con quienes nos siguen a través de las redes sociales, su visión de la realidad.

No creo exagerar si afirmo que esa realidad en la que hoy nos movemos es bien diferente a la de hace un año, cuando los vientos de la turbulencia externa se sentían con menos intensidad. Ahora las cosas han cambiado, y de qué manera.

La caída de 40 por ciento en el precio del petróleo, en comparación con el punto que alcanzó a mediados de junio, ha desatado fuerzas imprevistas y cierto nerviosismo. Así lo refleja el alza en la tasa de cambio que superó ayer los 2.300 pesos por dólar con lo cual pasamos, en apenas pocos meses, de tener la moneda más apreciada de América Latina a la más devaluada, sin considerar los casos especiales de Argentina y Venezuela.

Semejante sacudón ocasiona una especie de crisis de confianza. Más de uno comienza a creer los anuncios que hacen los profetas del desastre, olvidando que el sector de los hidrocarburos representa solo el 5 por ciento de

nuestra economía y que dejó de ser desde hace varios trimestres el motor del Producto Interno Bruto.

No quiero desconocer con esa afirmación el impacto que tendrá la descolgada en la cotización del crudo si esta se hace permanente o, peor aún, se profundiza. Al fin de cuentas es el capítulo que contribuye con el 55 por ciento de nuestras exportaciones y casi una quinta parte de los ingresos fiscales.

Aun así, el ajuste cambiario es una oportunidad para que Colombia se cure de uno de los males que le venía aquejando, como es el de la enfermedad holandesa que influyó tanto en la pérdida de competitividad de la industria y de ciertos renglones de la agricultura. En cuanto a las finanzas del Gobierno y dado que el golpe más notorio se sentirá en 2016, hay tiempo para hacer bien las cuentas a sabiendas de que solo hay dos opciones para cumplir con la Regla Fiscal: más ingresos o menores gastos.

La eventual resolución de ese dilema me permite tocar un tema que por estos días ha ocupado múltiples titulares, como es el de la reforma tributaria que viene haciendo tránsito en el Congreso. No vale la pena repetir argumentos que todos conocemos sobre los pros y contras de una propuesta que indudablemente tendrá un impacto sobre un grupo específico de contribuyentes.

Más allá de lo que se decida en el Capitolio, vale la pena insistir en que contar con un esquema que estará vigente durante este cuatrienio no suple el requisito de hacer una reforma tributaria estructural que equilibre bien las cargas que deben asumir las personas naturales y jurídicas. Eso es algo urgente e importante en una nación que tiene mucho por hacer en materia de competitividad.

Además, deseo señalar que hacer uso del sagrado derecho de opinar a veces para estar de acuerdo y otras para disentir, es algo que enriquece nuestra democracia. Que el Gobierno sepa escuchar los diferentes puntos de vista, así no los comparta, es útil y por eso los debates públicos no deberían dar pie a las descalificaciones.

Estoy seguro de que todos los aquí presentes anhelan ver un país más justo, próspero y pacífico, como el que el presidente Santos busca. Nadie desconoce que una de nuestras peores lacras es la inequidad, que no solo es criticable desde el punto de vista ético, sino que es un pésimo negocio pues limita el tamaño del mercado potencial de cualquier empresa.

Afortunadamente hemos logrado recortar en algo las desigualdades en los últimos años. Ese hecho, junto al acelerado descenso de las tasas de pobreza y el aumento de más del 80 por ciento en el tamaño de la clase media en tan solo una década, muestra que la realidad no es tan oscura como algunos pretenden.

Pero para seguir por ese camino, hay que trabajar en forma mancomunada. Este Gobierno, para decirlo con franqueza, debería tener presente que sus aliados naturales están aquí. Caer en la tentación de graduar al sector privado de antagonista –o viceversa- sería un error garrafal, que no le sirve a nadie.

Sea esta, entonces, la oportunidad para que los espacios de diálogo con el sector formal, el mismo que genera empleo, invierte y paga los impuestos que le corresponden, se multipliquen. En la medida en que así sea será posible construir frentes unidos para atacar los grandes problemas nacionales.

Combatir, por ejemplo, la evasión tributaria, en donde están buena parte de los recursos que son necesarios para que la inversión pública no disminuya.

Atacar el contrabando, que desde hace años viene encabezando las preocupaciones de los productores nacionales de todos los tamaños.

Perseguir a los corruptos, para que el término “carrusel” vuelva a ser sinónimo de juegos de niños y el de “mermelada” nada más que una dulce presencia a la hora del desayuno.

Sanar el sistema de salud, todavía agobiado por las decisiones judiciales y la falta de liquidez, que amenaza su supervivencia.

Mejorar la seguridad ciudadana, que encabeza las preocupaciones de la gente, especialmente en las capitales.

Fortalecer a la justicia, cuyas dificultades constituyen quizás el desafío más grande que tiene ante sí el país, si quiere dejar atrás la impunidad y la violencia.

Junto a los retos que he mencionado están el de mejorar la calidad de la educación que esta administración ha escogido correctamente como uno de los pilares de su accionar. En la medida en que las brechas que existen en la enseñanza se cierren, será posible impulsar una cultura de la innovación, la única que nos puede asegurar una base productiva amplia.

No menos importante es proseguir con el desarrollo de la infraestructura, el programa de cuyo éxito depende la buena salud de la economía en estos tiempos de turbulencia. Venciendo las dudas de los escépticos, el plan de vías de cuarta generación avanza y las asociaciones público privadas empiezan a volverse realidad, pero aún falta la etapa definitiva de los cierres financieros que requerirá de liderazgo y cooperación de todos los involucrados.

La lista incompleta de tareas que he mencionado se suma a la de lograr la paz, un anhelo que todos aquí compartimos. El camino no es fácil y la realidad ha demostrado que los cálculos optimistas de un comienzo no se cumplieron, pero no hay opción diferente a la de insistir para cerrar uno de los capítulos más dolorosos de nuestra historia.

Convencer a los escépticos es una labor que necesita hacerse diariamente, tanto como la de inspirarle confianza a una ciudadanía que a pesar de haber mejorado su calidad de vida, opina en forma mayoritaria que las cosas en el país van por mal camino.

Pero no solo se trata de hacerlo con discursos, sino con hechos, con una mayor sintonía con las expectativas y frustraciones de la gente que a veces siente que sus dirigentes son lejanos y no entienden sus dificultades. La de tener un empleo decente, la de poder movilizarse en forma eficiente, la de ser bien atendidos en las entidades públicas, la de mirar con tranquilidad el futuro propio y el de los seres queridos.

También influye en nuestra visión negativa de la realidad el ámbito local. El pesimismo que se registra en Bogotá, el más elevado en los 20 años que lleva aplicándose el Gallup Poll, hace que paguen justos por pecadores.

Y no podemos desconocer la presencia de una oposición implacable, que en lugar de trinar, grazna. Frente a un contrincante tan poderoso, da pena constatar que algunos legisladores adscritos a la Unidad Nacional olvidaron que el bien común está por encima del particular y buscan sacar prebendas del Ejecutivo cuando lo ven débil.

Los elementos que he mencionado nos deberían llevar a una reflexión más pausada sobre cómo estamos en realidad. No hace muchos días conversé con un ejecutiva de una importante multinacional, quien venía de asumir el cargo de presidente para la región Andina, con sede en esta ciudad.

Al preguntarle sobre sus impresiones me contó del entusiasmo de sus jefes con Colombia, soportado por el crecimiento de doble dígito en las ventas y por las posibilidades que en la casa matriz veían por estos lares. Habló también bellezas de la calidez de nuestra gente, de la calidad de sus empleados y del empuje que notaba en todos los lugares de nuestra geografía en los que había estado.

Sin embargo, al final de la charla, me hizo una confesión. Dijo que le impresionaba el negativismo de los colombianos y afirmó que en más de una ocasión había tenido que insistirles a sus interlocutores locales que el vaso está más que medio lleno, cuando aquí lo vemos medio vacío.

Semejante admonición es válida. Así suene a frase de cajón es cierto que más de una vez vemos el árbol y no el bosque, la foto y no la película. Antes nos ofendía que los extranjeros hablaran mal del país y ahora nos sorprende que las publicaciones más prestigiosas del mundo recomienden nuestros destinos para hacer turismo.

Por tal motivo, aún con los nubarrones que se han acumulado, debemos mantener la confianza. Recordar que hemos salido adelante en circunstancias mucho más difíciles que las actuales. Y que cuando mejor nos hemos desenvuelto ha sido porque hemos sabido mantener abiertos los canales del diálogo y hemos podido solucionar en forma constructiva nuestras diferencias.

Si ese gran intérprete de la sabiduría popular que fue Roberto Gómez Bolaños viera en las que estamos, seguramente diría “¡que no panda el cúnico!”. Añadiría que la economía no se está “chispoteando” y que hay que tener todos los movimientos “fríamente calculados”.

Por eso quiero terminar expresando el deseo de que juguemos más en equipo, pero cada uno en su puesto, como nos enseñó la Selección en Brasil. El Mundial es cosa del pasado, pero el campeonato en el que estamos enfrascados, no termina.

Así lo comprueban los galardonados de esta noche cuyo ejemplo inspira y conmueve.

Muchas gracias.